Un culo sin parangón
sábado 21 de agosto de 2010, 16:05h
Encuestas de naturaleza difícil de determinar acaban de establecer nuevamente que la actriz y cantante Jennifer López posee el trasero más esplendoroso del planeta. La noticia no ha sorprendido a nadie. Es la enésima vez que le conceden este elevado galardón y estamos ya tan acostumbrados a que lo reciba que apenas se comprende el verano sin él.
En una época en la que cualquiera podría hacerse cincelar un culito de estatua griega –brasileño, se dice ahora-, extraña que nadie en el mundo del chascarrillo haya propuesto llamar a la señora López “el culo”, igual que se llamaba a Sinatra “la voz” o a Raquel Welch “el cuerpo”. El apelativo consagraría de una vez por todas sus turgentes cualidades y la sacaría para siempre de una competición en la que, por lo visto, carece de competencia.
Dudo de que esta posibilidad agrade demasiado a la actriz, aunque sospecho que tampoco debe hacerle mucha gracia la costumbre veraniega de elogiar sus nalgas. ¿Imaginan qué clase de vida puede llevar una persona sabedora de que un bocado de más podría desfigurar unas posaderas sobre las que el mundo entero tiene puestas sus miras? Los cráteres que Galileo encontró en la Luna seguramente conturbaron menos a los partidarios del geocentrismo de lo que molestaría al público actual descubrir una sombra de celulitis en el trasero de la señora López. El peso de llevar tal galardón debe ser enorme y la prueba de que comienza a resultarle enojoso son las declaraciones que ha hecho este año responsabilizándonos a los españoles de su primacía en el escalafón nalgar. “Los españoles –ha dicho con acritud- están obsesionados con mi culo”. ¿Los españoles?
Como uno nunca conoce el contexto en el que hablan las estrellas mediáticas es difícil saber en quién estaba pensando la señora López. Quizás no eran los españoles, sino los hispanos, el potente lobby al que ella misma pertenece. Claro que, tal y como van hoy las cosas, podría referirse también a nosotros, los españoles de la memoria histórica. Y no porque a ojos del mundo sigamos siendo un país de retaguardia, que mira la espalda de las cosas, sino todo lo contrario, porque estamos tan avanzados en eso del nihilismo y la ateocracia que ni siquiera distinguimos ya el todo de las partes, con perdón.
Sea como sea, y sin negar el buen juicio de los admiradores de las nalgas de la señora López, me pregunto en qué sutiles criterios se fundamentan para preferirlas a todas las demás. Discrepo del sabio que decía que “en el oscuro, y al tanteo, no hay culo feo”, pero como San Agustín con el tiempo, me ocurre que mientras nadie me pide que explique qué es un culo esplendoroso sé lo que es, pero si lo hacen, ya no lo sé. Claro que tampoco soy lo que se dice un experto. Mis lecturas se reducen en este campo a una hojeada clandestina a la Breve Historia del culo de Jean-Luc Henning. Me consta, como a cualquiera de ustedes, que popas formidables las ha habido siempre; de hecho me he referido en anteriores artículos a la de Afrodita y a la de la Venus del espejo de Velázquez. Creo asimismo que podría decir algunas palabras acertadas sobre la de Kim Novac (“¿Cuál le parece que es mi mejor perfil, señor Hitchcock? “Está usted sentada sobre él”), pero he de admitir que el meollo ontológico de la cuestión escapa a mi competencia. No quiero defraudar, sin embargo, a los seguidores de esta columna, así que si buscan orientación sobre un tema tan importante les recomiendo echar un vistazo al blog del Almirante Ruina, uno de los lugares más instructivos de la red, y consultar allí una entrada titulada, con acrobática perversidad, “en el rio de la Luna”. Comprenderán al leerla que el asunto, analizado con rigor positivista, es inabordable para un aficionado. Sólo me queda esperar que muy pronto el ministerio de igualdad, consciente del importante papel que desempeñan los españoles en estas encuestas, dedique al tema alguna partida presupuestaria. Voluntarios para realizar concienzudos estudios de campo no creo que falten.