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Morante, pitos tras diez verónicas míticas. Manzanares, con Juanpedro por su casa

viernes 20 de agosto de 2010, 11:14h
Me preguntaba, a raíz del triunfo de Ponce del día anterior —tres orejas, Puerta Grande— en la feria de Málaga, aupado por la entrega incondicional de su afición adoptiva, si la empatía era razón suficiente —y necesaria— para calibrar y otorgar triunfos en plaza tan conspicua. Dicho de otra forma: si cada coso tiene su personalidad, sus manías y querencias, ¿se pueden pasear por su arena sus predilectos como Pedro por su casa? ¿Necesitan llamar a su puerta con vana y pertinaz insistencia los que no lo son para abrir su Puerta Grande?

Las Puerta Grande de Manzanares, la oreja solitaria de Ponce, y los pitos incomprensibles tras la capa desmesurada de Morante, nos dan que pensar.

El 17 de agosto Ponce volvía abrir cartel, junto a Morante de la Puebla y José Mari Manzanares. Los dos primeros de grana y oro, el más joven de azul marino. Había robado al maestro Enrique el color y el mar de los triunfos aún en el paladar. ¿Una premonición?

El caso es que Ponce se sabía en casa y pisaba el albero con las zapatillas de andar por ella. Meloso y honesto el trazo en el capote, aseado en la muleta con toro noble y sin casta, esperó su segunda oportunidad: un Juanpedro, negro, manso y tardío que metía —ya en el capote— la cabeza. Cada cuarto de hora. Pero la metía. También en el peto. Lo vio Ponce mucho antes que el público y se dobló de verdad con él, comenzando entre oles derechazos de largo alcance y desmayados muy plásticos. Dos molinetes, un bello cambio y naturales cortos bien abrochados de trincheras. Lo miraba el toro asombrado y se venía sobre el eje comiéndose la tela que giraba circular, bailaba Ponce antes de iniciar el de las flores, de seguir las tandas, de enlazar genuflexos y de abaniquear. Buena faena, mejor que la del día anterior; el maestro lo sabía y hablaba al toro para que acudiera al sitio de matar. Y lo volvió a matar en el rincón, algo bajo, como las anteriores. Pero la plaza le concedió solo una oreja para recordarle (y recordarse) que andar por casa no significa estar en zapatillas. Y que la confianza no oculta la justa medida de las cosas.

Se las vio Manzanares con un primero incierto y pegajoso, que se le echó encima en el capote y le dio un susto (respondió el torero llevándolo a capotazos a los medios) y que, tras buen puyazo y mejores pares de banderillas a cargo de Trujillo, lo quiso coger. Le midió los tobillos, buscó la axila, el pecho, el muslo…hasta que consiguió lanzarlo al aire. Los pitones han notado carne y no paran de buscar. Toca la banda a paso de trono, el torero descalzo no se arredra y logra dos derechazos y una trinchera. La emoción sube a las gargantas y el diestro, retador, se vuelca en un volapié que vale una oreja. Pero al astifino sexto, un noble toro con el justo trapío de sus 470 kilos, le pudo mecer con gusto el capote, que amoldó a su galope: comenzó en verónica, siguió en delantal y se encogió en la media. Y le templa la muleta con habilidad en la cara, hasta ligar, hacer saltar los oles, la música y los focos blancos que brillaban como miradas fijas al torero, que junto al platillo tare y lleva al toro a su son. Y que saca aromas de biznaga en un lento remate de las flores. Dos naturales hondos, un desprecio torero y la noche azul. Ahora ya barre la muleta la arena, anda Manzanares despacio —se gusta y regusta— y el Juanpedro no deja de embestir hasta que la espada vuela rápida a lo alto y los pañuelos le anuncian la puerta de los héroes. La plaza, en la que quedaban tiradas sus zapatillas, abría a Manzanares la puerta de su casa. Para que paseara por ella con confianza. ¿O devolvía a Ponce, con el paso azul marino y oro de Manzanares en hombros, la confianza del día anterior?

Son misterios del inconsciente colectivo. Pero el mayor de ellos —y el más injusto— fue la actitud de la plaza ante Morante. Que dio a su primer toro cinco verónicas doradas —como la tarde—, sublime la tercera en la que dio tiempo a oírse el giro de la tierra y ensoñada la media, que se fue perdiendo en la lejanía. Grana y oro. Añil el cielo sobre los montes de pino y roca. Callado el viento. Y volvió a repetir con su segundo algo inusitado. Salio el toro y Morante, sin pensarlo dos veces, le dio ¡diez verónicas y una media! El compás abierto, el mentón bajo, la cintura y el pecho ondeando al compás, un brazo dentro, el otro dando salida al cielo, flotando el toro… Así es Morante. Lo hizo diez veces seguidas. “Sin enmendarse”. Sin pedir nada. Ganando terreno y marcándolo con sus pasos y sus pases en el río mítico del toreo. La tercera, la quinta y las dos últimas fueron sublimes —según algunos. Todo ello lo fue. Un poema sinfónico en diez movimientos. Y un estrambote de los siglos áureos. No fingió con el toro en la muleta: no se gustaron y lo mató (fácil y en lo alto, por cierto). La plaza lo pitó. Se ve que estaba acostumbrada a ver diez verónicas y una media como esa y quería veinte esta vez. Morante es torero grande, de extraña, extraordinaria generosidad. Y nos tiene muy mal acostumbrados.
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