Tremendo Juli
domingo 22 de agosto de 2010, 15:20h
Lleva la feria de Málaga tres Puertas Grandes consecutivas. Dos, discutidas; una, indiscutible. Las tres valen, con las dosis de amor y castigo, amor y pedagogía o, más propiamente amor y sociología. Pero solo una de ellas habrá dejado una faena flotando en la inconfundible atmósfera de los recuerdos taurinos. Y eso no ocurre mucho (no ha ocurrido, por ejemplo, en todo Sanisidro, salvado sea un inolvidable tercio de quites).
Ocurrió el miércoles 18 de agosto a partir de las siete y media de la tarde. Bajo un sol taladrador, una luz de Apolo y un cielo azul rey con una nube blanca y densa, un cirro que apareció a borbotones tras el cerro escarpado de Gibralfaro. Le faltaba un mes para ser cinqueño al Jandilla de 570 kilos, zaíno, veleto y astifino, que salió galopando y cuya carrera a la gloria iba a frenar Julián con tres verónicas de vuelo corto, compás plano y giro acucharado. Una vara justa, palos sin atacarlo, y al centro. En seguida —un milagro— le buscó —y encontró— el torero el galope y se lo llevó ligado en la tela —un secuestro amoroso— para los restos. Sin perderle la cara un segundo, sin variar la distancia de los pitones implacables a la dúctil franela un milímetro. A toquecitos rápidos y armónicos, a temple de alta precisión, El Juli no le perdonó un solo pase. Ni a derecha ni a izquierda. Ni al pecho. Recortes, cambiados al norte y al sur, cambios de manos fluidos y sedosos hasta hacer circular al animal en un tiovivo de muleta que no parecía posible. Pero era verdad. Tal delirio se apoderó de la plaza —y del matador y del toro, que parecía disfrutar más que nadie como protagonista herido por un encantamiento— que una gaviota gris y blanca sobrevoló el tejadillo y dio una vuelta completa al ruedo para comprobarlo. Se perfiló el torero para matar y lo quería hacer como Dios manda porque era presa de una emoción interior, la que produce la creación y exige el remate de la obra bien hecha. Que si es acontecimiento inefable en cualquier disciplina artística, lo es más aún en el toreo. Porque la obra no se volverá a repetir y desaparecerá para siempre. Cuando El Juli, en cortó y por derecho, fulminó al bravo animal hasta el hoyo, había un sombrero cordobés junto al toro. Tremendo Juli. “Faena mexicana” —sentenció un viejo aficionado de solera intachable.