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Sobre la tragedia de la Love Parade

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 30 de julio de 2010, 21:27h
Aunque la mayor parte de los europeos durante el verano buscan el paraíso vacacional en los márgenes de los mapas de los países mediterráneos – el “paradeísos” siembre se ubicará en los “marginalia” -, la juventud, pura teomorfía, llena de ímpetu, amor y deseo de amistad e integración en un grupo que asuma los divinos valores de ser joven, gusta de los macroconciertos, de las grandes concentraciones masivas como forma de entrar en contacto con aquellos y aquellas cosas que siempre la constituirán como juventud. En un mundo organizado mezquinamente por los viejos, sólo en estas concentraciones de música y movimiento llega el joven a la autoanagnórisis, al reconocimiento de sí mismo y de su condición esencialmente rupturista y apátrida ( toda verdadera juventud se encontrará siempre incómoda en los rebaños fundamentados en los ideales de los mayores). La juventud es la etapa de la vida en que más necesitan las singularidades afirmarse a través de las inmensas pluralidades de singularidades. La antropología metafísica de la juventud no puede ser individual sin ser social. El joven necesita abrir su contorno individual a los otros jóvenes con la misma pasión con que las plantas abren su contorno al sol. Algunas perlas del tesoro de la juventud se salvan en estos macroconciertos, como en éste trágico de Duisburgo, en donde la música y la lírica anulan soberanamente la basura moral y cretina con que la vulgaridad de los mayores ahogamos a nuestra juventud.

La atracción de estos macroconciertos deriva de que libera al joven durante unas horas de las escleróticas ataduras milenarias creadas por la prudente decrepitud y la decadencia física llena de sindéresis y “sôphrosýne”. Para el joven lo afectivo es superior a lo trágico y a lo épico, porque lo afectivo es más trágico que trágico y más épico que épico. Los que un día fuimos jóvenes y peregrinábamos por los macroconciertos de España sentíamos en estos lugares el vértigo de lo eterno en lo temporal, la energía infinita y desbordante de la vida, la plenariedad del “yo” diluido en los infinitos “ellos” sobre los avatares de una contingencia inmovilizada durante unas horas. Ni siquiera necesitábamos las drogas y el alcohol para oficiar en estos “mysteria”. La música, el movimiento y el dios de la juventud eran suficientes para transformarnos y transcendernos a una esfera de divinidad, por ser intensamente humana. La juventud como pura teomorfía.

Estamos seguros de que la tragedia en Duisburgo, la ciudad renana que oyó al católico Robert Schumann su magnífico discurso en que Francia y Alemania hacían comunes las materias con que se fabrican las armas, el carbón y el acero, no se ha debido al deseo de los jóvenes de ser jóvenes, sino a la pura codicia de la gerontocracia que gestiona este tipo de conciertos. La codicia es el pecado propio de la senilidad, como la generosidad hasta el derroche es la característica propia de la juventud ( v. gr. El Hijo Pródigo ). No ha sido el “Love Parade” lo que ha matado a diecinueve jóvenes, sino el “Greed Parade” de los organizadores. La codicia de los viejos ha convertido el love parade en un greed and death parade. Y no me extrañaría ahora que los viejos de la Unión Europea, portavoces y paladines de lo políticamente correcto, aprovechen la tragedia de la joven sangre derramada para prohibir los desfiles del amor de mal tono, prefiriendo sin duda la imagen de jóvenes disciplinados, guapos y ordenados desfilando con paso de oca, que no hay nada para los viejos como el eterno retorno de los embatería de Tirteo protagonizados por uniformados efebos. ¡Aquéllos sí que eran jóvenes que supieron luchar, matar y morir por los ideales comunes, y no estos vagos danzarines!

Llama sospechosamente la atención el intento de encauzar una inmensa energía libre suprasingular de juventud en un túnel con muros de hormigón. Lo que nació libre para el aire libre y los espacios abiertos se quiso criminalmente encerrar. El encierro de los espectáculos es más útil que su libertad gratuita porque permite enriquecer a los viejos con el cobro de entradas. La senectud usuraria nunca permitirá la alegría arrolladora de la juventud sin cobrar a su exceso de vida la minuta por su insolencia e impertinencia de vida libérrima. Pensar que en Alemania la gente se mata por falta de organización es un pensamiento metafísicamente imposible.

No es de extrañar que a menudo la juventud, como un alud infinito de alegría y vitalidad, tenga la terrible sensación de que no tiene sitio en el mundo, en esta realidad fea, en este universo organizado por viejos calculadores, doblegadores y estranguladores – por aplastamiento contra los muros – de la libertad pura no controlada por ellos. A lo mejor la fenomenología nació del pensamiento adolescente y joven; no resistiéndose una realidad tan infame y torpe, se pudo considerar que tal realidad no era más que una perspectiva fenomenológica de la propia conciencia. Se llegaría a la fenomenología por pura impotencia ante la imposible tarea de cambiar el orden de los viejos.

La idea de la divina juventud recuerda los versos de nuestra querida Sta. Teresa de Jesús: “Aventuremos la vida, que no hay quien mejor la guarde, que el que la da por perdida”. ( “Perdida” como un chorro de agua fresca poderoso sobre un desierto sediento recién sembrado ). La juventud está vocada a la aventura, y una aventura de generosidad y amor ilimitados.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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