www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Una mirada, por detrás, de la Venus de Milo

martes 24 de agosto de 2010, 20:32h
El domingo pasado, con todo el día por delante, me encaminé al Louvre con ánimo de dejarme llevar por sus salas sin buscar a priori determinadas obras, que son las que todo el mundo va a ver y que ya conozco de anteriores visitas. Me demoré cuanto quise delante de cada cuadro u objeto y admiré también plácidamente la arquitectura y la decoración del palacio. Al hilo de mi sosegado paseo, fueron surgiendo en mí algunos pensamientos, que les ruego pongan ustedes en cuarentena porque no sólo no soy un experto en arte sino que desconfío mucho de la fineza de mi espíritu.

El hombre, desde que es hombre, es decir, desde los tiempos remotos de su origen, fuera éste el que fuera, es un ser fantástico que ha tenido la necesidad de representarse y de hacer entender a los otros sus imaginaciones, sus ideas, sus ilusiones, sus miedos, sus proyectos, sus quehaceres, sus esperanzas..., su vida, al fin. En el arte combina el hombre su condición de homo habilis que sabe manejar diestramente unos instrumentos y su naturaleza de homo sapiens sapiens, que le permite no sólo poseer unos conocimientos sino que ser consciente de que los posee y de que puede incrementarlos por sí mismo mediante la contemplación del mundo y la reflexión sobre lo contemplado.

Todos los hombres tenemos esa capacidad de representación simbólica que es el arte, aunque muchos no lo lleguemos a plasmar nunca materialmente salvo en nuestra imaginación, en nuestra fantasía. La mayoría sólo somos capaces de hacernos representaciones toscas que tomamos --por decirlo con Ortega-- de las creencias vigentes en cada época, pero una minoría de hombres ha sido capaz de expresar de manera sublime aquello que ve, que siente, que desea, que sueña, que le desvela, que le irrita, que le enamora, que le aterroriza, que piensa... Son los artistas. Un recorrido por la historia del arte es de las experiencias más conmovedoras para conocer lo humano que uno puede hacer. En varias ocasiones --por ejemplo, una vez, hace unos años, visitando el museo de los Alte Meister en Dresden--, he sentido que esto sería lo mejor a lo que uno podría dedicar la vida y que debe de haber pocos placeres mayores que el de entretenerse durante largos años en una cosa aparentemente tan superflua como entender las pinceladas de tal o cual pintor. En un retrato de Lucas Cranach el Viejo, pongamos por caso, o en uno de Ghirlandaio, o en uno de Goya hay tanta metafísica como en muchos tratados filosóficos, como la hay en la poesía de Quevedo o en El Quijote cervantino o en las novelas de Tolstoi.

La continuidad en las formas de representación artística merece una intensa meditación y seguro que hay una biblioteca entera de libros, que yo desconozco, sobre la materia, los cuales a buen seguro mostrarán cómo determinadas imágenes han pasado de una época a otra cambiando leve o abruptamente su simbología. Hace tiempo leí un estudio sobre cómo los bolcheviques habían transformado los símbolos zaristas, desfigurándolos, pero de tal forma que quienes los veían sintiesen, inconscientemente, la atracción atávica de lo ya conocido. En el Louvre, observando algunas figuritas de la Grecia clásica de varios siglos antes de Cristo uno puede ver perfectamente a los diablos, con sus cuernos, y a los angelitos, con sus alitas, tal y como los representará el cristianismo muchos siglos después.

El turismo cultural de masas ha transformado la admiración que necesita el arte para disfrutarlo y entenderlo en la mera captación de una instantánea. Lo importante no es admirar La Gioconda sino contar que uno la ha visto y llevarse, a ser posible, una imagen digital de la misma. En la sala donde cuelga la obra de Leonardo da Vinci está colgado un magnífico retrato de François I por Tiziano que apenas nadie mira.
En mi sosegado paseo, choqué de pronto con una multitud que se arremolinaba delante de una gran estatua. De inmediato caí en la cuenta de que era la Venus de Milo. Como era imposible acercarse a menos de 5 metros y viendo que nadie la miraba por detrás, se me ocurrió ponerme en esta perspectiva y sacar mi pequeña libreta y hacer que tomaba notas. En un minuto tenía tras de mí a una docena de turistas que habían comprendido que lo que merecía la pena mirar de Afrodita era esa parte en la que la unión de las dos nalgas marca una suave línea penetrante que insinúa el resto de esa parte del cuerpo, tapada en este caso por el peplo cayente, en la que decía Quevedo que la espalada pierde su decoro. No faltó quien, entre mis circunstanciales compañeros, se llevó a casa una foto en la que su cara acompaña al precioso trasero de la Venus de Milo. Yo me marché sonriente del efecto que mi invención había tenido y admirando en mis pensamientos cómo el artista, cual Aristóteles en su Tratado del alma, había sabido contemplar con tanta sabiduría lo humano, en este caso, esa parte de lo humano en la que Natura sive Deus, por decirlo con Spinoza en homenajea a mi maestro Agustín Andreu, ha expresado en maravillosas formas la armonía del mundo.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.