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Miguel Asín Palacios o el esplendor de la vieja Universidad

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 03 de septiembre de 2010, 14:14h
“Dentro de nuestra Escuela, Gayangos fue el terreno propicio; Codera, la raíz sustentadora, Ribera, el vigoroso tronco; Asín, la flor y el fruto”. El que ha casi medio siglo E. García Gómez, discípulo predilecto del último y él mismo burilado eslabón final –a la fecha…- de una cadena áurea del humanismo español contemporáneo, pudiese describir con toda exactitud la deslumbrante corriente del arabismo español, depone clamorosamente a favor del Alma Mater española que albergara y estimulase trayectorias tan egregias como las citadas.

Es tal, en la hora presente, el masoquismo nacional y se ceba con tan gran fuerza sobre el pasado de nuestras principales instituciones, que no ha de desaprovecharse ocasión alguna para recordar hojas de servicios acreedoras al aplauso y reconocimiento de la posteridad. Como la insigne Escuela acabada de mencionar, otras varias en todas las parcelas del saber abrillantan la andadura de la Universidad española de la primera mitad del siglo XX. En Filosofía, en Derecho, en Medicina, en Económicas, en Ciencias Químicas y Físicas, en Veterinaria…, no son pocas las líneas de investigación aglutinadas en torno a ilustres nombres de la corporación en que lograron dar continuidad y fecundidad a una labor planteada con largueza cronológica y no menos moral y patriótica.

El inmenso caudal de una cultura tan ancha y rica como la española puede conocer estiajes y bajamares, pero nunca páramos ni desiertos.


Prueba eximia de ello la encontramos en la figura del sacerdote aragonés Miguel Asín Palacios (1871-1944), cuyo trabajo como catedrático de Árabe de la Universidad Central se desplegó en una época del Alma Mater hispana que recibe hodiernamente una descalificación sin eximentes.

De bien probado temple liberal, este devoto sacerdote y prestigioso docente tuteló estrechamente la esplendente carrera de E. García Gómez, auspició en un momento decisivo la no menos destacada de su coterráneo Pedro Laín Entralgo y lideró con toda autoridad intelectual, una vez muerto el valenciano Julián Ribera, el arabismo universitario de entreguerras.

Miembro de las Reales Academias de la Lengua, Historia y Ciencias Morales, sus creencias religiosas nunca coartaron su libertad de espíritu y fidelidad a la ciencia, según lo demostrara resonantemente, entre otras publicaciones de eco internacional, la obra de irradiación universal La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919). El continuo y fructífero préstamo entre el pensamiento musulmán y el cristiano constituyó uno de los ejes de su ahincada labor, rezumante de creatividad y originalidad, al tiempo que, en el terreno estético y literario, cincelada estilísticamente.

En las apologéticas confesionales hoy al uso en nuestro país, resaltando la aportación del acervo católico a la tradición cultural española, ningún lector podrá encontrar la menor alusión a la descollante personalidad de Asín Palacios. Igual silencio reina en la valoración del Alma Mater de los primeros decenios de la centuria pasada, cuando una obra como la del sacerdote zaragozano desequilibra a favor cualquier balance apresurado o sectario de la institución. Los entes colectivos –por ejemplo, una nación- sin vocación de suicidio gozan y se enriquecen con el ejercicio de la suma.
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