Un Proyecto para Galicia (II)
viernes 06 de agosto de 2010, 20:38h
Tal vez sea el gallego lengua que atesora en sintaxis latina un alma celta cuyo sentimiento desborda sus esquemas y los rehace desde un fondo milenario que le recuerda al latín parte de sus ancestros. Cuando fluye el sentimiento, la conexión semántica impulsa un vuelo indefinido que envuelve a la imaginación más allá del tiempo, procurándole sentido. Cuando se impone, en cambio, el metro redundante de la frase, se encadenan las palabras y parece que no cabe en ellas el mundo que transpiran. Desbordan el molde y desciende al ánimo del lenguaje una dualidad que aspira, por un lado, lo dice Ernest Renan, al infinito, pero, por otro, se rinde sin confianza en sí mismo, y es ahora Ortega y Gasset quien medita.
Dejar que mengüe una lengua tan hermosa; permitir que se hunda en las brumas del olvido; cejar ante el vaho que transpiran los sillares de su arquitectura, sería un suicidio histórico. La gallega es lengua de las más hermosas aún hoy día. Pocos saben, incluso en España, que engendró el portugués y que, océano adentro, pervive en Brasil más próxima a sí misma con espontánea frescura de sonido, especialmente en el centro del país, que respecto de la otra margen del Miño. Y sin embargo, apenas cuenta en los anales de estudio.
La UNESCO debiera preservar también como patrimonio histórico de la humanidad aquellas lenguas que la atesoran y expanden. Una lengua es algo más que sus formas gramaticales. La forma viene del aliento que en ella se sustancia. No bastan la fuerza y el dominio para imponer, como se dice, una lengua a otra. Las lenguas se prefieren entre sí según cantan, alientan y respiran. Cuanto más se fuerce el alma, más resiste su suspiro y más pervive. Las lenguas atraen si convencen. Y aún dominadas, siguen latiendo bajo quien las sustituye.
Hasta poco más que mediado el siglo XX, había en Galicia dos millones y medio de gallegos, y fuera, transterrados por América y Europa, millón y medio. La sangría migratoria recorre siglos desde el XV hacia el reino de Granada -hay hoy testimonios que remontan mucho más allá en el tiempo-, en el XVI a Castilla, y no sólo por época de siega, el XVII también a Portugal, el XVIII a América (a Patagonia llegan gallegos con asturianos y castellanos enviados por Carlos III), emigración que se acentúa en el XIX y, en el XX, después de la Segunda Guerra mundial, a Europa. Sin embargo, y aunque se impuso el nombre de gaiego para todo emigrante español en América, especialmente en Méjico (la Guadalajara actual fue Nueva Galicia), Argentina, Río de la Plata, Montevideo y Cuba, el gallego no dejó de hablarse, más en el campo y costa marítima que en las ciudades.
Una pervivencia semejante sólo se explica por el enraizamiento de la lengua en el ser que la habla. El emigrante gallego sabía, y sabe, pues el flujo aún perdura, disminuido, que lleva dentro, allí donde vaya, un patrimonio exclusivo.
Y lo que no pudieron olas, raíles, carreteras lejanas, horas de travesía y andenes, años de ausencia, desarraigar la lengua del pueblo, amenaza conseguirlo hoy la globalización del mercado y la imagen de la información computada, el ocio y la publicidad diversa del consumo. Se quejan los analistas de que el gallego ya no se transmite de abuelos y padres a nietos e hijos. Los abuelos eran, en muchos casos, el vínculo directo con la infancia, pues los padres emigraban o salían a jornadas de día entero, semanas o meses, como las de pesca en mar alta.
Contra esta amenaza se esfuerza la administración comunitaria con políticas de diverso orden y resultado. La defensa del gallego se politizó de tal modo que, quien la sufre, es el idioma mismo abocado a reformas periódicas que desconciertan al ciudadano de la calle y lo alejan de un esfuerzo que tampoco se ve recompensado por aquella imagen impositiva y social de los medios. Se da hasta la paradoja de que estudiantes con buenas notas en la asignatura de gallego no lo hablan en público ni en privado, mientras que otros, menos brillantes o incluso negados a comprender analíticamente su lengua, es la única que hablan.
