Sindicalismo retrógrado
martes 07 de septiembre de 2010, 02:12h
El curso político ha comenzado con dos asuntos que, hasta cierto punto, estaban anunciados. Por un lado la tregua de ETA, de la que la prensa había adelantado con acierto incluso las fechas probables del comunicado, y por otro la huelga general que se convocó para el próximo 29 de septiembre. Una opinión pública que está volviendo a engancharse al marchamo de la corriente de la actualidad, apenas se acuerda de que los sindicatos llamaron a los trabajadores a abstenerse de trabajar como medida de protesta contra el Gobierno.
Las centrales han tenido la oportunidad de recordar que el motivo es el giro en la política económica del Gobierno en su anual reunión en Rodiezmo. A ésta acudía puntualmente el secretario general del PSOE y, desde hace seis años y medio, presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. La última vez que fue dijo aquello de que no iba a recortar los derechos de los trabajadores pese a que ya se preveía que el gobierno se vería forzado a atajar el problema del déficit público. El 12 de mayo, ante la presión internacional y la de los mercados, Zapatero se encontró sin más opción que hacer unos recortes, que son los que han motivado la huelga general, junto con la tímida reforma laboral que ha introducido, de nuevo obligado y contra sus auténticos deseos.
El Presidente Rodríguez Zapatero, en esta tesitura, se encuentra con la huelga general que quería evitar a toda costa, y por dos reformas insuficientes, que no le valen para resolver la disyuntiva entre mantener su discurso, ya quebrado, o ceder ante los imponderables de la realidad. Pero más allá de los atolladeros del Gobierno, en los que se ha metido solo en gran medida, la celebración de Rodiezmo suscita una reflexión sobre los sindicatos en España, sobre su papel en nuestro país y en un contexto más amplio.
La función legítima del sindicalismo es la organización para una mejor defensa de los intereses del trabajador. Este no queda ya aislado frente al empresario, sino que pone en común sus intereses con los de otros trabajadores, de modo que pueda articular mejor su defensa. Pero la normal simpatía que despierta la figura del trabajador, más el fácil uso político que se puede hacer de él, ha llevado a los poderes de todo signo a colmar a los sindicatos de privilegios. Han ido ganando parcelas de poder hasta constituirse, como en la España de hoy, más en agentes políticos que en asociaciones privadas al servicio de sus asociados. Como consecuencia de ello, los sindicatos están colmados de fondos públicos, pero han perdido el interés de los trabajadores, que les han abandonado prácticamente por completo. Así, se produce la paradoja de que cuanto mayor ha sido su papel político, menor es su representatividad real, ya que el porcentaje de afiliación ha ido cayendo sin remisión.
Paralelo a esta politización del sindicalismo, que ha convertido a dos organizaciones sindicales en un nuevo sindicato vertical bífido, hay un elemento que les resta atractivo, y es el hecho de que se hayan aferrado a la ideología marxista, aunque sea en sus formulaciones más someras y tibias. No es que el marxismo se haya compadecido nunca con la realidad, pero ahora está más lejos de ello que nunca. Ha sido desmentido por las mejores ideas y por la historia. Y es incapaz de comprender las realidades más inmediatas, como que el rival de un trabajador no es su empresario, que es quien le da la oportunidad de hacer productivo su trabajo, sino los trabajadores y empresarios de las compañías competidoras. Así, el sindicalismo ha caído en la irrelevancia social, y sólo lo mantiene un protagonismo político que, en puridad, no le pertenece. Lo que se presenta como vanguardia es regresión, y lo que se plantea como progreso es la vuelta a las fórmulas más gastadas, rancias y caducas. Hora es ya de replantearse si no debiéramos renunciar al sindicalismo subvencionado y darle la oportunidad a los trabajadores de organizarse con nuevas y más modernas bases.