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Ideología y pragmatismo

Rafael Núñez Florencio
viernes 10 de septiembre de 2010, 16:05h
Para los que hemos tenido el privilegio de pasar varias semanas fuera de nuestro medio habitual, la incorporación al entorno cotidiano y, sobre todo, la contemplación de los asuntos públicos nos puede acarrear una pesada sensación de vueltas de noria, de repetición de los pasos consabidos. No es sólo ese tópico del déjà vu, sino (por lo que luego diré) algo al mismo tiempo más trágico -como el “eterno retorno de lo mismo”-, más absurdo -como las tareas de Sísifo- o, hasta en algunos ribetes, más pelmazo, como esas logorreas oficialistas de las que uno puede desconectar y volver después de diez minutos, con la seguridad de que no sólo no se ha perdido nada sino que puede retomar sin apuros el (supuesto) hilo conductor.

Me apresuro a reconocer explícitamente que no todos los problemas tienen fácil solución, que hay cuestiones estructurales que gravitan durante generaciones y que, en verdad, los asuntos que a la postre importan, los incuestionablemente trascendentales, son por ello mismo reacios al tratamiento apresurado y al enfoque simplificador. Bien, todo eso es cierto, pero ese reconocimiento no puede usarse de modo universal o indiscriminado para todo tipo de situaciones. Dicho de otra manera, no podemos aceptar que se utilice como coartada o comodín para disimular la ineptitud, encubrir la ineficiencia o, simplemente, ganar tiempo por motivos espurios.

Y esto último, y en todos sus matices, es lo que está ocurriendo en la presente coyuntura que vivimos. Me refiero, claro está, a España. Pero para los que están prestos a coger el cilicio nacional, debe admitirse, en aras de la ecuanimidad, que estamos hablando de un fenómeno mundial. Vivimos en un mundo cada vez más complicado, en el que hay que tomar decisiones cada vez más complejas. Estamos -todos- desbordados por la información y, muy a menudo, sobrepasados por los acontecimientos. Apenas nos da tiempo a asimilar los cambios de todo tipo cuando ya hay nuevos artefactos, otros escenarios, distintas situaciones. Lo estamos viendo a diario con los llamados líderes mundiales, sin distinción de colores -de Obama a Sarkozy- dando bandazos, zarandeados por una crisis que les supera, improvisando, rectificando, pegando palos de ciego...

Pero ya se sabe lo que es el mal de muchos... A nosotros, los españoles, nos pasa además que tenemos, además de los problemas comunes derivados de la marejada económica, nuestro particular hatillo de asuntos no resueltos, nada baladíes, llámense configuración territorial, secesionismo, terrorismo, graves deficiencias del sistema representativo, colapso judicial, crisis del modelo productivo, porcentaje de población desempleada, fracaso escolar, ausencia de innovación tecnológica, falta de productividad, etc. No se trata de ser catastrofistas pero, se mire por donde se mire, cualquier observador medianamente imparcial no puede por menos que reconocer que estamos en un trance por lo menos delicado, por no emplear otros términos más contundentes.

Así las cosas, volvamos al principio: ¿y qué es lo que nos ofrecen nuestros líderes, la clase política, nuestros representantes, los altos cargos, la supuesta elite del país, ante un horizonte tan arriscado? Pues habría que reiterar que, se mirara como se mirase y aun tratando de ser benévolos y no cargar las tintas, el panorama dista mucho de ser alentador. Tenemos unos representantes que, en el mejor de los casos, presos de un solipsismo escandaloso, no pueden, no quieren o no saben salir de su propio mundo. Eso, repito, en el mejor de los casos, es decir, cuando no nos dan el espectáculo de enzarzarse en un navajeo barriobajero entre ellos mismos o se destapan múltiples irregularidades, desde el nepotismo al despilfarro, desde la prevaricación al chanchullo más grotesco. ¡Ah, eso sí..., todo convenientemente envuelto en el discreto encanto de la ideología! Hasta tal punto que mucha gente ha internalizado el mensaje: cuando roban los “nuestros” es distinto...

