Bajo la montaña del Príncipe Pío
martes 17 de agosto de 2010, 19:03h
Quienes no conozcan Madrid, tal vez tengan referencia de este lugar por uno de los cuadros más celebrados y románticos de Francisco de Goya: los Fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío o El 3 de mayo de 1808, inspiración para multitud de versiones tales como las de Édouard Manet y Pablo Picasso, iniciadores, en la estela goyesca, de las tendencias dominantes en el siglo veinte.
Mas hoy no es mi intención hablarles de Goya ni de su pintura por más que el momento me sea propicio. Llevo algún tiempo inmersa en el mundo del ingenio sordo que habitó la margen derecha del Manzanares y casi he de forzarme para abandonarlo y seguir rumbo a la actualidad como requiere la escritura periodística.
Por el enclave que traigo a colación, hace millones de años, en el Mioceno medio, pululaba una fauna fabulosa de ejemplares cuyos expresivos nombres remiten al fondo de los tiempos. Ya se tenía noticia y constancia de que las riberas y la cuenca del río pintado por el artista de Fuendetodos fueron morada del rinoceronte bautizado como Hispanotherium matritense y de otras bestias enormes: mastodontes, cérvidos almizcleros, tigres de dientes de sable, osos rojos antepasados del panda, jiráfidos y varios más.
La localidad toledana de Torrijos y la de Córcoles en Guadalajara, así como puntos muy próximos, situados a ambos lados del sitio que nos ocupa -el puente de los Franceses o el de Toledo-, son yacimientos que han surtido numerosos fósiles de vertebrados del mismo tipo.
Pero el repositorio natural descubierto a raíz de las obras en profundidad bajo la estación de ferrocarril y metro, tocaya de la colina transmutada en montaña por hipérbole popular, tiene una importancia excepcional por la cantidad ingente de restos encontrados en un estado muy aceptable de conservación a despecho de las descomunales máquinas empleadas para horadar el suelo y construir los túneles donde afloraron las sorprendentes muestras de vida remotísima.
Hace un par de años, saltó a la prensa la noticia del hallazgo al tiempo que se comunicaba el retraso subsecuente en la inauguración del nuevo intercambiador de transportes. Ahora, recién comenzado el mes de agosto, leemos que algunos de los vestigios rescatados se exhibirán permanentemente, junto con la explicación paleobiológica ad hoc, en el vestíbulo de la estación.
Gustan de pasear por allí, por cierto, los adolescentes que frecuentan los cines del centro comercial, levantado en los espacios hurtados a los antiguos andenes de la vieja estación del Norte, antecedente de la actual.
No sé yo si quedará alguno capaz de sorprenderse por la huella de los exóticos seres vivos que pasearon antaño por esos andurriales o la costumbre del botellón habrá obturado ya, sin remedio, sus sentidos para todo lo que requiera una mínima exigencia imaginativa.
Sí habría disfrutado del acontecimiento venturoso, a ciencia cierta, el apasionado arqueólogo Pío de Saboya, aristócrata y antiguo propietario de los terrenos que todavía preservan su nombre, y sin duda el suceso también habría suscitado la admiración y algún comentario de José Ortega y Gasset, quien, en sus Meditaciones del Quijote, recomienda al lector indagar el logos del Manzanares.