De espaldas a la Historia
viernes 13 de agosto de 2010, 19:00h
El panorama nocturno que podía contemplarse el domingo ocho de agosto de este año en curso en una de las plazas emblemáticas de la ciudad de Pontevedra, preocupa y, analizado, inquieta.
Era el día cumbre de la fiesta patronal, la Virgen de la Peregrina, celebrada siempre el segundo domingo de este mes. Había habido toros y diversas peñas taurinas de, digamos, jóvenes prematuros, cada una con uniforme distintivo, del rojo al negro, granate y amarillo, se desparramaban por el casco viejo de la ciudad, una de las joyas culturales de Galicia y España. Pura roca viva de los siglos XIII (ruinas de Santo Domingo); XIV (conventos de San Francisco y Santa Clara); XVI (Basílica de Santa María; un antiguo palacio renacentista, del Barón de Casa Goda, hoy Parador Nacional; la Fuente de la Herrería); columnas de edificios colindantes del XVII, Iglesia de San Bartolomé, donde ofició el P. Isla; templo de la Virgen citada, del XVIII, con planta en forma de vieira; Plaza del Teucro, según la leyenda fundador griego de la ciudad, y museo importante ubicado en un conjunto arquitectónico del mismo siglo -pazo y casa barroca de la época-; diversas mansiones solariegas del XIX, plazas, soportales que recuerdan arcos y viviendas medievales.
Este marco histórico servía de decorado a la escena báquica y urinaria que rodeaba la plaza conocida como de las “Cinco Rúas”, que preside un crucero magnífico del siglo XVIII ante la casa en la que vivió Valle-Inclán. Una de esas calles conduce al Parador citado, a escasas decenas de metros, y otra es la de Isabel II, que culmina, subiendo, en la Catedral Basílica de Santa María, alzada sobre un castro antiguo y próxima al río Lérez.
Hay una inscripción muy reveladora en uno de los altares: “Os do cerco de Yoan Neto e de Colón fezeron esta capilla”. La tradición oral sostiene que del burgo marino asentado frente a la fachada plateresca de este templo entre gótico y renacentista, y bajo patrocinio de la influyente cofradía de Mareantes, salió la Santa María de Colón rumbo a Baiona, capitana de las tres carabelas famosas del descubrimiento de América, conocida, para más detalles, como “La Gallega”. Casi enfrente, del otro lado del río, se encuentra Porto Santo de Poio, donde aparece de nuevo el apellido Colón y se conserva una casa con ese nombre.
Los orines rociaban oblicuos y descendentes los muros de varios edificios colaterales. Se concentraban, por ser más estrecha, y transversal, semioscura a medianoche, en los de la calle Sor Lucía. El primero de sus edificios, adentrados en ella, albergó como novicia del convento de las monjas Doroteas de la ciudad, con dieciocho años, a la famosa vidente de Fátima. Sobriamente recogida y abierta al público, conserva una capilla en el lugar, se dice, en que la monja portuguesa tuvo alguna otra aparición de la Virgen.
Las aguas amarillas e infectas resplandecían de soslayo bajo la luz de farolas más bien tibias. Eran el desagüe de la cerveza y vino cuya espuma rodaba, de otro modo, en la plaza antedicha y a los pies del crucero y ante el balcón con geranios de Valle-Inclán. El basamento de la Cruz y la escalinata de la casa solariega servían de bancos improvisados. Desde allí iba y venía la muchachada a las barras de los bares bien provistos de la zona, que sitúan al visitante en un ambiente romántico de contraluces y bullicio empedrado con reflejos de madera cálida. Entre esas paredes corría antaño el sonriente vino del Ribeiro. Los entendidos del lugar aún saben dónde se refresca la garganta los días de canícula o fríos y grises de invierno, en tal suerte para calentarse.
Lo que más me sorprendió es la cara de cansancio existencial de gente tan joven y rociada, novillas de pechos incipientes, mocitas prometedoras de ojos chillones y mejillas sonrosadas, jóvenes larguiruchos -la especie ha crecido- con el vaso en la mano al estilo marinero, sin baladas, y un lenguaje sordo, holofrástrico, indiferente la mirada a cuantos, pocos y pobres “troncos”, pasábamos, casi rozándolos, entre la apretada piña de sus figuras. Era un barrio tomado por las nuevas generaciones.
La circunstancia de llamarse Isabel II la calle central, antigua Rúa dos Mendiños, y de haber morado allí el Marqués de Bradomín, don José María del Valle-Inclán, pudiera recordarnos una moderna Corte de los Milagros, pero la escena se inclina más bien hacia un cuadro o escena anónima de ruido sordo con cuerpos indolentes recostados en las paredes, transeúntes varados en los escalones de las puertas y restos de urea, plásticos, botes, humedad ácida y fosca bajo un, a pocos metros de allí, cielo rielado en las aguas durmientes del Lérez.
Los servicios municipales de limpieza debieron pasar de madrugada o con la fresca, pues, debemos decirlo, sus detergentes y aspiradores mecánicos habían limpiado los pellejos de la noche y sus vejigas fláccidas. Aún así, en las calles ceñidas seguía el rastro y huella del nitrógeno nocturno, el vaho de amonio entre pared y pared, pestilentes. Lo comprobé con verdadera curiosidad. Entre las más fétidas, a Rúa de Sor Lucía, anunciada como “Santuario das Aparicións”.
Si esto es lo que inspira a nuestra juventud incipiente el escenario del arte, la historia, el embrujo de la noche, su devoción enamorada, el ocio, la apariencia de sentirse eternos por unos minutos; si le añadimos el precio de cada vaso vertido, de la limpieza efectuada, y recordamos la crisis que estamos sufriendo y sufragando; si el coste nacional de “Educación para la Ciudadanía”, sus muestras callejeras, los canutos liados y otros estimulantes, el sexo banal, robotizado; si nos detenemos a evaluar este derroche de energía, dinero, neuronas…, ¿qué nos queda? ¿Una economía saneada de los bares del entorno, en Pontevedra y allí donde se esté verificando el mismo acontecimiento? ¿Tal vez un buen oficio libertario de los mandarines y demagogos de turno?
Lo peor de todo ello es la conciencia de ruina social que algunos de estos jóvenes más avisados tienen de sus colegas y lo poco que les preocupa. Preguntado uno de ellos hace algún tiempo sobre qué hacían ante el panorama de alcohol y drogas entre bachilleres y universitarios, me respondió sonriente, y sin tapujos, que animar el cotarro, pues así tendrían, añadió, menos competencia en el futuro. ¡Anonadante¡
La nueva Corte de los Milagros es el culto al dios Consumo y su sed trágica de existencia. El resplandor de su halo está produciendo una verdadera inversión de valores, y no nietzscheana -hay mucho que leer y meditar para ello-, sino baladí, oscurantista, zafia e inútil. Las meadas ruedan por las losas de granito adhiriendo sus cloruros a las huellas de la Historia. Aún nos falta defecar sobre sus monumentos, pero ya he visto alguna muestra, y no de can noctámbulo, precisamente. Avanzamos.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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