Los nombres rotundos
viernes 20 de agosto de 2010, 20:33h
Los nombres rotundos, mirusté, llevan mucho adelantado en las actividades a las que se dediquen e su quehacer cotidiano. Tema que traje a cuento a propósito del cirujano Rufilanchas al proclamar sus pacientes su nombre de paz. No son la misma cosa los nombres ilustres a los que, para hacer cita de ellos, es preciso recorrer una ruta inacabable de nombres y apellidos. Es como si tuvieses que aprenderte a relación de los Reyes Godos o las paradas en el camino francés que conduce a Compostela. No es menos ilustre el valido de Rodrigo Díaz de Vivar por llamarse don Ramón Menéndez Pidal; pero para mostrar redondos su nombre y se hace necesario abreviar y dar aire rotundo a sus nombres.
Olvidar la hojarasca y recordar el árbol.
Así al polígrafo cidiano le gana la batalla, en todas las ocasiones, quien se dejó llamar El Cid. Y si añade el adjetivo de Campeador, miel sobre hojuelas
Si añadimos Benito y por el mismo precio Pérez a Galdós, seguro que pasa a la historia literaria como “el Garbancero” que casi se lleva por delante el rotundo Galdós. Y a punto estuvo de borrarlo del mapa unan cuarteta debida a un técnico del “Teatro María Guerrero” que quiso honrar en verso a una actriz, Florinda Chico y a su pueblo extremeño:
“Yo he nacido Don Benito,
Provincia de Badajoz.
¡Que bonito es don Benito,
Benito Pérez Galdós!
Si Azorín no se refugia en su seudónimo tendría que habitar eternamente, todo lo eterna que es la efímera gloria, en sus dos apellidos
Otros, léase Ramón, dieron valientemente triunfales batallas clocando al margen el Gómez de la Serna. Y don Camilo, el del premio, es Camilo para siempre. Y baste decir don Pio y solamente los catecúmenos añaden Baroja.
Las mulleres los hombres de nuestro milagros, r enuncian a la totalidad de sus legítimos ancestros porque los milagros lo renuncian al nombre o al apellido. “Los milagros no tienen apellido”, comedia firmada por mi y por Domingo Tomás Navarro, obró el milagro de hacer nacer una actriz y una escritora: Natalia Figueroa.
Debo dirijo mi correspondencia al doctor Juan José Rufilanchas Sánchez. Concretamente al ”Hospital Quirón” madrileño.
Luzco sobre mi pecho abierto. Con varias condecoraciones, unas puñaladas salvadoras.
Lleno de nuevo mi pecho de aire y así, de un tirón digo de un tirón un nombre: Rufilanchas.