AFGANISTÁN: EL ALGUACIL ALGUACILADO
sábado 15 de marzo de 2008, 21:18h
El Consejo de Ministros del Gobierno español aprobó el viernes el despliegue urgente en Afganistán -sin la autorización previa del Parlamento y al amparo del artículo 17.3 de la Ley de Defensa Nacional- de cuatro Vehículos Aéreos No Tripulados Searcher MKIIJ con una dotación de 36 militares, para "reforzar" la seguridad de las tropas españolas destacadas en el país asiático. Izquierda Unida exige al Gobierno que pase por el Parlamento. Independientemente de que su posicionamiento en política internacional pueda estar desenfocado y lastrado por un anti-americanismo visceral, alejado de los intereses objetivos de un país como España, IU tiene razón en lo que hace al control parlamentario en una democracia occidental de un asunto tan capital como la defensa. El origen fiscal de la primera democracia moderna en los EE.UU. es tan conocido que, con frecuencia, oscurece la relación no menos central entre democracia y defensa que acompaña a nuestro sistema político desde su formulación clásica: la coincidencia entre la “comitia centuriata” y la “comitia curiata” en las divisiones de la población romana, no es casual. El alumbramiento traumático del primer sistema representativo moderno en la Inglaterra del seiscientos tuvo como causa el control parlamentario del empleo y disposición de las fuerzas armadas. Y cosa de un siglo más tarde, la rebelión democrática americana encontró una de sus justificaciones principales en el hecho de que el rey Jorge había empleado tropas contra los ciudadanos americanos (en la masacre de Boston) sin autorización de las cámaras.
Los españoles del siglo pasado -y en relación a la guerra de Marruecos- tenían para este asunto un término descriptivo: “el impuesto de sangre” también exigía el control del parlamento. En cierto modo, el intento de esquivar esta fiscalización acabó con la monarquía constitucional de Alfonso XIII en 1923. Y, en la España de nuestros días, “el alguacil, alguacilazo”: Zapatero, que denunció -con razón- el envío por parte del Gobierno Aznar de efectivos militares a Irak sin el correspondiente debate y, en su caso, aprobación parlamentaria, se da ahora de bruces contra su propio argumento. Además, lo malo de hurtar este debate a la Cámara es que se sigue evitando un debate esencial sobre una política internacional basada en intereses -en lugar de gustos y colores- y ocultando a los ciudadanos españoles la cruda realidad que nos amenaza antes, después y a pesar de Irak.
IRÁN: UNA DEMOCRACIA IMPOSIBLE
Las elecciones generales en Irán han suscitado poco interés, toda vez que ya se sabía de antemano el resultado. Sólo restaba por conocer el margen por el que se impondrían los conservadores. Según los primeros datos del gobierno iraní, este porcentaje superaría el 70 por ciento. Por tanto, nada cambiará en la antigua Persia. Calificado en su día por el ex presidente reformista Mohamad Jatamí como una democracia islámica, Irán es en realidad una teocracia en toda regla que, de una manera efectiva, impide que el pueblo elija a sus representantes. Los clérigos del Consejo de Guardianes, el más alto órgano colegiado previsto en la constitución iraní, han prohibido participar en estos comicios a casi 2.000 candidatos, la mayoría reformistas. Esto hace que las elecciones nazcan ya viciadas, pues el cercenar candidaturas por el mero hecho de no pasar un riguroso filtro islámico no coincide con los más elementales principios democráticos.
No obstante, Islam y democracia parecen dos líneas paralelas condenadas a no encontrarse jamás. Lapidaciones, ejecuciones públicas, amputación de miembros a niños por delitos menores, absoluta falta de respeto por los derechos humanos, intolerancia hacia otros credos -cuando no persecución religiosa-, marginación absoluta de la mujer... La lista es interminable, pero lamentablemente real. Y lo peor del asunto es que todo esto se hace en nombre de una religión, la islámica, cuya adaptación a la modernidad se antoja fundamental. De todos modos, parece que algo empieza a moverse en la sociedad iraní, más concretamente entre los jóvenes. No se sienten en absoluto identificados con los clérigos ultraconservadores, tiene una mentalidad más pragmática, su indumentaria en las grandes ciudades es algo más liviana -velos estampados frente al negro del tradicional “chador”- , y son conscientes de los desafíos que tienen ante ellos. Desafíos que pasan por atender más a la situación económica del país, inmerso en una grave crisis -a pesar del petróleo-, y menos por enrocarse en un fundamentalismo religioso caduco y sin horizonte. Y, del mismo modo, abrirse a Occidente y cambiar confrontación por entendimiento.
CULTURA EN LAS CALLES
Madrid rebosa arte. En los últimos meses la capital de España ha visto pasar por sus museos, algunas de las colecciones de arte más importantes del mundo. Modigliani Picasso, Durero... Todos, están o han estado a disposición de los madrileños. Además el Museo del Prado, el Reina Sofía o el Thyssen son testigos cada día de filas interminables de turistas y amantes del arte deseosos de descubrir los tesoros que albergan en su interior. Sin embargo, la pintura no es la única disciplina que está en pleno auge. La música también está de enhorabuena. En julio llegará la gran cita de este año: el Festival Rock in Rio, uno de los más importantes del mundo. Shakira, Jamiroquai, o The Police, son sólo algunos de los múltiples artistas que se pasearán por los escenarios de este festival que tendrá lugar a lo largo de dos fines de semana y que espera congregar a más de 65.000 personas. Sin ninguna duda, éste será uno de los acontecimientos musicales más importantes del año a nivel internacional.
El otro gran jalón de la oferta cultural madrileña son las artes escénicas. Los musicales que jalonan la Gran Vía cuelgan cada noche el cartel de no hay entradas. Además iniciativas como la producción (íntegramente española) del musical basado en la vida de Ana Frank, estrenado recientemente, dan buena muestra del buen nombre de la escena española en el ámbito de los musicales a nivel internacional. Pero, por encima de todo, lo auténticamente reseñable es la buena respuesta de los madrileños en este caso y los españoles en general a la oferta cultural. Nada de esto sería posible si no hubiera un público exigente y, sobre todo, inquieto y participativo. Hay oferta porque hay demanda. Y no hay mejor señal que ésta del buen estado cultural de un país.