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Memorias y política actual

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 06 de septiembre de 2010, 22:09h
Alcanzan noticias al cronista de que en la pasada primavera un antiguo y muy conocido ministro de la etapa ucedista pone a punto un libro de recuerdos de su dilatada experiencia política. Una vez a disposición del público sus memorias, serán ya muy pocos sus colegas de gobierno que no hayan editado sus acotaciones al discurrir de la grávida etapa de la Transición.

Por desgracia, la reconstrucción de aquella abrillantada y emotiva época de la España más reciente presentará siempre, sin embargo, un hueco imposible de rellenar. Éste es el dejado por la inconclusa tarea memoriográfica abandonada ab initio por la ática pluma de Antonio Fontán. Según la información del articulista, la Parca interrumpió su redacción cuando se engolfaba por enésima, pero ésta sí definitiva vez en la excitante aventura de repristinar lo que escuchara, viera y crease durante tan animoso periodo. Como algún otro íntimo del primer presidente del Senado democrático, posee el autor de estas líneas, por su graciosa donación personal, la primera parte de dichos recuerdos, los englobados desde su niñez hasta el estallido de la guerra civil. Es muy probable que antes del término de su laboriosa y fecunda existencia avanzara en esa redacción memorialística, pero de ello no posee el cronista constancia fidedigna.

Mas fuera del caso del ilustre humanista antecitado y alguno que otro más, es lo cierto que casi toda la extensa nómina de los integrantes del poder ejecutivo de los inicios de la restauración de la democracia en nuestro país semejó sentir, conforme se apuntaba ha un instante, la comezón de dejar a la posteridad el testimonio de su quehacer en andadura tan crucial del destino de la España contemporánea. Bien distinta cosa es, por supuesto, la calidad historiográfica de sus aportaciones, de la que en trabajos especializados ha procurado, en compañía de algunos colegas -¡oh, manes del nunca bien llorado Javier Tusell…!-, dar cuenta y razón el emborronador de las presentes líneas.

Desdichadamente, la trayectoria descrita sufrió ostensible inflexión en la etapa siguiente de nuestra vida política. Sólo una porción insignificante del cuantioso elenco ministerial del quindecenio felipista ha dado hasta la fecha a la estampa sus evocaciones y memorias de uno de los segmentos más decisivos y, en conjunto, positivos del itinerario contemporáneo español. Dirigentes en la cúpula tan destacados como Joaquín Almunia, Cristina Alberdi, Jordi Solé Tura, Jorge Semprún y, sobre todo, Alfonso Guerra burilaron su protagonismo cara a las generaciones futuras y al juicio de la historia. Pero ni Francisco Fernández Ordóñez o Ernest Lluch, entre los ya desaparecidos, ni Miguel Boyer, Carlos Solchaga, Narcís Serra o Javier Solana –sin mencionar, claro está, al rey de Roma, esto es, Felipe González…- han puesto manos a la labor memoriográfica, al menos hasta la hora en que se escribe este artículo.

De otro y muy significativo lado, dijérase que, en un mundo absorbente y prepotentemente androcéntrico, sólo de rondón se colará una pluma femenina: la de la sevillana acabada de mencionar Cristina Alberdi. Resulta, en efecto, en extremo curioso que en una coyuntura caracterizada singularmente por el acceso de la mujer española –y, en verdad, de toda la occidental- a los puestos de la máxima responsabilidad gobernante, su presencia en la literatura de la índole aquí referenciada se muestre tan escasa. Por el momento, una rareza o un enigma más de un tiempo no carente aún de arcanos y misterios por desvelar, pese a su “transparencia” historiográfica…
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