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La Noche en blanco en la imprenta cervantina

Concha D’Olhaberriague
martes 14 de septiembre de 2010, 21:25h
El alcalaíno Francisco de Robles fue el editor del Quijote en tanto que Juan de la Cuesta, en realidad regente del taller de prensa de su suegra, fue el afamado impresor de la obra. En su honor, se fundó en Estados Unidos, el año de1978, una cuidadosa y eficaz editorial universitaria de monografías hispánicas que viene a tirar un par de ejemplares al mes.

Hace ya más de medio siglo, en la casa de la madrileña calle de Atocha donde estuvo el taller de tipografía, se instaló la Sociedad Cervantina. A su cabeza está actualmente Luis María Anson, presidente, asimismo, de este diario.

El edificio linda con la iglesia del Cristo de la Fe cuya hermandad de anderos lo saca en procesión por el barrio en Semana Santa.
Con motivo de la celebración de la Noche en blanco, se incorporó, por vez primera, la Sociedad, y en su sede se montó un original espectáculo llamado El imaginario de Cervantes a cargo de la joven compañía titular del Teatro de Cámara auspiciado por la propia institución y dirigido con destreza y talento por Sonia Sebastián.

No se trata de un escenario al uso y el montaje consiguió sacar el máximo partido de cada ubicación.
El edificio dispone de un patio de vecindad amplio y limpio, enjalbegado en el frente y el lateral izquierdo y limitado a la derecha por el viejo muro de ladrillo de la iglesia vecina donde hay unas gradas de bombero que conducen a una ventana amplia. A la entrada, tiene unos escalones de madera vetusta, y en los muros, se colocaron unos listones que acotaban el blanco del fondo y emulaban las viejas vigas de la arquitectura popular.

En este trasunto de corrala del Siglo de Oro, con almiares para sentarse o dividir el espacio y tierra en el suelo, se desarrollaron diversas escenas o cuadros; al mismo tiempo, transcurrían otros epidodios en el piso bajo y en dos estancias del primero.

El público podía elegir qué quería ver y moverse con libertad.

Así, disfruté de la vivaz conversación de los cómicos en la plaza, un fragmento del Curioso impertinente, los cotilleos de las vecinas acerca de la familia de Cervantes, los descaros de la sevillana Cariharta, sus malandanzas con Repolido y la tercería de Monipodio, capitán de rufianes y prostitutas, o la hilarante escena de la dama ardiente de deseo por Tomás Rodaja, el licenciado Vidriera, y el fracaso del hechizo amatorio que le suministra en un membrillo para doblegar su voluntad por consejo de una morisca.

El propósito sugerido por el título de Imaginario de Cervantes y la finalidad de evocar personajes, tramas e ideas del autor se cumplieron con creces. Hasta la confección del sencillo programa, con un fino retrato cubista del escritor, muestra la atención al detalle y el buen hacer de los responsables.

La calidad de los actores es más que aceptable y su precisa dicción permitía al público pasárselo de maravilla y saborear la frescura y la chispa de la lengua cervantina.
Debo destacar, no obstante, a Celia Freijeiro. Su maestría, gracia y soltura en el papel de Leonor, la dama Encendida de Vidriera, provocó la risa incontenible de niños, jóvenes y mayores, que de todo había.

En fin, pese a las críticas de algunos, a mí me gusta la Noche en blanco.
Prefiero ver a las multitudes haciendo cola en la Biblioteca Nacional o paseando por el Botánico y la Gran Vía que a las masas invadiendo como bárbaros las fuentes del Prado con motivo de las victorias futboleras.
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