Estrategias para Afganistán
lunes 30 de agosto de 2010, 21:15h
Los gobiernos europeos que, como miembros de la OTAN, participan en la guerra de Afganistán, no han sido capaces en nueve años de explicar satisfactoriamente a sus respectivas opiniones públicas las razones de la presencia de sus tropas en aquel país. De ahí la impopularidad de esa “misión exterior”, que crece y se expresa con más virulencia, sobre todo en el país afectado cuando, como ocurrió la semana pasada, mueren sobre el terreno algunos miembros de las Fuerzas Armadas o de Seguridad allí destacados. En este caso, dos guardias civiles españoles y un traductor, también nacional español. Pero la impopularidad no se está dando sólo en Europa. También crece la impopularidad de esa contienda en los Estados Unidos, donde está planteado un intenso debate sobre la mejor estrategia de salida de ese largo conflicto que, temporalmente, supera ya al de Vietnam.
Al servicio de ese escaso entusiasmo -por decir algo- por la misión afgana, los gobiernos europeos -y, desde luego el español en primera línea- han seguido una estrategia equívoca y equivocada, que ha lastrado los denodados esfuerzos de nuestros contingentes allí destacados. Por lo pronto, se ha negado insistentemente que aquello fuera una “guerra”. La palabra estaba prohibida porque oficialmente se trataba de una “misión de paz”, con finalidades puramente humanitarias. Los ataques de los insurgentes y las demás incidencias bélicas se han disimulado siempre que ha sido posible, (es decir, cuando la prensa no se adelantaba) porque los socialistas no quieren ninguna mácula en su imagen de pacifistas y pacificadores: sólo se dispara si los otros lo hacen primero y, además, lo hacen contra ti.
Al mismo tiempo -y en esa misma línea de “que bonita es la paz”, aunque no se la viera por ninguna parte- casi todos los países participantes en ISAF (con la excepción de los Estados Unidos, del Reino Unido y de Canadá) eligieron, desde el principio, para situar a sus contingentes, las zonas de Afganistán supuestamente más seguras y pacíficas, y en las que no se producían combates con los insurgentes. Todos preferían el norte y el oeste y huían como de la peste del este y del sur, donde la lucha era y es diaria y las muertes mucho más probables. Me acuerdo muy bien del primer socialista que fue ministro de Defensa, afirmando en el Congreso que nuestras tropas estaban en “una zona pacífica”. Casi de excursión. Pero ya se sabía que los talibanes se estaban dispersando por todo el país, controlando cada vez con más eficacia la tradicional y compleja estructura tribal y étnica de Afganistán. Pronto se vio que los talibanes estaban en todas partes y que habían duplicado las estructuras del Gobierno central de Karzai, creando una especie de “gobierno en la sombra” que, a veces, funcionaba más eficazmente que el de Kabul, al tiempo que se infiltraban en las instituciones y en las empresas que contratan con el Gobierno afgano.
Al servicio de esa falsa estrategia pacifista y pacificadora, que ignoraba la realidad profunda del país, las tropas extranjeras, incluidas, desde luego, las españolas, se dedicaron a actividades humanitarias, tales como construir infraestructuras o tratar de “democratizar” a los afganos, que, como cualquiera sabe, se mueven a partir de otros valores, poco homologables con los occidentales.
Pensando ya en la retirada -que Obama ha fijado para que se inicie dentro de un año- se dio prioridad a la tarea de entrenar y formar a los miembros del Ejército y la Policía nacionales del país, con la esperanza de que en unos pocos años (¿2014, 2015?) se pudieran hacer ellos cargo, totalmente, de su propia seguridad. Fecha esta de la retirada que cada vez plantea más problemas: El nuevo jefe, Petraeus, apoyó primero esa fecha, pero después la ha puesto en duda como prematura, recibiendo, por cierto, una corrección de Gates, el secretario de Defensa americano, Karzai, por su parte, acaba de señalar que la fijación de una fecha tan concreta sólo sirve para elevar la moral de los talibanes, lo que, a la vista de la situación, parece bastante cierto. “Los occidentales tienen el reloj (y el calendario, podríamos añadir) y nosotros tenemos el tiempo”, dicen los talibanes con una filosofía muy oriental.
Los talibanes se infiltraron desde el principio en el proceso de formación y entrenamiento de militares y policías afganos y lo que ocurrió el otro día en la base española de Qala-i Naw no es la primera vez que pasa: algunos afganos en fase teórica de formación, clandestinamente al servicio de los talibanes, matan a traición a quienes generosamente la están entrenando. Los talibanes están en todas partes y su principal arma es el miedo generalizado que provocan: Cualquier afgano medio sabe que si se acerca o colabora con los extranjeros los talibanes pueden matarlo inmediatamente. Un granjero que recibe encantado un tractor, fruto de la ayuda internacional, puede que no llegue a usarlo más de una jornada, porque a la madrugada siguiente los talibanes le matarán a él, quizás también a toda su familia y, además, destruirán el tractor.
