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11-S 2010

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 11 de septiembre de 2010, 19:17h
Ayer se conmemoró el noveno aniversario de los atentados del 11-S en los Estados Unidos. Entre la polémica por la construcción de una mezquita en la Zona Cero y la salvaje ocurrencia de quemar ejemplares del Corán, hemos pasado las últimas semanas recordando este episodio de nuestra memoria. Quienes amamos la ciudad de Nueva York recordamos este día con un escalofrío por las siluetas ausentes; quienes amamos la libertad, la democracia, los derechos humanos que Occidente representa sólo podemos contemplar el horror y recordar.

El recuerdo.

El segundo verbo que más se repite en la Escritura es zajor, ¨recuerda¨. Es la palabra que anticipa la amonestación del Todopoderoso, el reproche provocado por el olvido y el desprecio. El 11 de Septiembre nos impone la carga del recuerdo y la responsabilidad del compromiso. Occidente –y con él todos los seres humanos que anhelan la libertad, la democracia y la paz- sufrió la agresión de quienes –con el pretexto de la religión- sólo desean imponer la tiranía y la opresión. En aquellas torres, en aquellas oficinas del Pentágono y en aquel vuelo de héroes que murieron para que nadie más muriese, Occidente sufrió de nuevo el ataque de los enemigos de todo lo que el mundo libre representa.

El mundo libre, Occidente, la luz y la razón…

Nuestra civilización cuenta en su haber con innumerables atrocidades. Desde la trata de esclavos al reparto del mundo entre las potencias coloniales, Occidente se ha traicionado a sí mismo muchas veces. La sombra de Auschwitz –ese referente sin el que toda reflexión queda incompleta- se cierne sobre nosotros, los europeos. Sin embargo, esta misma civilización ha propuesto un modelo de persona –el ciudadano libre- que sigue inquietando a los tiranos y a los teócratas. Contra el avance del islamismo y el terror, Occidente sigue apostando por la libertad, la razón, la discusión y la democracia como forma de vida. El Estado debe tener límites y existen derechos que el poder no establece sino que sólo reconoce porque son anteriores y superiores al Estado mismo. La fuerza de las sociedades libres radica en las diferencias que pueden albergar en su seno sin descomponerse. La diversidad queda así acogida en los límites del Derecho, la democracia y el debate.

Cuando el Estado queda en poder de los tiranos, todo límite cede ante el terror que la propia tiranía impone. Así, en el rostro de los Estados Unidos, Occidente entero recibió una herida que aún sangra. Ningún régimen totalitario se dio por vencido. Hubo que derrotarlos. Cuando los soviéticos estaban a trescientos metros del búnker de Berlín, los nazis seguían ahorcando a los desertores y creían que el Führer contaba con un arma secreta que daría un giro a la guerra. A los tiranos les importa bien poco derramar sangre. En las Torres murieron cristianos, judíos y musulmanes. No creo que exista un Dios que desee ni consienta un crimen.

Desde entonces hasta hoy, a los tiranos no parece irles demasiado mal.

Tomemos un ejemplo. El próximo día 23 de septiembre, Mahmoud Ahmadineyad, el Presidente de la República Islámica de Irán, va a dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas. El régimen de Teherán reprime a los opositores gracias a la tortura, la delación, la desaparición y la muerte. Los homosexuales sufren la horca mientras las mujeres acusadas de adulterio son lapidadas o azotadas hasta morir; imaginen cómo queda una persona que ha recibido 99 latigazos. Con el pretexto del desarrollo de Irán, los ayatollahs trabajan en un programa nuclear con fines militares que servirá para amenazar y atacar a sus vecinos. Nadie está tranquilo estos días en el Golfo. Los sunníes saben de qué son capaces los radicales de Teherán. Mientras tanto, no hay semana que los musulmanes no sufran el terror infligido por algún terrorista islamista en algún lugar del mundo. Desde Chechenia a Buenos Aires, el planeta sufre la amenaza de este terrorismo que mata en nombre de un Dios cuyo nombre profana.

Hace nueve años, en el vuelo 93 de American Airlines, que se estrelló en Pennsylvania, los pasajeros lucharon contra los terroristas, que no pudieron estrellar el avión contra ningún objetivo. Dieron sus vidas para que nadie más muriese. Tipos así –estadounidenses, rusos, yugoslavos, franceses, británicos y hasta españoles- eran los que murieron para que el Reich no triunfase. Esta gente es la que rescata la condición humana.

Por eso, este 11 de septiembre de 2010 una pregunta resuena en Occidente: ¿fueron todos estos sacrificios en vano?

De nosotros y de nuestro compromiso depende la respuesta.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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