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Metatelevisiones

Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
sábado 21 de agosto de 2010, 16:08h
A veces uno tiene la sensación de que lo que pasa en el lugar donde está es más grave, peor y más tremendo que en ninguna otra parte del mundo. Por eso me parece tan sano viajar, es la excusa histórica y el motivo siempre placentero para vivir y ejercer el relativismo cultural y descentrar el eje de nuestras vidas y de nosotros mismos. Aunque a base de relativizar, a veces, nos encontremos con situaciones calcadas aquí y allá.

Hace años pasé una temporada en Italia. Cada vez que encendía la televisión más me asombraba de la estética y de los contenidos que emitían sin cesar por sus tres canales de TV públicos y privados. Por entonces se hablaba de las bellinas como de un fenómeno social moralmente recusable. Tanta teta y tanto culo, a diestro y siniestro y sin venir a cuento, no parecía muy sensato ni adecuado. Por entonces todos criticaban, muchos negaban ver ese tipo de programas y sin embargo, esos mismos programas reventaban las cuotas de audiencia.

Yo por entonces, un poco indignada, pregonaba que “eso en España no pasaba”. Tiempo al tiempo.

Bastaron unos meses cuando de vuelta a casa las bellinas habían conquistado los televisores españoles. Si bien no con tanta prodigalidad en piernas, culos y tetas, fue cuestión de tiempo que se volviera normal.


Hubo un tiempo en que esa pizca de escándalo, indignación y moralina se vertía en España contra esos periodistas que entrevistaban a famosos y famosillos los viernes por la noche. Eran descarados, frescos y atrevidos, y los famosos se dejaban acribillar con placer, el placer que da el dinero fácil. Y esa libertad molestaba a muchos, daba envidia a otros tantos, y montones los veían viernes a viernes.


Por entonces, los canales de televisión y sus programas seguían siendo “canales” de contenidos que ocurrían fuera de sus estudios y que con mayor o menor elaboración, eran fruto de noticias, comentarios, reportajes, cotilleos y demás variedades televisivas. Pero un día el “canal” se convirtió en mensaje, en contenido, en emisor... en todo: un cosmos programado al milímetro y muy rentable que cree poner en escena la realidad. Una realidad que sucede toda dentro del canal. Una recreación de la realidad con pretensiones de hiperrealidad que lleva el reality show a su versión más esencial: ya ni siquiera hay grandes hermanos, los propios trabajadores, los técnicos, son sus protagonistas. Es la culminación de la metatelevisión, el inicio de una nueva hera.


Hoy todos conocemos a Belén Esteban, un mero ejemplo de como pasó de ser un contenido externo a habitar las 24 horas del día las pantallas de varios canales. Ella personifica y ejemplifica este giro de tuerca de la sociedad del espectáculo. En ella confluyen las imágenes de una televisión que se desarrolla y ocupa con lo que sucede en sus propios platós, en sus propios límites. Los viejos lobos de “Tómbola” hoy son personajes de otros tantos cotilleos. Cuando se juntan varios, ya ni siquiera hablan de lo que pasa fuera, ni de lo que pasó, sino de lo que en ese mismo momento están haciendo ellos mismos. Cuando uno lo ve, puede que no le de por pensar (y parece que eso sucede a menudo), pero cuando uno lo piensa alejado de la caja boba, es increible como se ha cerrado el círculo. Y las audiencias de Belén suben y suben aunque nadie se confiesa adicto abiertamente. P ero todos critican (criticamos).

Sucede sin ambargo que en Argentina la metatele no se llama Belén sino Tinelli, pero es lo mismo: una mezcla presentador protagonista del show, acompañado de bellinas, de Belenes, de bellinas que quieren ser Belenes y así en todas las combinaciones posibles. El otro día me contaron que el tipo, el presentador de televisión que se apellida Tinelli, se separó de su mujer y que andaba haciendo un concurso “off de record” para encontrar novia. Miles de mujeres se apuntaron; sus padres las acompañaban, las cámaras las filmaban hasta haciéndose masajes reductores de caderas enseñando a Tinelli y a todos los espectadores los motivos que esgrimen para ser elegidas. Una subasta de ganado no hubiera sido más obscena. Por todo esto, muchos argentinos deploran la televisión que se produce en su país y aun así, como ya se imaginarán, Tinelli es líder de audiencia desde hace años.

Pero dejenme que les cuente otro episodio que vuelve a girar la tuerca: se da el caso de que hay argentinos que deploran a Tinelli y, oh sorpresa: ven los programas de cotilleos españoles. La pregunta es por qué. La respuesta en muchos casos es genial; les cuento uno.

Al no conocer ni a los Rivera ni a la Duquesa de Alba, no saber si la Patiño es una exactriz resentida o una futura novia de Tinelli, al no conocer ni el pasado ni el presente de cada uno de los que desfila en cuerpo o alma, ven los programas como si fueran sketchs de risa propios de Muchachada Nui o de Martes y 13. Ante esta versión de los hechos, se imaginarán que me uní un viernes por la noche a una visión de DEC en pleno Buenos Aires. Mis amigos se reían a carcajadas. Les hacía gracia el acento de unos, las gesticulaciones, las expresiones y como no, el drama eterno que se representaba en esa pantalla: las más bajas pasiones puestas en acto una y otra vez. Y sí, piensen en la ambición, la envidia, en la pereza, en la gula, en la obsesión, el catálogo es amplio. Una y mil veces, el mismo espectáculo, la única diferencia parece ser el grado de sublimación que alcance el espectador: si una buena carcajada o una buena obsesión que mantiene al espectador día tras día frente al televisor. Ésta me parece que es la única diferencia entre los espectadores que ríen y los que no, los que piensan y los que no. Lo que todavía no conseguí es reírme con Tinelli, tanta teta y tanta silicona no me permiten conectar con mi interior. Seguiré intentándolo.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

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