www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La selección, una lección de excelencia

miércoles 11 de agosto de 2010, 20:43h
Obviamente, no ha sido por casualidad ni por “suerte” que la selección española haya ganado el mundial. Ni tampoco es fortuito el excelente resultado de otros deportistas españoles, como Nadal, Pau Gassol, Alberto Contador y otras muchas figuras que vienen destacando en deportes tanto individuales como colectivos. La diferencia de esta selección, como ilustración del deporte español en general, con respecto a otras épocas y otros países, la marcan -además de cualidades sobresalientes evidentes, como son la técnica depuradísima, savoir faire táctico, esfuerzo bien aplicado, experiencia competitiva de altísimo nivel, etc- unos valores fundamentales, puede que igual de difíciles de adquirir y articular que los anteriores, pero sin los cuales aquellos no podrían existir. Estos valores son la sensatez y el pragmatismo; la querencia y admiración por lo aprendido de los maestros (y por lo tanto por el grupo); la seriedad, la responsabilidad y los objetivos concretos.

El deporte, con todo lo superficial y cosmético que quiera hacérsele parecer, con sus excesos de mercantilismo moderno, es, sin embargo y en su mejor versión, la representación más fidedigna, más preclara de estos valores, que hacen del ser humano mejor persona: un ser creativo, concreto, proveedor de su grupo, resuelto y -lo más importante para vivir en paz y progresión positiva- un ser realizado. Por esto, el deporte, promotor de las virtudes que menciono arriba, puede ser el paradigma de la mejor imagen del ser humano, por encima de casi cualquier otra actividad, incluso de aquellas que lidian con temas mucho más serios y difíciles. A pesar de que el contexto general del deporte sea lúdico, es en éste donde nuestra especie juguetona, alegre, deshonesta, y poco seria, puede alcanzar su escala más alta (e ilustra que no son necesarios aspavientos ni imposiciones educativas o vitales forzadas, para alcanzar la maestría y la energía Zen de la mejor versión humana). Esa idea es la que está detrás de la invención clásica del deporte como pedagogía de responsabilidad: la educación en valores positivos de competencia pero mesura, entusiasmo pero disciplina, esfuerzo pero razón, impulso pero aprendizaje. Y es particularmente en este grupo de futbolistas ganadores, de triunfadores, donde se cristalizan de manera preclara estos valores y, por ende, presentan una ilustración de nuestra mejor versión.

Y esta versión dista, como no puede ser de otra forma, de sus antónimos, el empacho de hábitos fáciles de adoptar en tiempos celulíticos, de vida “fácil”, pero difíciles y rebuscados de imaginar en tiempos fibrosos y difíciles (la eterna paradoja de complicarnos la vida para hacerla “interesante” que invariablemente resulta en “problemática”) que tanto frecuentamos y que, no solo no nos hacen mejores, sino casi siempre peores. La relatividad aplicada a la vida, por ejemplo, a su terca objetividad, a los conceptos aprendidos de las experiencias acumuladas de tantos maestros, hacen del ser humano un alma perdida: ¿se imaginan a Xavi reinventando el futbol en cada partido?; ¿urdiendo nuevas teorías de un partido a otro?; ¿aplicando nuevas chaladuras no contrastadas, en una competición de alto nivel?

La falta de respeto por lo aprendido a través de la educación, y a lo largo de generaciones esforzadas, nos convierten en imbéciles errantes, víctimas patéticas de una obstinada “falta” de memoria. Porque la educación es la salvaguarda de nuestra civilización que, por imperativo vital, ha de ser transmitida una y otra vez, sin grandes errores subjetivos, de generación en generación, por el medio que se quiera, pero sin cuya entrega se pierde o desvirtúa la receta, de modo tal que acabamos cocinando bizcochos de cualquier manera en este horno nuestro que llamamos historia.

¿Y qué decir de la falta de seriedad?, que por alguna razón (¿por la misma querencia de la vida “fácil”?) nos invade casi constantemente, especialmente en esta época y en este país; y me atrevo a decir que en casi toda Europa occidental, un continente desorientado por una cultura imbuida y obsesionada por disfrutar de un dudosísimo bienestar “debido”, a costa de todo lo que se ponga por delante, y que por tanto peca a menudo de insensatez y por ende de coherencia vital. La vida por definición y por experiencia es seria; ¿por qué entonces continuar embaucando con la engañosa idea de que no lo es, de que se puede progresar sin serlo? ¿Nos imaginamos a Pujol, Piqué o Ramos defendiendo sin las ideas seriamente claras? ¿A Iniesta regateando sin ton ni son, pensando solo en divertirse o simplemente sin pensar? La falta de reflexión, la “furia española”, llevaba al éxito ocasional e individual y al fracaso habitual. Por el contrario, el pensamiento ordenado, la educación del esfuerzo (que en deporte llamamos entrenamiento) y la organización, nos han conducido al triunfo regular por equipos y a generaciones de deportistas competitivos –en el deporte y en otras muchas actividades.

Los objetivos han de ser claros y hay que tenerlos claros. Esta selección triunfadora por necesidad los tiene y de ahí provienen sus inmensas virtudes de paciencia, sensatez y el gusto por el trabajo bien hecho. No es posible otro camino en la vida y no es serio educar de otra manera. Estos “chicos”, que no lo son en el sentido patéticamente débil y decadente con que suele degradarse el término “juventud” -el de la falta de responsabilidad y por lo tanto de autonomía- sino que son jóvenes en los mejores valores de ingenuidad, entusiasmo e ilusión y, a la vez, ejemplo de madurez, de gente seria, comprometida con su grupo y, por ende, personas FELICES.

Es por todo esto, y no por casualidad, que a este grupo de individuos talentosos y bien educados se le vea con el enfoque, la determinación y el éxito que da el trabajo bien hecho, y con la alegría y los beneficios económicos y sociales que recompensan ese esfuerzo bien dirigido. Se puede intuir que son seres felices y completos y transmiten por todo ello (no solo por ganar) una magnifica energía y ejemplo a todo un país. Y es en este país, no nos olvidemos ni lo omitamos, donde se ha educado este excelente grupo. Estos jóvenes de alma y cabeza triunfadora, y por tanto superiores, se han formado aquí y de una precisa manera. Tomemos su ejemplo en toda su dimensión y usémoslo como paradigma de nuestro enorme potencial como nación; extrapolemos las virtudes del deporte en excelencia, sin dejarnos embrollar por maquillajes promocionales o de otra índole, para ser nuestra mejor versión: la de la seriedad, el sentido común, los objetivos claros, el pragmatismo coherente, y la querencia por la educación sabia. Seamos la España que podemos ser, la de “los mejores del mundo”, la que nos enseñan estos chavales de rojo que aparentemente “solo corren detrás de una pelota”.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
0 comentarios