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La funesta afición de prohibir

jueves 02 de septiembre de 2010, 22:35h
El viejísimo y añejo puritanismo revivió en la prohibición de venta de alcohol, con la que se encuentra Gilberto K. Chesterton al viajar a Estados Unidos en 1920. El genial autor de las aventuras del Padre Brown apunta maneras de visionario cuando escribe que “si la coacción se aplica a eso puede aplicarse a todo lo demás; y en el futuro acabará aplicándose a cualquier cosa. Cuando yo estuve en América la gente ya empezaba a aplicarla al tabaco”. Bueno, al tabaco, a las corridas de toros o a pensar por sí mismo pues el genuflexo gregarismo es la panacea. Les encanta regular nuestra vida con la disciplina de un regimiento de combate. Son insaciables en su inmisión en la vida de las personas.

Chesterton ofrece una idea que consiste en prohibir también la charla pues “la conversación a menudo acompaña al tabaco al igual que a la cerveza; y lo que es aún más importante, la conversación a menudo puede conducir tanto a la cerveza como al tabaco”. También cabría la alternativa de controlar las conversaciones, dice el inglés, y de este modo “el Estado nos proporcionaría listas oficiales previamente elaboradas con los temas que pueden discutirse durante el desayuno y tal vez permitiría un número limitado de epigramas para cada comensal a la mesa. Quizás tendríamos que presentar una solicitud formal por escrito para hacer un chiste... Quizás todos podrían llevar mordazas que la policía les quitaría a unas horas determinadas”, a la hora del recreo o, tal vez, los fines de semana alternos. También nos pueden decir los libros que hemos de leer o las películas a ver o por donde dirigir los paseos. Otro gran futurólogo como Orwell, resucitado.

Aún es más genial la conclusión. Con la mordaza el silencio del pueblo estaría establecido por la ley, en la que cabe cualquier barbaridad pues ha dejado de ser el poderoso símbolo de la libertad que fue en otro tiempo. Y tal ley de la mordaza (no se crean, que a Hugo Chávez y a Cristina Fernández de Kirchner ya se les ha ocurrido) conseguiría que el pueblo estuviera en silencio. Y aquí viene Chesterton asegurando que: “No cabe duda de que los políticos no dejarían de hablar”. Añadiría que hasta en verano, pues no son siquiera capaces de respetar el descanso de los mortales.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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