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reseña

Maurice Druon: Las grandes familias

sábado 04 de septiembre de 2010, 01:16h
Maurice Druon: Las grandes familias. Traducción de Amparo Albajar. Libros del Asteroide. Barcelona, 2009. 408 páginas. 18,95 €
Dónde: Francia –París, más concretamente–. Cuándo: primeras décadas del siglo XX –con mayor precisión, el periodo de entreguerras–. Quién: no se responde en singular, puesto que en Las grandes familias todos los personajes son al tiempo protagonistas principales.

Maurice Druon –fallecido el pasado 2009 a la edad de 91 años– cuenta en su haber con una brillante carrera política, además de ser un novelista, ensayista e historiador de éxito que, entre otros premios, en 1948 recibió el Goncourt por esta obra que sería la primera parte de una trilogía completada por La caída de los cuerpos y Cita en el infierno. En la primera de las novelas, la que da nombre a la trilogía, se dan cita cuatro generaciones de una misma familia, los Schoudler, que se verá unida a los designios que el destino marca para otra de las familias importantes en la Francia del momento, los La Monnerie; y todo ello, debido a un enlace matrimonial basado realmente en el amor, sentimiento éste que en general brilla por su ausencia en la mayoría de relaciones personales descritas en el libro, dando paso a otros tan negativos como el odio, la envidia, la rivalidad o la venganza.

Son los iniciadores del emporio familiar Schoudler quienes llevan las riendas de la acción en este primer relato, aunque la magistral narración de Druon hace que las historias de todos los protagonistas se vean entrelazadas por dos líneas paralelas: la coexistencia y cohabitación de unos y otros, y la sucesión cronológico-generacional. Así, en las siguientes novelas que completan la trilogía, los miembros más jóvenes de las sagas familiares irán cobrando fuerza en el relato, como si siguieran una especie de turno vital para mandar. Y es que éste es un factor fundamental que acompaña a todos y cada uno de los personajes dentro de la obra: el inexorable paso del tiempo y los estragos que hace sobre el cuerpo y la mente, descritos siempre de un modo inclemente e incisivo.

La política, los negocios, el clero, o la influencia que los medios de comunicación ejercen en toda aquella realidad, son los ingredientes que acompañan esta descripción crítica de la sociedad francesa de entreguerras, reflejando la evolución de los valores que regían en el XIX para dejar ver, en esta primera parte, la degradación de una clase social marcada por la ambición, la codicia y la decadencia más destructivas. Como si por efecto de vasos comunicantes fuera, este descenso sucede en paralelo al ascenso de una nueva clase, encarnada por Simon Lauchaume…

Lo aseguro. Después de leer la primera parte, nace la impaciencia por tener entre las manos las dos siguientes novelas cuanto antes.

Por Ana Collado Jiménez
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