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De Anselmo Carretero a Josep Tarradellas

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 02 de agosto de 2010, 19:11h
No cejan los socialistas de idear salidas para escabullirse de las inescapables consecuencias de la sentencia del TC acerca de la falta de validez jurídico-constitucional de la apelación a “la realidad nacional de Cataluña” que se contiene en el preámbulo del Estatuto. Primero fue Zapatero inventándose lo de “nación política”, que demuestra la endeblez intelectual del antiguo PNN de Derecho constitucional. Después han sido, a pachas, el viejo González y la joven Chacón, que han vuelto a insistir en el añejo sintagma de “nación de naciones” que, sin ninguna argumentación convincente afirman que “nos fortalece a todos” (?). Ni el mismo autor de esa idea de “nación de naciones”, el ingeniero exiliado Anselmo Carretero, pudo explicar nunca de una manera satisfactoria en qué se fundaba y cómo podía justificarse esa obvia contradicción en sus propios términos, que se aproxima a lo del círculo cuadrado.

El propio Carretero me envió con fecha de 2 de octubre de 1978 –la Constitución no estaba todavía aprobada- una amable carta personal a la que acompañaba un trabajo de 23 páginas más dos mapas en el que más que explicar su concepto de “nación de naciones”, desarrollaba su idea de lo que debía ser el futuro Estado autonómico, desde su concepción federalista y con el propósito de rescatar “la personalidad histórica de mi tierra castellana”, que él concebía separada de León y abarcando las dos actuales Comunidades castellanas, más Cantabria y La Rioja. “Autonomías a la ligera, no”, decía desde México ante lo que el veía ya como un pandemonio autonómico. Del concepto de “nación de naciones” sólo hay una alusión, en la pagina 4, en la que escribía que España “es una nación compleja, lo que hemos llamado nación de naciones o nación de orden superior, expresión que algunos rechazan como disparatada”. Y tanto, porque la evidencia de la complejidad como justificante de una imposible “nación de naciones” –complejidad, que, por otra parte, España comparte con TODAS las grandes naciones de Europa occidental- no da para una sólida teoría del Estado autonómico. De ahí sólo se llega al Estado plurinacional, que ya reivindican los nacionalistas y que, como muestra la historia (URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia… por ahora) es la inevitable y segura antesala de la secesión.

Carretero, que era militante socialista, conocía bien el proyecto de Constitución y escribía en el mismo texto citado más arriba, un tanto ingenuamente: “En lo sucesivo, si por firme exigencia de los ciudadanos la constitución se cumple cabalmente, tanto en el ámbito del estado español como en el de cada una de las regiones, nadie podrá alegar que el centralismo asfixiante del gobierno de Madrid no ha permitido el desarrollo regional”. No había previsto el viejo exiliado –que falleció en 2002 a los 94 años de edad- que las autonomías serían secuestradas por los nacionalismos, con deletéreas consecuencias para el conjunto del sistema. Autodeterminación, soberanismos, ámbitos propios de decisión… y demás concepciones articuladas por los nacionalismos y manejadas como auténticas armas de aniquilación del sistema de la Constitución de 1978, no entraban en los bienintencionados cálculos de Carretero, que se habría pensado mucho su “nación de naciones” si hubiera previsto la deriva propiciada por los nacionalistas, incluidos, por supuesto, los del PSC.

Quien sí lo había previsto fue un catalanista tan irreprochable como el que fue Presidente de la Generalidad en la etapa preautonómica, Josep Tarradellas. Tengo también entre mis viejos papeles, en la misma carpeta que la carta y el texto de Carretero –y no por casualidad- una copia traducida al castellano de la carta –quince folios y medio y con fecha 4 de abril de 1981- que Tarradellas dirigió en catalán al entonces director de “La Vanguardia”, Horacio Sáenz Guerrero, para insistir y aclarar las opiniones que le había expresado en una conversación personal, el 25 de marzo anterior. El 8 de mayo de 1980 había asumido la Presidencia de la Generalidad Jordi Pujol. Entre otras muchas e interesantes cosas, relata Tarradellas cómo en el acto de transferencia de poder se le impidió “terminar mi parlamento con las palabras tradicionales de siempre, es decir, gritando vivas a Cataluña y a España”. Por eso, al día siguiente, “manifesté que se había roto una etapa que había comenzado con esplendor, confianza e ilusión el 24 de octubre de 1977, y que tenía el presentimiento de que iba a iniciarse otra que nos conduciría a la ruptura de los vínculos de comprensión, buen entendimiento y acuerdos constantes que durante mi mandato habían existido entre Cataluña y el Gobierno. Todo nos llevaría a una situación que nos haría recordar otros tiempos muy tristes y desgraciados para nuestro país”. Atribuye a Pujol la voluntad “de utilizar todos los medios a su alcance para manifestar públicamente su posición encaminada a hacer posible la victoria de su ideología frente a España”.

La carta de Tarradellas no tiene desperdicio, pero sí un sorprendente aliento profético. Al lado de alusiones muy interesantes a hechos antiguos -como la crisis de 1934 y la ceguera de Companys ante la situación- cita la propuesta de Pujol de suprimir las Diputaciones -una cuestión que todavía colea con la creación de las veguerías- sin más objetivo, según Tarradellas, que fomentar el victimismo pues sabía que no lograría su objetivo. Tarradellas no quería nada para sí, pero le preocupaban Cataluña y España. Alude a su visita al Rey (enero de 1981) al que dio cuenta de sus preocupaciones, así como la correspondencia que intercambió con S.M., y cita una carta, dirigida a Heribert Barrera, presidente del Parlamento catalán, “en la que hacía constar mi disconformidad con la política sectaria, discriminadora y carente de todo sentido de responsabilidad por parte de la Generalidad… y mi más enérgica protesta ante la política de provocación que Cataluña inició el mismo día de la toma de posesión del Presidente Pujol y que todavía continúa, debido por una parte a la política de intimidación que se hace desde la Generalidad y, por otra, abusando de la buena fe de los que hay que reconocer que están tendenciosamente informados”. Todo esto está escrito hace 19 años, pero, a la vista está, tiene la máxima y más candente actualidad. La cuestión del Estatuto, desde sus inicios hasta ahora mismo, es la síntesis de todo lo que temía el viejo catalanista, cuyo democrático legado de sentido común y entendimiento se ha perdido, desgraciadamente. La pena es, en efecto, que en Cataluña no se ve a nadie con el espíritu, la visión, la autoridad y el seny de Josep Tarradellas.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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