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Molière en agosto

Concha D’Olhaberriague
martes 24 de agosto de 2010, 18:30h
Vuelve la compañía del Teatro de Cámara, dirigida por el galardonado y eficiente Ángel Gutiérrez, con una obra de su repertorio: Las picardías de Scapin de Jean- Baptiste Poquelin, hijo del tapicero real y conocido por todos como Molière. Y se da la feliz sincronía de que Buenos Aires, ciudad donde se venera el teatro, recibe a La Comédie Française, continuadora de la compañía L’Ilustre Théatre, creada por Molière, con esta misma pieza, una de las más divertidas y vivaces del actor y dramaturgo francés. Pero allí, claro está, no es verano.
Scapin y sus triquiñuelas gustan y divierten al público de nuestra época a ambos lados del Atlántico, pero no fue siempre así. Cuando se estrenó, no llegó a las veinte representaciones y pronto quedó olvidada por el éxito arrollador de Psique, fantasía mitológica con ballet, encargada por Luis XIV para la celebración fastuosa del carnaval de 1671 y alejada del estilo molieresco pues colaboraron en su factura Corneille y Quinault.

No es sencillo, en ocasiones, saber en qué estriba la buena acogida de una pieza clásica, y hasta los más expertos profesionales del arte dramático se llevan sorpresas favorables o decepcionantes más de una vez.

Recuerdo el patio de butacas casi vacío del teatro Infanta Isabel de Madrid en una muy digna representación del Malentendido de Albert Camus, pese al buen hacer de todos los implicados y la presencia de Encarna Paso, memorable actriz, en el papel de Madre. Corría entonces el año de 1998 y se trataba de una tragedia.

Muy otro es el ánimo de la comedia de Scapin, el de los múltiples recursos, el criado ágil, urdidor de tretas, lleno de gracia e ingenio verbal y heredero de los viejos siervos de la Comedia Nueva de los griegos Menandro y Apolodoro, y tras ellos, de los latinos Plauto y Terencio.
En el Formión de este último está el modelo en el que se inspira el autor francés para su farsa, así como en personajes de la comedia del arte con cuyos actores tuvo una relación estrecha en Lión y París. Educado en los jesuitas de Clermont-Ferrand, era ducho en retórica y conocía la lengua latina.

Del personaje terenciano mencionado toma igualmente Scapin la destreza para los asuntos leguleyos, imprescindible para impedir los dos matrimonios por interés tramados por los tacaños y ambiciosos padres y satisfacer los deseos bien distintos de sus clientes, los hijos.
Más que un pícaro a la manera agridulce de Lázaro y Guzmán, el nuestro es un enredador taimado y ocurrente, con una inmensa capacidad de improvisación discursiva y maestro en el arte de escabullirse cuando la situación se le embrolla y le atrapa. De ahí el nombre de Scapin, del italiano “scappare”.

Un tipo de héroe popular y doméstico que cae simpático y suele suscitar el favor del público, máxime si la composición que le da vida tiene frescura, talento y ritmo.

De estirpe pareja son, salvando las distancias, los Ratas y la Menegilda de la Gran Vía de Chueca, Valverde y Pérez. Y el éxito de la zarzuela que maravilló a Nietzsche no conoce fronteras desde su estreno a finales del XIX.

En varias ocasiones recibió Molière la acusación de plagio, mas él replicó, con brío y acierto, que tomaba cuanto quería donde quiera que lo hallara, defendiendo, en suma, el legítimo y deseable recurso a la tradición.

Así lo recuerda Mijail Bulgákov en su magnífica biografía molieresca, remedo muy particular de ciertos aspectos de su propia vida y tribulaciones.
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