Los retos de la Colombia de Santos
sábado 07 de agosto de 2010, 01:58h
Este sábado Juan Manuel Santos será investido ante trece presidentes latinoamericanos y el Príncipe de Asturias, como el nuevo presidente de Colombia, después ocho años de uribismo. Un gobierno tan eficaz y exitoso en materia de políticas económicas y de seguridad, como escandalosa por los casos de espionaje, la “parapolítica” y los “falsos positivos”. Pese a esto último, Uribe abandona el cargo con el legado de haber dejado a su país a con el listón muy alto ante la comunidad internacional. Atrás quedó la época de figurar en la “lista negra”, de la imagen de una nación chantajeada por la guerrilla y con una economía en velocidad neutra por la ausencia de inversión.
Pero hoy, Colombia es un referente y un modelo a observar del positivo rumbo político que están tomando algunos países latinoamericanos, más aún en contraste con su compleja historia marcada por cincuenta y dos años de conflicto armado y un período sangriento protagonizado por el narcotráfico y la corrupción. Males todavía no erradicados del todo, pero con la salvedad de que hoy por hoy, las instituciones son las que poseen el control del Estado.
Santos además de augurar continuidad al proyecto uribista, ha de concluir algunos asuntos pendientes que deja su antecesor con su salida. El principal es ponerle punto y final a las FARC y al ELN, aunque esto suponga crear nuevas tensiones con sus vecinos Hugo Chávez y Rafael Correa, a fin de pasar pagina y continuar avanzando hacia el futuro. Dichas organizaciones rebeldes están dando sus últimas bocanadas y el entrante gobierno colombiano no puede permitir que agentes externos le suministren “aire” a una narcoguerrilla, más que nunca, cerca de la extinción. Si bien, el nuevo mandatario da indicios de ser más abierto al diálogo, no muestra intenciones de dejar de lado la línea dura y el pragmatismo que le caracterizó como ministro de Defensa.
No obstante, el reto más importante al que tendrá que hacer frente en estos próximos cuatro años es apartarse del talante personalista que marcó el mandato de Álvaro Uribe, para plantar su estilo particular de gobierno; el cual apunta a reforzar los poderes del Estado con el fin de instituir un gobierno con base a la coalición y a la “unidad nacional”. De lograr dicho propósito, Santos conseguiría poner definitivamente en práctica un modelo democrático innovador para América Latina, menos presidencialista y más parlamentario, en donde los éxitos y los fracasos de un país no recaen en la figura de un sólo hombre si no en el Estado en sí mismo y con mayúsculas.
Esperemos que la era Santos sea la culminación del proceso de madurez que está experimentando Colombia como país que, en ocho años, ha sido capaz de demostrar que las cosas pueden cambiar y que otra historia puede escribirse en América Latina.