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La cultura visual impone su ley

viernes 30 de julio de 2010, 17:03h
Los teóricos del poder de raíz tacitiana –señas de identidad: escépticos, descarnados, realistas- aconsejaron a sus detentadores la discreción y el sigilo como premisas básicas de su actuación. Los planificadores de marketing, los diseñadores de las campañas de “imagen” y los propagandistas del look parecen haber desterrado del mundo de la política y el poder a aquellos clásicos hodierno sólo leídos por exegetas estrafalarios y apolillados eruditos.

Ministerios tan graves como el prelaticio, profesiones tan envueltas en lo misterioso y secreto como la de banquero, y oficios tan recatados como parecen en la actualidad sacados de su eje, arrollados por las vorágines de la publicidad. Durante años se han desconocido en este país los nombres y, sobre todo, los rostros de los miembros de los Consejos de Administración de las principales empresas y organismos crediticios. A su vez, cardenales, arzobispos y obispos aparecían únicamente retratados con capa pluvial en las grandes solemnidades de la Iglesia, vividas sin duda, con aparatosidad, sino que traían el eco de tradiciones veneradas, tan útiles en el culto de lo trascendente y eterno. Por su parte los grandes artesanos sólo eran conocidos por su reducida clientela, contentándose con transmitir las técnicas y secretos de su menester en el anonimato y el silencio necesarios para la perfección de su obra y el legado intacto de sus nobles oficios.

El gran dios de la imagen lo preside todo y recibe toda clase se sacrificios e inmolaciones. Honor y dignidad, alma y cuerpo, intimidad y convicciones se ponen al servicio con aterradora presteza. Una foto en una revista de gran tirada o la comparecencia en un programa de radio o televisivo emitido en hora punta arrojan cuantiosos dividendos de celebridad para sus protagonistas. En el mundo cultural ocurre a menudo que se hagan mayores inversiones en la publicidad del libro, el cuadro o la película que en la propia obra, cuya calidad ocupa en los planes editoriales y en la aceptación del público un renglón muy por debajo del de su propaganda.

Pese a ello, sin embargo, algunas profesiones mantienen con gran esfuerzo –y no siempre con éxito…- el clima y la atmósfera propios para su función Hasta ha muy poco el ejército fue una de las instituciones que más se afanasen en preservar su habitat. En una democracia, es bueno y saludable que la opinión pública conozca a sus Fuerzas Armadas y circulen anchos canales de comunicación entre ambos; pero los jefes y oficiales superiores del estamento castrense tienen que ejercer sus deberes alejados de los focos de la actualidad informativa. Igual sucede con la Magistratura, al servicio del pueblo y controlada por las instituciones que éste designe; más también los jueces han de trabajar distantes del mundanal ruido, entregados cenobíticamente a su tarea, capital para una convivencia ordenada y estimulante. Mucho podría decirse al respecto de los educadores en su muy variada escala de maestros, profesores y catedráticos; pero ello nos conduciría muy lejos. Un pasaje emotivo y aleccionador de las memorias de uno de los intelectuales más cristalinos y lúcidos del siglo XX, Raymond Aron, es aquel en el que cuenta cómo un encanecido magíster de la Sorbona, consagrado sacerdotalmente a su labor, le negó su voto para la cátedra por considerarlo un pensador demasiado conocido por su asidua colaboración en la gran prensa. Después de ofrecer una dura resistencia, también el recoleto mundo de la antigua Alma Mater se ha contagiado de la fiebre de la imagen y la publicidad propia de la civilización hodierna. Rectores y decanos, convertidos en gestores y tramutados a menudo en altos ejecutivos de formidables complejos tecnológicos, rivalizan en los medios con los empresarios más famosos en liderar empresas mastodónticas sometidas a las leyes del mercado…

No hay que exiliarse, claro está, de nuestros tiempo. La cultura visual, el dominio de la imagen, imponen su ley en la etapa que no ha tocado la suerte de vivir. No renegaremos de ello; más sería necesario poner urgente coto a sus muchos e innegables excesos.
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