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Woody Allen se pasa a la astracanada

Concha D’Olhaberriague
martes 31 de agosto de 2010, 21:13h
No me incluyo entre quienes no se pierden una película de Woody Allen. No obstante, tengo recuerdos imborrables de la ambigüedad moral y la duda, planteadas con suma destreza, en Delitos y faltas, la melancolía oneilliana de Septiembre, la belleza de Manhattan o Sombras y niebla, precioso homenaje al maestro Fritz Lang, o las situaciones y los gags desternillantes de Annie Hall y Maridos y mujeres. Me he reído con muchas de sus comedias ágiles y desenvueltas, incluida la que se llevó al teatro en Madrid el verano pasado con el transparente título de Adulterios.

Quizá por la experiencia aún reciente de dicha obra, el día del estreno, corrí a ver You will meet a tall, dark stranger, la última cinta del artista neoyorquino, aquí traducida por Conocerás al hombre de tus sueños. Uno y otro son enunciados que suelen pronunciar la gitana que lee la mano o la pitonisa o el vidente con la bola de cristal ante la solicitante de alivio para las cosas del querer.

Y es que la protagonista Helena, encarnada por una actriz extraordinaria, Gemma Jones, es una mujer mayor que se aferra hasta la obnubilación a la consulta de una adivina con el propósito de paliar los sinsabores conyugales y filiales. Pero no basta el buen hacer de los actores, garantizado casi siempre en el cine de Allen, ni la soltura y el dominio de la técnica cinematográfica. Yo, al menos, espero, además, un guión sugerente y situaciones que compongan un cuadro o retazo de vida inquietante, ameno, sorprendente, divertido o un poco de todo ello en oportunas dosis.

Lo cierto es que me encontré con una película que despilfarra a talentos de la talla de la mencionada Jones, degrada a Anthony Hopkins en un personaje grotesco y sin pizca de atractivo por lo tosco de su caricatura, y permite, si acaso, el lucimiento de Naomi Watts en el papel algo más matizado de la hija de ambos, experta en arte y malcasada con el recurrente escritor frustrado del universo de tipos allenianos, representado en esta ocasión por un profesional eficaz, Josh Brolin, desaprovechado igualmente.

En lugar de la chispa que salta tantas veces en sus diálogos, encontramos sal gorda, recursos zafios y una insistencia machacona y tediosa. Alfie, el marido provecto de Helena, interpretado por Hopkins, se deja engatusar por una pelandusca depredadora más joven que su hija, a quien da vida una actriz desorbitada que sobreactúa y requiere una hilaridad de café teatro o cabaret de tres al cuarto.

El ingenio y la agudeza del director y guionista parecen haberse esfumado, llevándose, a la par, el toque artístico y poético de sus grandes comedias y melodramas y la gracia de sus parlamentos. La deriva hacia lo chabacano es fácil y está al alcance de cualquiera. No quiero pensar que la coproducción española tenga algo que ver al respecto. Quizá haya otras razones que no se me alcanzan. Sin embargo, la próxima vez daré tiempo al tiempo. No iré rauda a un estreno de este Woody Allen.
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