Los políticos
lunes 09 de agosto de 2010, 19:31h
Está de moda, de plena actualidad, que cualquier columnista o tertuliano que se precie le dedique todas las andanadas posibles, con ocasión y sin ella, a los políticos. No a uno o a otro, no a bastantes, no a muchos, sino siempre, sin excepciones, a TODOS. Y circula con profusión el neologismo “casta política” en la que se sintetiza el desprecio y la descalificación sumarias que, quienes así escriben, sienten por los que se dedican a la vida política. Por supuesto, no se trata de una actitud exclusiva de los comentaristas políticos, pues en la mayor parte de los casos no hacen sino reflejar un sentimiento muy extendido entre los ciudadanos, como muestra que, según algunas encuestas, los políticos, así, en general, son en estos momentos, el tercer problema que más preocupa a los encuestados . Parece claro un fenómeno de retroalimentación: los ciudadanos reflejan las descalificaciones que oyen o leen a los columnistas y éstos refuerzan su opinión negativa con lo que les muestran los hallazgos de los sondeos. Como pasa casi siempre hay una parte de verdad en esa extendida actitud que, sin embargo, y tomada en su estricta literalidad es una enorme falacia. En primer lugar porque esa generalizada opinión no se puede predicar de todos los políticos sino sólo de una parte, y no la mayor, de los mismos. La inmensa mayoría de los políticos son gente honrada, dedicada y competente que hace bien su trabajo, aunque no aparezca en los titulares de los grandes medios nacionales. Hay después otro hecho evidente y es que el actual Gobierno, empezando por su Presidente, se ha ganado, por sus “méritos” propios el título de el peor de la democracia: A la vista está su trayectoria y sus resultados en la vida de los ciudadanos y de España en general, incluida Cataluña. Pero lo que es cierto de los gobernantes, no se puede atribuir al resto de los políticos. La tarea de la oposición llega mucho menos a los ciudadanos, e incluso a los periodistas, que, a menudo y con una enorme ingenuidad, aceptan como válidas las descalificaciones que provienen de “la oposición a la oposición” que es una de las tareas predilectas a las que este Gobierno dedica una gran parte de su tiempo. Cuando el demonio no tiene que hacer mata moscas con el rabo y cuando un Gobierno no sabe gobernar se dedica a criticar a la oposición.
Pero en la crítica de los políticos hay, sin duda, hechos reales. Eso que se llama inadecuadamente la clase política (yo nunca la llamaría casta) ha bajado de nivel porque es muy poco atractiva. Antes los mejores de cada curso universitario aspiraban a ser ministros o, al menos, altos funcionarios del Estado. Pero ahora, por razones de prestigio y, comparativamente, por los sueldos que asigna la actividad pública, los mejores se integran en las grandes multinacionales. Añadamos a eso que, viciosamente, se ha creado una especie de carrera política que se inicia en las ramas juveniles de los partidos desde donde, de promoción en promoción, van ocupando cargos públicos sin tener no ya una carrera social, empresarial o profesional sino, con alarmante frecuencia, ni siquiera terminada una carrera universitaria. Es verdad que tampoco ya la masificada, multiplicada y degradada Universidad actual es lo que era. Pero quien no ha pasado por sus aulas no tiene ni el hábito de estudioso, del análisis, de la lectura ni todos esos instrumentos que se necesitan, en cualquier orden de la vida, para hacer una tarea medianamente digna. Un político en activo no tiene tiempo ni para avanzar en su formación. Los ejemplos están a la vista y no hace falta dar nombres, que están en la memoria de todos.
Pero en esta crítica global y sistemática de los políticos hay un preocupante aspecto ideológico: Se trata de una actitud que, sin que nadie se ofenda, ha sido catalogada por muchos autores como prefascista. El último de ellos un provocativo libro de Johan Goldberg Liberal fascismos, cuya edición en Penguin Books es de 2007. Se ve allí como también en los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando la democracia liberal era vista como una cosa del pasado, se dirigían a los políticos las mismas críticas que ahora. A muchos les parecían los políticos gente despreciable aunque entre ellos hubiera gente que después les sacó a todos las castañas del fuego, cundo ya parecían retirados. Bastaría citar a Churchill, tan criticado por aquellos años anteriores a 1940. Pero la gente quería “hombres con carisma”. ¡Y vaya si los tuvieron! Mussolini, Hitler, Lenin y Stalin, ¿quién puede dudar que fueron los cuatro líderes más carismáticos del momento? Y es que carisma y totalitarismo están mucho más cerca de lo que algunos creen.
Recuerdo muy bien una encuesta que hicimos, con no pocas dificultades, en 1973 sobre cómo veían los españoles el postfranquismo. La inmensa mayoría de aquellos españoles quería para España, cuando Franco muriera que nuestro país se convirtiera en una democracia europea. Pero cuando se profundizaba en sus actitudes políticas aparecían unos curiosos rasgos, fruto de la propaganda franquista que había sido más eficaz de lo que pudiera sospecharse: Por una parte había una gran animadversión hacia el Parlamento, por la otra, los partidos políticos no despertaban ninguna simpatía. El comentario se imponía: ¿Cómo quieren nuestros compatriotas hacer una democracia sin Parlamento ni partidos políticos? Algunos no han salido de esa absurda contradicción. Como decía Friedrich, la democracia es el régimen “del hombre corriente”, porque quiere servirle y porque quienes representan a ese hombre común lo son tanto como él. Los superhombres en política acaban indefectiblemente en opresores totalitarios. Y no pocos parece que secretamente es a lo que aspiran. Algunos, sin embargo, no perdonan a los políticos que sean como ellos, aunque se reservan las críticas si sobresalen demasiado. Otro día hablaremos de la corrupción, repugnante situación que se suele predicar de todos los políticos, aunque cualquiera sabe, si quiere saberlo, que sólo afecta a una ínfima minoría. Por el momento, sólo diré un cosa: la corrupción no es un vicio específico de los políticos, sino del ser humano en general. Se da en todos los órdenes de la vida, aunque en la vida política sea especialmente perseguible porque se hace con dinero de los ciudadanos. Pero, a los políticos, se les critica hasta lo que no es criticable en absoluto: El otro día un locutor del radio se escandalizaba porque al último pleno extraordinario los diputados fueron con sus maletas. “¡Se quieren ir de vacaciones a toda prisa!”, clamaba escandalizado el de la radio. No, hombre, no. El lugar de trabajo normal de un diputado o de un senador es su provincia, donde viven y donde hacen su trabajo político y allí se dirigían terminado su y trabajo en Madrid, Aunque algunos sigan pensando que se les eligen para estabularlo en el escaño. Parece mentira que después de más de treinta años de democracia la cultura política de los españoles sea tan pobre, como muestran esos mensajes que envían algunos a los canales de televisión. ¿Saben algunos que la Cámara de los Comunes no tiene escaños para todos los elegidos? Porque en la vieja democracia británica saben bien que lo de menos es que sus diputados se pasen la vida calentando el escaño. Por eso se regocijan tanto aquí con esas fotografías de los hemiciclos semivacíos. ¡Cuánto tienen que aprender no sólo los ciudadanos, sino muchos periodistas, que hacen más demagogia que sus criticados políticos!
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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