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Pobre debate político

jueves 09 de septiembre de 2010, 00:25h
Los diputados han vuelto al hemiciclo después de unas largas vacaciones. El verano, que no ha sido pródigo en grandes noticias (lo cual habitualmente es bueno, como hemos podido comprobar en el segundo aniversario del accidente de Spanair), ha sido como la calma en el ojo del huracán, donde todo sigue en su sitio y ofrece una falsa sensación de normalidad y seguridad. Ahora comienza el ejercicio político más difícil para José Luis Rodríguez Zapatero.

Recordemos, como primera aproximación, que antes de terminar el año tenemos una huelga general (en la que no creen, eso sí, ni los propios convocantes), la primera comisión bilateral entre Estado y Cataluña en aplicación de un Estatuto que ha quedado en entredicho, las elecciones catalanas, que se celebrarán el 28 de noviembre, y la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, condición sine qua non para que el Gobierno no se vea forzado a convocar elecciones generales. Todo ello aderezado con el aumento del paro de agosto a abril, como corresponde a la evolución estacional y a este momento del ciclo.

Pero esto es sólo el comienzo, porque en mayo del año que viene, que una vez más será el año del paro, se celebran elecciones municipales en toda España, y regionales en la mayor parte de ella. Por un lado, el partido de Rodríguez Zapatero asiste, sin garantías de que pueda revertirlo, ante el aumento de la intención de voto hacia el Partido Popular, que podría llevarle al poder, incluso en feudos socialistas como Castilla-La Mancha. Por otro lado, el gran asunto de aquéllas elecciones será la respuesta a la incógnita sobre si el Gobierno, una vez más, permitirá a Batasuna presentarse en los comicios municipales y mantener su poder local o no. Todo ello en el contexto -no hará falta recordarlo- de una de negociación entre ETA y el Gobierno que algunos sospechan, en virtud de un juicio de intenciones basado en el interés común, pero que nadie ha podido probar.

Zapatero tendrá que lidiar todo ello, con compromisos muy difíciles, como el de ganarse el apoyo del PNV para los Presupuestos, después de haberle expulsado del poder, o intentar recuperar el favor de la izquierda con una crisis fiscal que no ha concluido ni mucho menos, y que le obligará a nuevos recortes. ¿Será capaz de maniobrar y evitar el adelanto de las elecciones? Esa es la gran incógnita para el año que viene.

Todas estas consideraciones, que despertarían el interés de cualquiera que se sienta concernido por los asuntos públicos, palidecen ante la constatación de que gobierno y oposición han vuelto con el choque de naderías y vacíos con que ya se despidieron el pasado ejercicio. El Gobierno le achaca a la oposición que no renuncie a su papel fiscalizador y, en consecuencia, no le apoye incondicionalmente. El PP achaca al Gobierno que cambie transferencias por votos, algo que ya hizo en su primera experiencia en el poder y que tendrá que volver a hacer si gana las elecciones. Todo suena cansino, gastado; son discursos adocenados y prescindibles. Mientras, los graves problemas de España siguen sin visos de que al menos uno de los dos partidos les mire de frente. Ante ese panorama desolador, choca que tengamos una clase intelectual que no cubra someramente esos vacíos. Las crisis son tierra fértil para el debate intelectual. Mas estamos aún a la espera de que quienes debieran ser sus protagonistas le den a España la oportunidad de atajar sus mayores males.
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