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crítica

Arturo Pérez-Reverte: El asedio

domingo 01 de agosto de 2010, 01:17h
Arturo Pérez-Reverte: El asedio. Alfaguara. Madrid, 2010. 736 páginas. 22,50 €
Arturo Pérez Reverte es, sin duda alguna, uno de los escritores españoles más leídos y también uno de los más queridos por el gran público, ejemplo de ello es su exitosa serie literaria El Capitán Alatriste, iniciada en 1997, que cuenta ya con seis entregas e incluso con una adaptación cinematográfica. Ante tal éxito cabe preguntarse cuál es la causa y la respuesta parece ofrecérnosla su nueva novela, El asedio: una novela de géneros, en plural, una combinación de todos aquellos que ha ido tratando por separado en su producción anterior. Las obras previas de Pérez Reverte suelen seguir el esquema, en general, de un género o, a lo sumo, la mezcla de dos: en la saga de Alatriste que acabamos de citar, nos encontramos ante una novela de ficción histórica y de aventuras; algo parecido sucedía en El maestro de esgrima, una revisión del género de capa y espada adaptado a otros tiempos; algunas de sus obras son policiaco-detectivescas o de misterio, como El club Dumas o La tabla de Flandes; aventuras en el mar aparecen en La carta esférica; Territorio Comanche es “ficcionalización” de la realidad vivida en primera persona por el propio autor, aunque es mucho más frecuente que ambiente sus relatos en épocas históricas más distantes, como aquellas a las que hemos aludido más arriba; o bien otras que vuelven a adquirir actualidad por algún aniversario, como sucedió en 2008 con Un día de cólera, novela sobre el 2 de mayo y la Guerra de la Independencia; o como sucede ahora con El asedio, ambientada en el Cádiz inmediato a las famosas Cortes, cuyo bicentenario celebraremos dentro de dos años.

El asedio es una novela de novelas: comienza como cualquier novela policíaca, el género más cultivado en nuestra literatura de los últimos tiempos, con el descubrimiento de un crimen al aparecer un cadáver en una playa; en seguida nos damos cuenta de que nos hallamos ante una novela histórica ambientada en la ciudad de Cádiz, que deriva rápidamente hacia aspectos bélicos ineludibles –España estaba entonces en plena guerra de la Independencia con Francia–, y a renglón seguido pasará a cuestiones de navegación marítima, tema que su autor conoce a la perfección, como lo prueban sus exactas y detalladas descripciones científicas, impensables en alguien que no haya sido marino y que no venere el mar. La bahía de Cádiz fue un punto estratégico muy importante para España durante la contienda: la especial ubicación geográfica de la ciudad en una península unida a tierra por un estrecho arrecife de casi dos leguas la convertían en inexpugnable, lo que desesperaba a los altos mandos del ejército francés, en especial a Simón Desfosseux, a quien vemos, incapaz de rendirla por tierra, intentando conquistarla por mar con la búsqueda de nuevas estrategias técnicas de balística que van a volverse más importantes en sí mismas para él por lo que signifiquen de descubrimiento científico, que por la efectividad guerrera de su resultado. Todos esos géneros literarios ya citados irán aderezados y complementados, además, con grandes dosis de misterio, de romanticismo, de amor, de intriga e incluso de piratería.

Cádiz se va a convertir en un tablero de ajedrez, otro de los temas queridos en la novelística de Pérez Reverte, en el que juegan un asesino y un investigador de policía cincuentón, comisario de Barrios, Vagos y Transeúntes. Sus movimientos, o el resultado de éstos, serán contemplados por los habitantes de la ciudad y por los militares, tanto franceses como españoles. Los crímenes tienen varios elementos en común que demuestran una estrategia previa: las víctimas son mujeres muy jóvenes, todas presentan la espalda desollada a latigazos y sus cadáveres aparecen en lugares en los que ha caído una bomba francesa el día anterior, algo que desde el principio llamará la atención del comisario Rogelio Tizón al descubrir un tirabuzón de metal junto al cuerpo de la primera de ellas, una sirvienta de un ventorrillo cercano.

Quizá haya un aspecto que disuene un tanto en algunas descripciones, inherente a la actual moda de narrativa histórica en la que también se adscribe El asedio: la inevitable presencia de anacronismos vitales. La forma en la que Pérez Reverte relata la rutina de trabajo del comisario evoca, inevitablemente, las costumbres que siguen los actuales investigadores de las series detectivescas, su manera de pensar y de actuar, su excesiva meticulosidad, quizá no factible entonces por la escasez de medios técnicos en el momento de realizar una investigación policial. Es un defecto insalvable en cualquier ficción de época: siempre se escapará un punto de vista actual que carezca de correspondencia en el pasado. Sería grave si fuera especialmente impensable en ese momento, pero si su función es lograr que la historia resultante sea más ágil y comprensible para el lector actual, puede ser si no perdonable, sí al menos digno de ser considerado con una cierta indulgencia.

Al llegar a determinado momento de madurez en su producción, cuando parece que ya no queda nada nuevo por escribir, algunos autores deciden recapitular su obra previa y componen una novela protagonizada por todos aquellos personajes de sus obras anteriores que guardan un especial interés para ellos: tal fue el caso de La plaza de la memoria de Antonio Prieto, por la que desfilaron muchos de los seres entrañables que había ido alumbrando con anterioridad, mezclados con una trama nueva ideada, en el fondo, para ellos y tal vez por ellos. Arturo Pérez Reverte, en cambio, ha ido un paso más allá: en lugar de recuperar personajes, ha optado por redescubrir los géneros que ya había cultivado fundiéndolos en un libro nuevo, difícil de clasificar genéricamente, pues el predominio de la trama policíaca y de aventuras dentro de un relato de época es sólo aparente, El asedio es una novela múltiple, resultado de una imbricación genérica muy estudiada, fruto de cuidar cada aspecto con tanto mimo como si de un personaje se tratara.

La razón del éxito de esta novela, y sobre todo su interés, radica en la correcta combinación de una pizca de cada género adecuadamente elegido en el momento justo.

Por Julia María Labrador Ben
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