España F. C.: Una sociedad deportiva con rentabilidad social
José María Zavala
x
jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 30 de julio de 2010, 20:53h
Seamos sinceros: la selección española no es más que un equipo de fútbol profesional. El mejor del mundo según los últimos acontecimientos, pero simple y llanamente eso, la muestra de un acierto en el mundo de la estrategia futbolística. Su capacidad de representación se limita al requisito imprescindible que exige a sus componentes compartir la misma nacionalidad. Pero esta victoria es tan sólo deportiva.
De haber nacido unos cientos de kilómetros más allá estaríamos apoyando a otro equipo. Pocos se atreven a animar con verdadero entusiasmo a formaciones ajenas a la identidad otorgada por su pasaporte, ya que lo grandioso es esa misteriosa conexión, que hace pequeño al grande y grande al pequeño. Una unión que no entiende de clases ni de regionalismos, y que en su magia parece algo maravilloso que por un momento elimina el odio, la envidia, la violencia y otros sentimientos negativos. Nada más lejos de la realidad si uno pone la oreja y escucha los escandalizantes insultos que los fans dedican a los rivales e incluso a los propios cuando fallan una jugada, y cómo no, al árbitro. Provoca verdadera vergüenza ajena escuchar a algunos regocijarse más en la derrota del contrario que en la victoria de su equipo.
Eso no es sentimiento de unidad nacional ni nada por el estilo, es la mera construcción de las fronteras de identidad y alteridad de toda la vida, el nosotros-ellos. Y si uno ha de servirse de los colores que algo tan complejo como la nación le ofrece, bienvenidos sean. Los verdaderos amantes de sus respectivas patrias deberían sufrir ante una reducción tan simplista de lo que puede llegar a ser el amor a una nación. Pero parece que prefieren aprovecharse de la imagen ofrecida por los arrebatos de turno para insistir, mientras señalan al gentío, en que los ciudadanos aman por fin a su país. ¡Vaya que si lo aman! Aman su comida, y lo demuestran dejando que modelos alimenticios insultantes se instalen por doquier. Aman su manufactura, por eso compran muebles suecos, tecnología asiática y ropa fabricada en Marruecos. Aman las virtudes de sus trabajadores, por eso trasladan sus fábricas a Europa del Este. Aman su lengua, por eso la mancillan constantemente, y desprecian la literatura que la sustenta. Aman sus paisajes, por eso pasan su luna de miel en el Caribe, contribuyendo con su esfuerzo a la tradicional industria española del combustible aéreo. Aman a sus mujeres, por eso se van con prostitutas colombianas, rumanas y subsaharianas. Aman sus colores, y para demostrarlo, no dudan en adquirir todo tipo de banderas, pinturas y bufandas vendidas y fabricadas por los chinos, gracias a los cuales las condiciones laborales del resto del mundo acabarán siendo cada vez peores.
Podemos diferenciar entre un nacionalismo activo (que abarca lo militante), otro más bien pasivo (que se limita a un vago discurso defendiendo lo propio), y por último uno meramente simbólico (que no va más allá de un hortera homenaje al exitoso toro). Sería poco serio confundir a una masa de personas agitando banderas y soplando (no sólo las vuvuzelas), con alguien que se molesta en conocer, comprender e incluso defender la historia de su país.
Si de verdad se puede hablar de naciones en un mundo globalizado, entonces habrá que decir que España, o mejor dicho, su selección, ha ganado el mundial de fútbol; sin embargo está perdiendo en muchas otras disciplinas, algunas de las cuales son fundamentales no sólo para lograr el entusiasmo de sus ciudadanos durante unos días, sino para su soberanía a largo plazo.