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Lluvia fina

Rafael Núñez Florencio
sábado 14 de agosto de 2010, 15:13h
Regreso de un viaje de varios días por la Cataluña interior. No es en principio la Cataluña que se asocia al entramado nacionalista política o culturalmente, sino la Cataluña lindante con la Comunidad valenciana por un lado y Aragón por otro. La Cataluña del Bajo Ebro, provincia de Tarragona (no sé si por mucho tiempo, antes de que se pongan en marcha las veguerías), la Cataluña que se asoma a las desoladas extensiones del Maestrazgo, de montañas ásperas, llanuras requemadas en este verano despiadado, barrancos secos, ambiente polvoriento y colores terrosos en la luz cenital. Como buena parte de la España interior, como la Meseta castellana, como la limítrofe región aragonesa sin ir más lejos, estamos ante una tierra recalentada en la que se agradece más que nada una sombra y se disfruta con antelación cualquier anuncio de agua, verdura o frescor. El paisaje humano, como no podía ser menos, también se parece mucho al de las tierras colindantes.

En los núcleos deprimidos de pueblos y pequeñas ciudades se hacen notar colonias de gitanos. En las zonas céntricas de las urbes más importantes transitan hombres y mujeres intercambiables con los de cualquier otro núcleo de España, en el porte, los ademanes y, claro está, en los rostros. La crisis ha homogeneizado más si cabe comportamientos y apariencias. Las pocas tiendas elegantes están completamente vacías, hay muchos carteles de “se vende”, “se alquila” o, simplemente, decenas de escaparates vacíos y pequeños comercios cerrados. Hay muchos rincones sucios, paredes desconchadas, olores a orines en distintos recodos, sobre todo cuando quedan a trasmano de los pasos principales. A pesar de que es al caer el sol cuando más apetece salir, más allá de la nueve de la tarde las calles, incluso las más céntricas, van quedando vacías. En los bares y cafeterías que se animan a poner sillas y mesas en el exterior, hay siempre sitio, aunque sea amplia la terraza. No sé si es una impresión subjetiva, pero diría que hay, a pesar de la luz y del período tradicionalmente festivo, una cierta aprensión en el ambiente. Si entablas una conversación, a la segunda o tercera frase sale una referencia al paro y la crisis, “¡qué mal está la cosa!”, “¡cómo se nota el bajón!”...

Me he demorado en las pinceladas anteriores -perfectamente prescindibles si no fuera por lo que a continuación voy a contar- porque me interesa subrayar que todo tiene para el viajero un aire de familiaridad inevitable. Es cierto que el forastero deambula por calles desconocidas y se detiene ante monumentos que antes no había admirado pero, sin embargo, el ambiente urbano, los tipos y la vida toda a su alrededor le invitan a sentirse como en casa, hasta el punto de que se produce la paradoja de que sin conocer puede “reconocer” todo lo que le rodea. Todo salvo un pequeño detalle... La lengua castellana ha sido literalmente borrada de la geografía urbana. No es que tenga que compartir espacio con el catalán o que éste prevalezca, no, es otra cosa, es que no hay un solo cartel o rótulo en español en ningún sitio, en el centro o la periferia, en las pequeñas tiendas, en los bares, en el mercado, en las fábricas... No hay indicaciones en castellano ni en la letra pequeña de cualquier aviso, comunicación oficial o letrero privado. Hasta para ir al baño tienes que buscar la palabra serveis y orientarte con los términos vernáculos, homes, dones.

Entras en el restaurante y sin preguntarte nada, pese a que eres ostensiblemente forastero, te dan la carta en catalán. A lo sumo, si es gruesa, encuentras que también puedes pedir en inglés o francés. Para ser justos, es verdad que en este despliegue políglota, lo habitual es que encuentres también la traducción castellana. No de todo, claro está. Si quieres el menú del día sólo dispones de él en catalán. Bueno, pues una amanida de llenties de primero, el peix para la señora, sí, y luego el arròs amb llet y un tallat, si us plau. No tengo problemas con el idioma pero voy acompañado de personas castellanohablantes que no lo dominan, más allá de los parecidos razonables. Me queda sin embargo otra sorpresa: en anteriores visitas a Cataluña, el natural de estas tierras, cambiaba automáticamente por deferencia o simple pragmatismo cuando le contestabas en castellano. Ahora ya no o, también para ser ecuánimes, ya no tanto. Con mucha frecuencia, la persona que nos atiende continúa dirigiéndose a nosotros en catalán. Yo, por cortesía, no digo nada, me vuelvo y hago el esfuerzo de servir de intérprete a mis acompañantes, aunque la situación me parece un poco absurda. Cuando llegamos a pequeñas localidades en fiestas -dos de cada tres en estas fechas de agosto-, las advertencias e indicaciones sobre circulación y prohibiciones temporales, obviamente dirigidas a los que no son del lugar, se difunden por unos altavoces improvisados exclusivamente en catalán. Es imposible distinguir claramente una sola frase.

Quisiera que todo lo anterior quedara como simple reflejo de una situación. Me resisto a juzgarla por miedo a entrar en simplificaciones y maniqueísmos que siempre me han parecido nefastos. Me he educado -políticamente hablando- en un gran respeto a las reivindicaciones autonomistas en general y a las del catalanismo en particular y me he formado -culturalmente hablando- en una gran admiración por las aspiraciones y realizaciones del espíritu catalán. Más aún, como resultado de mi profesión, he investigado con interés rayano en el entusiasmo las profundas raíces de ese sentimiento diferencial que atraviesa generaciones y etapas históricas. Creo además que lo mejor y sobre todo lo más lúcido de la intelectualidad “castellana” se ha distinguido precisamente por tender puentes y encontrar puntos de entendimiento y colaboración con lo mejor y más innovador de la intelligentsia catalana. Pero creo también que la situación actual no se rige por objetivos tan nobles. Las prohibiciones, la persecución encubierta, la exclusión o el simple rechazo a lo español por el hecho de serlo no constituyen los mimbres para hacer una política constructiva. Y si se trata de la otra, de la política de destrucción, del silenciamiento del discrepante, de la uniformidad por decreto, de ésa ya sabemos bastante los españoles por épocas no tan lejanas.

Se han ocupado mucho los medios de comunicación de decisiones campanudas como la reciente prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Con todos los respetos y aun entendiendo que los focos mediáticos se concentren en tales eventos, considero que tal prioridad contribuye a distorsionar la comprensión de lo que está ocurriendo. En otras palabras, que la clave fundamental está en otra parte. Está a ras de suelo, en los hechos menudos, en la vida cotidiana, en el férreo control del sistema educativo, en las pequeñas decisiones administrativas. En las realizaciones del día a día. En las pequeñas parcelas de poder e influencia que se ganan silenciosamente, tan en silencio que pasan inadvertidas. Como indicó el sagaz Jordi Pujol, en eso consiste lo de fer país. Así es como el nacionalismo gobernante en Cataluña (da igual desde qué instancia política, del mismo modo que da igual que sea el PSC, CiU, ERC o ICV) está haciendo país, de una manera excluyente y xenófoba. De ese modo, una lluvia fina, tan fina que a veces es casi imperceptible, va cayendo sin parar y calando en el cuerpo social, dejando como poso una cosmovisión que, fuera ya de connotaciones estrictamente políticas, se vive como algo espontáneo y natural.
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