Vivir cien años, o más
sábado 28 de agosto de 2010, 16:32h
Hasta hace poco se suponía que la muerte es el término inexorable de todas las cosas (“mors ultima línea rerum est”, decía Horacio). Ahora ya no está tan claro. Las sospechas han surgido al saberse que algunos de los centenarios a los que debe Japón el título de país más longevo de la Tierra fallecieron hace años sin que quedara constancia de ello. De la noche a la mañana, la burbuja estadística ha estallado y los nipones, que se las prometían muy felices, han perdido de sopetón dos o tres años de esperanza de vida. A ustedes esto quizá les parezca intranscendente, pero a mí me ha producido verdadera consternación.
Para ponerles en antecedentes les diré que cuando se supo que el hombre y la mujer más ancianos de Tokio (ciento once y ciento trece años), habían desaparecido sin dejar rastro, lo primero fue una ola de admiración generalizada. ¿Será el fugu?, ¿será el sake?, ¿será el sudoku? Desgraciadamente, y tras una minuciosa investigación, las autoridades descubrieron que el caso no escondía ningún tórrido idilio. El centenario señor Kato parece que emprendió ya otra clase de desaparición treinta y dos años antes (fecha del último periódico encontrado en su casa), aunque nadie de la familia hubiera dado parte del hecho, quizá para impedir que dejara de cobrar su merecida pensión; mientras que la señora Furuya, según testimonio de su hija octogenaria, abandonó su domicilio hace cuarenta para irse a vivir con un hermano, sin que ninguno hubiera contactado con ella en las últimas dos décadas, cosa que ahora que caía en la cuenta resultaba ciertamente un poco extraño.
El hecho de que dos centenarios tan notables (notables por su posición en el escalafón de ancianos de Tokio) se encuentren en paradero desconocido ha suscitado cierta inquietud. Japón es el país más longevo del planeta. Presume de tener más de cuarenta mil centenarios. La posibilidad de que se esté produciendo un fraude masivo con las pensiones de jubilación se ha cernido sobre la nación como un kamikaze. Los casos del señor Kato y la señora Furuya son la prueba de que algo no marcha bien. Ya se está hablando de crear un cuerpo de funcionarios dedicado expresamente al tema. Pero: ¿qué consecuencias tendrá todo esto en los cálculos de esperanza de vida de los japoneses (y del resto del mundo)?, ¿podemos seguir creyendo que las mujeres japonesas viven una media de ochenta y seis años con cuarenta y cuatro y los varones de setenta y nueve con cincuenta y nueve o tendremos que relativizar las cifras a la vista de sucesos como el comentado?
El asunto tiene más miga de lo que parece. Por lo pronto deja muy claro que desde una perspectiva estrictamente burocrática no existe ninguna diferencia entre una persona viva y una persona muerta a la que se continúa pagando la pensión. Es lo mismo que les pasaba a los táleros reales y a los táleros imaginarios de los que se sirvió Kant para refutar el argumento ontológico. En todo caso, es innegable que en nuestro mundo la línea entre los seres reales y los seres queridos se ha vuelto muy tenue. Un número de identificación fiscal, una carpeta en el archivo de la seguridad social, confiere tanta realidad como un cuerpo. También ocurre al revés: personas vivas que han perdido la conciencia de sí mismas poseen todos sus derechos como cuando alcanzaron la mayoría de edad. A efectos estadísticos están tan vivos como el resto. Los papeles son los papeles, aunque la vida, con su caligrafía de joven febril incapaz de ajustarse a los renglones, se empeñe en emborronarlos.
Los seres humanos necesitamos grandes dosis de ilusión para sobrellevar las miserias que ensombrecen la existencia. En una época como la nuestra, en la que la felicidad resulta tan cara, no queda otro remedio que acogerse a los sueños. He dicho “sueños”, pero me refiero a esas verdades que atenúan la dureza del vivir conciliándonos con su atroz limitación. Nuestros antepasados creían en la vida eterna, nosotros en la ciencia y el progreso. La certeza de que vamos a mejor (y esto incluye vivir más) es equivalente a la fe en una vida tras la muerte. Por más conspicuos que nos queramos poner estas estadísticas atenuantes gracias a las cuales nos felicitamos de haber nacido cuando lo hemos hecho son un cuento chino. Y, sin embargo, hay mucha gente que confía secretamente en que con veinticinco años más habrá alcanzado ese momento en que todos los descubrimientos científicos de los últimos tiempos serán aplicables prácticamente, incluido el de la inmortalidad. Si no fuera por el problema de la superpoblación y las pensiones, problemas menores porque para eso tenemos gobernantes previsores, nos espera una vejez como nunca hubo. Precisamente por eso resulta tan inquietante la noticia que nos llega de Japón. ¿Ustedes pueden comprender por qué esos japoneses centenarios se empeñan en morirse treinta años antes de lo que dicen las estadísticas?