Vencedores y vencidos
sábado 15 de marzo de 2008, 18:55h
Las agencias han comunicado recientemente el fallecimiento de Lazare Ponticelli, último soldado francés de la Primera Guerra Mundial. Había nacido a finales de 1897, lo que significa que ha vivido la friolera de ciento diez años, no sabemos si de felicidad o de consternación.
Al parecer, restan todavía ocho excombatientes de aquel monstruoso conflicto. Seis de ellos pertenecen a potencias aún existentes. Los otros dos sirvieron al imperio otomano y al imperio austro-húngaro. Ambos han sobrevivido con creces a los estados que reclamaron de ellos el máximo sacrificio.
Con la Primera Guerra Mundial quedaron inauguradas las llamadas "guerras de material", cuyo horror inmortalizó en un célebre cuadro -"Grabenkrieg"- el pintor Otto Dix.
Aunque sea de buen tono ocultar el enorme peligro que encierran los prodigios de la técnica, gracias a los cuales disfrutamos también de incalculables comodidades, no estaría de más echar de vez en cuando un vistazo a esta clase de obras. En ellas perdura algo que ni siquiera en las imágenes reales de posteriores y aún más horribles conflictos podemos atisbar: la espantosa perplejidad del hombre al descubrir hasta donde llega su capacidad de destrucción. Nosotros, en cierto modo, contamos ya con esta experiencia, partimos -y esto es bueno, pero también peligroso- de que los extremos de inhumana violencia a que llegaron nuestros antepasados con medios menos eficaces que los que ahora poseemos podrían ser sobrepasados fácilmente si, en vez de la paz, escogemos el camino del anonadamiento.
Parafraseando a Michaux, que usó estas mismas palabras en otro contexto, puede afirmarse que las guerras de material nos han enseñado algo que no sabíamos, y es que, llegado cierto punto, el hombre puede convertirse y ser tratado como una hierba.
Un eminente y atroz resumen de esta enseñanza puede verse en la casa museo de Ernst Jünger en Wilflingen. Sobre una estantería llena de libros, muy cerca de la mesa del escritor, reposan dos cascos, uno inglés y otro alemán. El casco alemán exhibe una mordedura de metralla en un lado, la huella de un impacto terrible. El casco inglés está, en cambio, intacto. Pero el inglés murió, a diferencia de Jünger, gracias al cual sabemos que lo característico de la guerra de material es que, cuando se desata, no hay escudo, ni escondrijo, ni astucia, ni arte que nos libre de su titánica furia. "La perfección humana y la perfección técnica -escribe el militar que protagoniza su novela Abejas de cristal- son incompatibles. Si queremos la una, debemos sacrificar la otra (...). La perfección tiende hacia lo mensurable, y lo perfecto hacia lo inconmensurable".
A Ernst Jünger, que participó en las dos conflagraciones mundiales, le cupo en 1984 el honor de presidir, como último miembro y canciller de la orden Pour le Mérite, el funeral de Otto von der Linde, que había ganado aquella condecoración en una gesta para la que bastaron, según dijo en su discurso, un puñado de hombres y una trompeta. La prestigiosa orden no se renovó en la Segunda Guerra Mundial. Habían concluido los tiempos en que las hazañas pueden realizarse sin derramamiento de sangre. Jünger no lamenta la extinción de la orden que preside: su desaparición le parece muy poca cosa comparada con un futuro en el que ya no sólo está en peligro la vida, sino el recuerdo.
La desaparición de los últimos supervivientes de aquella guerra inaugural que introdujo en la historia la posibilidad de una completa devastación debería confirmarnos en un pensamiento que a menudo, y pese a todo, olvidamos: que además de vencedores y vencidos, están las víctimas, que lo son -tengamos esto siempre presente porque es lo único que puede salvarnos-, de unos y de otros.