Ante esta situación es explicable el nerviosismo de las opiniones públicas occidentales y que una buena parte de las mismas pida el regreso de sus tropas. Pero eso es una visión simplista y no sólo porque la OTAN, esto es el mundo occidental, no se pueda permitir “el lujo” de dejarse derrotar por unas cuantas bandas de terroristas. Rendirse ante la violencia siempre trae malas consecuencias y, para saberlo, no hacen falta muchas lecciones de historia. Lo más importante es que por obvias razones geopolíticas, Afganistán es una especie de centro de gravedad que incluye todo el Asia central, Pakistán, India, Irán y una buena parte del sudeste asiático. Pakistán, como es bien sabido, es un potencia nuclear, con fuerte presencia de yihadistas bien conectados con talibanes (ellos y sus colegas afganos son de la misma etnia, los pashtunes), que se mueven con cierta soltura en este país y con al Qaida, que no ha desaparecido aunque se hable ahora menos de ella. Además tienen buenos contactos con algunas de las instituciones más importantes de Pakistán, como los servicios de inteligencia, el ISI.
Pues bien, la seguridad de Pakistán es inseparable de la de Afganistán, y esta es una de las claves de la situación. “Af-Pak” es la sigla que se maneja en el Pentágono para referirse a la zona. Pakistán quiere influir en Afganistán, especialmente ahora que se han descubierto nuevos recursos mineros, pero no sólo ellos. También quiere tener su dosis de influencia su enemigo tradicional, India, también potencia nuclear. El conflicto de Cachemira puede ser una broma al lado del que puede enfrentar a estos dos enemigos históricos por la futura influencia en Afganistán. Si en un país tan inestable como Pakistán, los yihadistas llegaran a hacerse con el poder (y no se trata de una hipótesis imposible) una guerra nuclear en esa parte del mundo no sería descartable. Y no hay que olvidar que China, otra potencia nuclear, está al lado y cada vez con más poder y que Irán, el vecino occidental de Afganistán tiene también aspiraciones nucleares y una serie de peones avanzados en el Mediterráneo, Hamás en Gaza y Hezbolá en el Líbano, además de contar con el seguro apoyo de una de las etnias de Afganistán, los hazaras, que son musulmanes chiíes, como los ayatolas de Teherán. Por otra parte, la gran potencia sunní, Arabia Saudí, va a estar muy atenta a los movimientos que buscan la hegemonía en la zona. Nada se hará sin ella o contra ella.
Ante una situación tan compleja, Occidente tiene que ser responsable. Asia está en una situación que podía parecerse a la de Europa hace cien años: una serie de “nuevas” naciones poderosas y muy pagadas de sus intereses y de su soberanía, con muchos contenciosos entre ellas, de tal modo que, una chispa inesperada, podría provocar una gran conflagración. Peor que la de entonces porque las armas nucleares están por medio. Si Europa pensara que eso no la importa o que no la afectaría en absoluto demostraría que tiene unos dirigentes tan incapaces como los que la llevaron a la gran tragedia de la I Guerra Mundial y, muy poco después, a su segunda y más salvaje edición. El pacifismo de que hace alarde cómo siempre la izquierda, teñido ahora de ese buenísimo tan extendido, no entiende nunca el revés y la complejidad de la trama internacional. Porque, efectivamente, una guerra es un mal que hay que evitar a toda costa y queda muy bien hacer alardes de pacifismo. Pero hay que decir con contundencia que peor aun que una indeseable guerra es la política de apaciguamiento que, como saben muy bien los europeos, hay un momento en el que conduce inevitablemente al enfrentamiento, que podría haberse evitado, si imperase la responsabilidad y una cierta dosis de gallardía.
De Afganistán no se puede salir corriendo. Hay que crear una garantías suficientes de estabilidad para el país y para toda esa región del mundo. Y los miembros de la OTAN que participan en ISAF no pueden marcharse en orden disperso o con motivaciones puramente electoralistas sino responsable y ordenadamente, a partir de un calendario serio, acordado entre y por todos y sin zanganadas como la que vergonzosamente sufrimos aquí hace ahora seis años. El “ahí se pudran los afganos” no vale. No sólo por serias razones éticas y de derecho internacional sino porque, efectivamente, los afganos se pudrirían, muy especialmente las mujeres. Y Occidente ni podría mirar para otro lado ni estimar, como Chamberlain en 1938, que “los checos (ahora, los afganos) son un pueblo lejano, que apenas conocemos y con los que no tenemos apenas contactos“. Todo un genio.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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