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Vivencias hospitalarias

miércoles 11 de agosto de 2010, 19:28h
De nuevo y felizmente operado de mi corazón de Hojalata por uno de los máximos arcángeles de bisturí el doctor Rufilanchas, dice mi amigo Ángel Manuel García, presidente de la Fundación Villa y Corte que mi “patata” se ha convertido en plata. Plata y oro son los metales con los que trabajan “el relojero de la Calle de la Sal”, que con millones de relojes vendidos ha alcanzado la máxima popularidad.

Ilustran su establecimiento en la popular calle madrileña, cercana a la Puerta del Sol unos extraordinarios diseños de Antonio Mingote. Estos dos creadores son capaces de revolucionar un Madrid que les pertenece. Ángel Manuel tiene la amabilidad de acompañarme a un hospital madrileño que además lleva el nombre de la cuidad madrileña. Nada que ver con la excelencia del “Hospital Quirón” al que entre con el corazón a punto de pararse y del que salí con el corazón contento, contento lleno de alegría.

Tenía que hacer una revisión rutinaria en el hospital del centro de los madrides. La entrada principal con dos escalones de casi metro y medio en cada uno, significa para el enfermo algo parecido a los casi imposibles ejercicios salvadores que realizan nuestros heroicos bomberos.

Ya en el interior nos enteramos de que todos los ascensores están esperando al chatarrero y solamente uno de ellos funciona intermitentemente. Los usuarios, mayormente pacientes, tienen que esperar hasta casi media hora para acceder al diabólico cacharro. Llego a la planta de cardiología con casi quince minutos de anticipación. Una dama, nada gentil por cierto, me comunica que los cardiólogos se marcharon a las tres de la tarde. He llegado precisamente cinco minutos antes y mi cita estaba concertada para las tres y veinticinco minutos. No hace falta saber tanta economía como Zapatero, para suma sumando hagamos balance de veinte y cinco minutos a nuestro favor. Nada tan parecido a una mesa revuelta, verbigracia la de mi despacho, como el rastro que se organiza en el dicho y no mentado sanatorio.

Comunique mis andanzas peripatéticas a la asociación en la que nos integramos los periodistas residentes en Madrid.

Soy defensor de la maravillosa Seguridad Social española. “La Concepción” “La Paz” “Quirón”, son un ejemplo evidente del puesto privilegiado y merecido, que alcanzaron nuestros médicos y todo su equipo sanitario y humano.

Como no debemos dejar sin excepción a ninguna regla me permito avisar a los caminantes que pululan por los bulevares de nuestro querido Madrid, Madrid.














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