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España obliga

Mayte Ortega Gallego
lunes 23 de agosto de 2010, 17:56h
Pasada la euforia del Mundial de fútbol y tal vez los ánimos mitigados por el calor de ferragosto, es quizás un buen momento para ver con cierta perspectiva que no funciona tal mal trabajar juntos. A los pocos días de haber ganado la Final, con las camisetas aún frescas, ya había comentarios por parte de algunos políticos reclamando. Vamos, que se alegraban de la victoria, pero que qué hay de lo mío.

Por unos días pareció vivirse una ilusión en la que la gente tenía una meta común al margen del hecho diferencial. Lo del hecho diferencial da para más de un artículo, da para montar toda una teoría nacionalista en la que el otro, haga lo que haga, está siempre excluido. Es una técnica sin parangón: las emociones. Apelando a las emociones enarbolo toda una teoría, un partido, propuestas legislativas y hete aquí que después de tanto rascar, acabo ganando mi propio “Estatut”.

Si pensamos que todavía hay heridas que cerrar de la Guerra Civil que aconteció hace setenta años, creo que también hay heridas y más que heridas, paradojas de la Constitución que se aprobó hace treinta y dos años. Porque conferir autonomía y predicar con que España seguirá siendo una nación es menos comprensible que “El vivo sin vivir en mí”. Me recuerda la canción infantil de “A estirar, a estirar,….” ¿Unos tiran con más fuerza y más argumentos, otros van a rebufo? Nos perdemos en mil supuestas complejidades pequeñas a la vez que juntos contamos con una lengua y una cultura que otros ansían aprender.

¿Alguien se pregunta qué pasa en Ciudad Real o en Teruel? La sobreexposición de deteminadas regiones parece que sean las más problemáticas, el resto parece resignado a sobrevivir sin alharacas. ¡Haber tenido tu propio hecho diferencial!, que probablemente lo tengan, como yo con mi vecino pero no por eso lo estigmatizo. Nos han enseñado a estar parcialmente orgullosos de nuestro país, a pronunciarlo con timidez, a decirlo tranquilamente sólo al cruzar los Pirineos y este complejo proviene del uso demagogo que de las palabras hacen los que tienen tribuna diaria: los políticos. Con su jerga de Nación, Estado… y demás melindres asustan. Uno incluso lo dijo en el Parlamento, uno que no se aplica a sus zapatos: las palabras están al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras. No, no fue Goebbels.

Mayte Ortega Gallego

Coordinadora de programas de la Comisión Europea

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