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El lado amable de Shiele

Pedro González-Trevijano
miércoles 04 de agosto de 2010, 22:10h
La actualidad internacional sigue ocupada en sus frentes: continúa la estela de atentados en Pakistán y Afganistán, no se disipan las dudas sobre la salida de la crisis de la economía norteamericana, se deja en suspenso la Ley de inmigración en Arizona. Y por aquí, se prohíben -¡que disparate!- los toros en Cataluña. ¡Cómo me habría gustado escuchar a Pablo Picasso, el gran Minotauro, al enterarse de la noticia! Alguien a quien los progresistas miembros del Parlament de Catalunya no habrían podido descalificar, sin más, con la consabida palabreja: “fascista”. Queda ahora por ver si las autoridades catalanas van a intentar arrumbar la gigantesca obra picassiana, como su Tauromaquía, sobre el mundo del toro. ¿Se atreverán a pedir también la postergación de los fondos de su barbero y amigo, Eugenio Arias, en el Museo de Buitrago de Lozoya? Este es nuestro aburrido lado oscuro: el de la estulticia nacional. El de una clase política endogámica y mediocre, y el de una débil y acobardada sociedad civil.

Aunque la situación presente nos trae, gracias a Dios, otras cosas. La más llamativa en el mundillo del arte, y más concretamente en lo que se llama le beau monde, ha sido el regreso del Retrato de Wally, la amante del pintor Egon Schiele, a Viena. Para ello la Fundación Leopold y los herederos de la propietaria original del lienzo, una judía expoliada durante el nacionalsocialismo alemán, llegaban a un acuerdo extrajudicial por un importe de casi quince millones de euros, poniendo fin a doce años de controversias jurisdiccionales. La pesadilla comenzaba para los directivos de la Fundación Leopold de Viena -la más importante de Austria, con fondos superiores a los cinco mil cuadros, de los que doscientas cincuenta obras son de Schiele- al hilo de la Exposición sobre el pintor austriaco organizada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) en 1998. El óleo era confiscado por la Fiscalía de Nueva York a instancia de dos familias judías que reclamaban su propiedad. Una obra que había sido robada, ¡el III Reich y Goering eran insaciables depredadores!, a una marchante judía -la exiliada galerista Lea Bondi Jaray- en los años treinta. Se ponía así en marcha, otra vez, la conocida en Austria como Ley de Restituciones, por más que su aplicación jurídica se solicitara ahora ante los propios tribunales de los Estados Unidos.

Desde de luego, el atrayente Retrato de Wally, realizado por el aventajado discípulo de Gustave Klimt en 1912, justifica el precio pagado. Aquí sí que estamos ante un lienzo, y un artista, al que ni siquiera el iconoclasta Tom Wolf -La palabra pintada o ¿Quién teme a la Bahaus?- se atrevería a poner reparo. Pintura de verdad, artista de verdad.

La composición es, a diferencia de parte importante de la producción del pintor, amable. Hasta me atrevería a calificarla de intencionadamente idílica. Con una gama cromática reducida -sobre todo, con los colores negro (el traje) y blanco (el fondo del lienzo), y ciertos toques verdosos y rojizos (especialmente, su redondeado cabello)- se aborda autónoma y pictóricamente el retrato de la que fuera su amante. Valerie Neuzil, esta era su nombre, aparece frontalmente, llenándolo todo, transmitiéndonos una sensación de tranquilidad. Pero, ¡siempre hay afortunadamente un pero en Schiele!, sus almendrados y recónditos ojos evocan, más que le pese al artista, una apreciable atracción desasosegante. Lo que llevaría a los ignorantes ciudadanos de Krumau (Bohemia) -lugar donde se había establecido la pareja- a denunciar al pintor en 1912 -año siguiente a la fecha de realización de la obra- por estuprador y pornográfico. Existe también, incluso en la apacible obra de su compañera, un angustioso existencialismo, una perceptible soledad, una alucinógena mirada, un adivinable desamparo, que nos inquieta. Es como si hasta los momentos dulces adelantasen el abismo futuro. He aquí la sutileza constructiva y hasta, aunque su pintura se empeñara en lo contrario, un poco literaria de Schiele. Hay algo cortante en ella que, valiéndose de la afilada barbilla de la modelo, se constata en un ambiente fuertemente esquematizado y premeditadamente plano. Lo que se corta es, aunque no lo sepan todavía sus jovencísimos protagonistas, la mismísima vida. La del pintor (muerto con 28 años), y la de la retratada (con sólo 23). Pero el drama vendría después. Ahora dejémonos llevar por la exultante juventud y las ganas de vivir.

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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