En esto, prima la voluntad del hablante. Y en ello sí que se parecen las lenguas y la política, pues dependen de la querencia del pueblo. Imponerlas, malforma, malhumora y conduce al “sordo y humillado resentimiento” que Ortega y Gasset observaba en el particularismo galaico de los años veinte del siglo pasado. Tampoco se puede decir la verdad franca en asuntos de lengua y política cuando resulta adversa a los sentimientos más hondos y contraídos. Cuanta más verdad, mayor el rechazo que provoca, aunque no se diga. El ánimo se repliega y, con él, la lengua. El demagogo conoce muy bien este sentimiento.
Y en la amenaza global del medio sitúan, quienes no lo conocen bien, al castellano, como si esta lengua hermana, antigua como la gallega, aunque más joven, no se reconociera en su matriz y tronco deudora, en alguna medida, del amplio flujo cultural que atravesaba desde Francia los valles del norte hispano. Alfonso X el Sabio se reconocía, lo dice en una cántiga, “rei de Castela e de Santiago de Compostela”. Y a monasterios de Galicia, donde se había formado, enviaba a sus propios hijos con iguales intenciones.
El castellano debiera reforzar precisamente el carácter creativo y la brisa arbolada del gallego que trasciende a grandes escritores suyos, Alfonso citado, los cancioneros, Rosalía, Pardo Bazán, Valle-Inclán, Camilo José Cela, Álvaro Cunqueiro, Torrente Ballester, José Ángel Valente, citando sólo nombres más conocidos. Para la gente culta gallega, el castellano nunca supuso, como lengua, y tampoco para el pueblo, un peligro, sino todo lo contrario, dos lenguas fontanales que fermentan conjuntas. El peligro viene de las instancias administrativas, comerciales, económicas, políticas e incluso religiosas, en esto no tan próximas al pueblo como acostumbran. Y consiste precisamente en no beber de estas dos fuentes peninsulares luego transoceánicas. Dolía y hiere más la imagen transmitida al pueblo con el castellano por esos representantes que la lengua castellana en sí misma. Fue un asunto de burguesía y liberalismo sin nobleza que desfondaba al idioma asimilado del humanismo que lo fundamenta. Y en esto abusaron tanto los castizos como sus allegados. El mayor mal de hoy día es el neocapitalismo y tecnociencia política aplicada a la imagen del nuevo becerro de oro cuyos mugidos se oyen en las grandes avenidas, despachos y lonjas económicas de todo el mundo.
Y esta roña le está afectando también al castellano con la lengua inglesa. Ya Rubén Darío se preguntaba hace cien años si terminaríamos todos hablando en inglés. Hablándolo mal, evidentemente, pues son pocos los que realmente lo necesitan. Y no porque esta lengua sea invasora, ni mucho menos, sino por el vacío a que la someten quienes la usan como moneda de cambio, pues, en el fondo, tanto les da una como otra. Pero no todas pesan igual en papel moneda.
Frente a este globo de aire sin brisa, la hermosura de una lengua que habla aún hoy con ritmo centenario y que nos adentra “siempre detrás del tiempo”, a la aventura de lo desconocido, dice también Renan de los cantos celtas. Esta riqueza la tienen asimismo otros idiomas. ¿Algo más normal que lenguas hermanas dialoguen y se incentiven entre sí con resonancias comunes de un espacio sobreseído por el tiempo?
El problema es la pérdida de horizonte, del amor a la lengua que nos nace continuamente. Las lenguas creadoras se buscan, implican, refuerzan. El bilingüismo resulta así el germen que prohíja en espejos propios el patrimonio de sus fuentes.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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