No estigmatizo la ideología si por tal se entiende un conjunto estructurado de ideas, algo imprescindible para llevar a cabo cualquier proyecto político. Pero ahora me refiero a la ideología en la genuina acepción marxista, es decir, como velo o encubrimiento de la realidad, como intento de distorsionar la captación de ésta en beneficio de una minoría (en Marx, la “clase dominante”). Paradójicamente es ahora la izquierda en el poder en nuestro país la que más hábilmente difunde su particular visión de las cosas e impregna el conjunto social, a veces en buena lid y otras en forma de manipulación escandalosa (ahí está, sin ir más lejos, la tergiversación del pasado reciente en forma de “memoria histórica”). Aunque esta izquierda haya renunciado formalmente a Marx (aunque no a todo Marx, ni mucho menos), sigue conservando sorprendentemente una parte sustancial del trasfondo del materialismo histórico, que lleva a muchos a seguir pensando en términos de “luchas de clases” y a unos pocos a reconocer en un exabrupto no por rudimentario menos sincero que un obrero que vota a la derecha no puede por menos que ser “tonto de los cojones”.

No se entienda empero que quiero hacer una crítica específica a la izquierda como si fuera el único sector que usa y abusa de esos instrumentos doctrinales. Es verdad que en ese cometido actúa con más habilidad y menos prejuicios paralizantes que la derecha, pero creo sinceramente que es simplemente porque ésta (me refiero a nuestro país y al ámbito estatal) sigue presa de contradicciones históricas y lastrada por un complejo de inferioridad que le lleva ante todo a hacerse perdonar por ser quien es. Por otro lado, los partidos nacionalistas periféricos han demostrado sobradamente que pueden alcanzar y aún desbordar a la izquierda en esos menesteres, sirviéndose de la bandera con absoluto desparpajo para cubrir sus negocios particulares. Por tanto, lo que quiero señalar es que, con independencia de los agentes concretos, en la política española sobra ideología y falta pragmatismo.

A riesgo de caer en lo obvio, debemos recordar los principios más elementales y hacer pedagogía, como solicitaba Ortega. Un líder en una sociedad democrática no es el “salvador providencial”, ni siquiera el “hombre imprescindible”. Bastante experiencia reciente tenemos del mesianismo político, ya sea en forma de guía (Führer) o de “padrecito” (Stalin). Pero ello no justifica caer en el extremo opuesto, una normalidad mal entendida que lleva a elegir a alguien por su apariencia simpática, fotogénica o, por decirlo con el argot del momento, su “impacto mediático”. Un líder es -o debe ser- aquella persona que es capaz de detectar la raíz de los problemas y proponer soluciones. Ni más ni menos. La vida en comunidad -polis- genera retos y enfrentamientos. La misión del político es la de un gestor, en este caso de los asuntos que afectan a todos. ¿Cómo es posible que arrumbemos principios tan básicos?

Mencionaré tan sólo dos asuntos capitales para ilustrar lo que trato de decir, el paro y el terrorismo. Empezando por este último, sorprende el empecinamiento de tantos en seguir caminos trillados -llámense “negociación”, “pacto” u otro eufemismo- que no sólo no han dado resultados sino que han provocado frustración, fortalecimiento del terror y a la postre más muertes. ¿Cuántas veces se necesita en este país tropezar con la misma piedra en el mismo sitio y de la misma forma? Con respecto al desempleo, cualquier observador foráneo se quedaría sorprendido con la displicente actitud de los llamados agentes económicos, sociales y políticos. Con la mayor tasa de paro del mundo desarrollado, ¿qué es lo que se precisa para que nuestros supuestos representantes se pongan -“como sea”- a la tarea de solucionar o cuanto menos paliar una situación tan escandalosa? Pero quizás lo más escandaloso es que todos nos hemos acostumbrado a ello. Las palabras aquí hacen la función de cortina de humo: meras consignas, discursos vacíos, debates repetitivos. Ideología, en suma, siempre en su acepción más peyorativa. ¡Tanto ruido... y qué pocas nueces!

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