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En el camino de “el Rafita”

miércoles 25 de agosto de 2010, 20:25h
Como carne de cañón, de esa que alimentaba parte de la música rebelde de los años 80 y que, inspirada en duros jóvenes de tierras sin ley, ponía letra a canciones entonadas por voces rotas de alcohol y marihuana, “el Rafita” sigue tejiendo una vida que, sin embargo, nunca tendrá nada de leyenda. No puede haber poesía en la historia de un delincuente que, en vez de rebeldía, lo que enseña es crueldad. A sus 22 años, lo único que puede dejar claro a quien se fije en sus correrías es que cosas tan deseables como la reinserción y las segundas, terceras o cuartas oportunidades, a veces, no valen para nada. Quizás sólo para seguir alimentando a la bestia. Cada vez peores compañías y cada vez menos miedo a las consecuencias de unos actos que ya son su forma de vida.

Rafael Fernández García era menor cuando en 2003 cometió en grupo el brutal crimen de Sandra Palo, por el que se dio a conocer a una opinión pública estupefacta por la crueldad emanada de tan joven personaje. Cuatro años de internamiento en un centro de menores y tres años más de libertad vigilada fueron el precio de tamaña salvajada. Sólo la insistencia valiente de la madre de la chica asesinada, apasionadamente repugnada ante el hecho de que un elemento semejante campara a sus anchas después de lo que hizo, ha servido para que “el Rafita” no pase desapercibido entre tanta detención policial que acaba con el delincuente en la calle nada más declarar en sede judicial. “Por una puerta entran y por la otra salen”. Cuántas veces, demasiadas, hemos escuchado esta frase a los policías que se la juegan para sacar de la circulación a quienes maltratan a la sociedad atacando al primero que tenga la desgracia de cruzarse en su endiablado camino. Pero las leyes son las leyes y al poder legislativo, recluido en su mundo de mayorías políticas y alianzas, le cuesta mucho cambiarlas.

En todo caso, al “Rafita” lo que nadie le puede negar es su absoluta coherencia. Ni enseñanzas ni regañinas, si es que las hubo en el centro de menores, han servido para amansar sus ansias innatas de hacer el mal por donde pasa. Una vez y otra. Ante la atenta mirada de la madre coraje que denuncia y no tiene miedo, que señala a la cara, que hasta se tira al furgón policial en el que viaja “el Rafita” para que nadie se olvide de lo que le ocurrió a su hija, de lo que podría pasarle a otra hija, a otra hermana, a un padre o esposo. No, en el camino del Rafita no hay que ponerse, pero como éste es errático y nadie le pone vallas, tarde o temprano alguien estará allí: en el lugar y en el momento más inadecuados. ¿Será entonces cuándo el tipo por fin se pase de verdad una temporada en la cárcel? Sin sangre, ya se sabe, poco se puede hacer. Es sólo cuestión de esperar. Y a quien le toque, pues mala suerte, le ha tocado. Es que el chico tiene derecho a otra oportunidad, a reinsertarse en una sociedad a la que demuestra continuamente que desprecia.

La del pasado martes en Alcorcón ha sido la séptima detención de “el Rafita” desde que abandonó el centro de internamiento. Julián Alberto, el conductor de la furgoneta que intentó robar el conocido delincuente, aparte del susto sólo ha tenido lesiones leves después de su maldito cruce en la ruta del chaval, que ya está de nuevo en la calle con libertad provisional y con la obligación de presentarse dos veces al mes en el juzgado. El resto del tiempo es suyo, que nadie se tope con él.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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