Tribuna
[i]De Berlín a New York[/i]
jueves 16 de septiembre de 2010, 08:57h
Alejandro Muñoz-Alonso diserta sobre los enemigos de Occidente cuando se cumple el noveno aniversario de los atentados del 11 de septiembre.
Cuando cayó el Muro de Berlín en noviembre de 1989, fue unánime la opinión de que había terminado una larga etapa histórica —la de la Guerra Fría iniciada apenas terminada la II Guerra Mundial- y de que se iniciaba otra, cargada de promesas y esperanzas. Hasta se cantó el fin de la Historia, con el triunfo, definitivo, de la democracia liberal y de la economía de mercado sobre el “socialismo real”, el marxismo y sus derivados. Cuando dos años después se produjo la Guerra del Golfo, la primera contra Sadam Husein, parecía confirmarse que vivíamos una nueva era en la que la concertación de las grandes potencias y la libertad generalizada impediría que “los malos” prevaleciesen. Hasta Bush padre se atrevió a hablar de “nuevo orden internacional”, aunque significativamente, dejó muy pronto de utilizar esa expresión porque por ninguna parte se veía ese nuevo orden, ni el menor atisbo del mismo. El mundo seguía siendo un lugar tan complicado y peligroso como siempre y algunos no vacilaron en parafrasear a Bush hablando del nuevo desorden mundial e incluso de caos. La imperante globalización (o mundialización, como prefieren decir los franceses) hacía más creíble ese enfoque. Los bienes iban a extenderse por todo el mundo…pero también los males. Si a principios del siglo XIX se hablaba del “concierto europeo”, ahora se podía hablar del “desconcierto mundial”. A pesar de todo, predominaba un cierto optimismo: El peligro de una guerra nuclear había desaparecido, la democracia, y con ella la prosperidad de los pueblos, se extendía por casi toda la superficie del planeta, al parecer imparablemente.
Pero todos aquellos análisis duraron poco porque todos se vinieron abajo —con las Torres Gemelas de Nueva York- el 11 de septiembre de 2001. Surgía un nuevo enemigo, el terrorismo islamista o el islamismo terrorista (cuál es el sustantivo y cuál el adjetivo no deja de ser un dato importante). El estremecimiento que produjo aquel Pearl Harbor en Manhattan removió al mundo entero, aunque a los europeos se les pasó muy pronto el temblor y pensaron que se podía volver cuanto antes y sin demasiados problemas al “business as usual”, como dicen los anglosajones. No quisieron enterarse de que ni los americanos eran ya los mismos que una década antes ni, desde luego, tampoco lo eran los pueblos de Asia y África, durante tanto tiempo sus más o menos dóciles colonias. Parece que pocos se habían leído hasta el final el artículo de Fukuyama en el que planteaba, entre interrogantes (algo que suele olvidarse) “¿el fin de la Historia?”, pues en sus párrafos finales advertía de dos peligros potenciales: el nacionalismo y el fanatismo religioso. Del primero, las guerras de la antigua Yugoslavia eran su más brutal y sangrienta, que no única, expresión. Del segundo daban salvaje testimonio los atentados del 11 S. “¡Ahora sí que empieza una nueva era!”, se apresuraron a clamar unánimemente los más agudos analistas, tras los atentados en Nueva York y Washington. Ante esta aceleración de los acontecimientos históricos no queda más remedio que preguntarse ¿cuántos inicios de nuevas eras nos aguardan en los próximos años? Otros muchos se preguntan, con un escepticismo creciente, si la guerra de Afganistán es la respuesta adecuada a esos nuevos retos y, sobre todo, si hay alguna garantía de que el problema que plantea esa nueva amenaza islamo-terrorista se pueda resolver, de una manera más o menos definitiva, en aquel país centroasiático. No hace mucho, nos ocupábamos de esa cuestión (“Estrategias para Afganistán”) en esta misma columna.
El noveno aniversario de aquel inolvidable y escalofriante 11 de septiembre, que acaba de conmemorarse, ha tenido una mayor resonancia que otros aniversarios anteriores, por una serie de circunstancias. Todas ellas juntas revelan la existencia de un intrincado contencioso, el de las relaciones de la hasta ahora llamada civilización occidental —que cada vez cree menos en sus principios, sus valores y sus raíces- y el extenso mundo islámico, que cada vez está más convencido de su misión universal como “religión de salvación”, aunque es mucho más que una religión.. Un contencioso que, al menos, tiene dos facetas: El geoestratégico de las relaciones de los países occidentales con los bullentes países musulmanes. Y, en segundo lugar, el político-constitucional de las relaciones de los países occidentales con las crecientes minorías musulmanas que habitan en su seno, decididas a mantener sus señas de identidad y negándose a integrarse en las sociedades en que residen. Por no hablar de la células yihadistas durmientes o semidespiertas que abundan en nuestros países. Una cuestión que no se plantea en sentido inverso, porque en los países musulmanes las minorías occidentales son escasas y, en todo caso, están obligadas a someterse sin rechistar a los usos y prácticas allí imperantes. La tolerancia y, más aún, la plena igualdad de derechos que ellos reclaman en Occidente, no se aplica a la inversa. Una situación que demuestra que Huntington, recientemente fallecido, no andaba descaminado cuando publicó primero su artículo y después su libro sobre “el choque de las civilizaciones”. Un libro, también, duramente criticado pero, me da la impresión, escasamente leído.
Los fanatismos son contagiosos y la iniciativa del pastor de Florida de quemar ejemplares (no “copias”) del Corán es un buen ejemplo de que integristas y fundamentalistas hay en todas partes, aunque parece que en distintas proporciones. Pero la mansedumbre buenista con que las autoridades neoyorkinas y una buena parte de la sociedad norteamericana aceptan la construcción de la gran mezquita al lado de la Zona Cero, es una muestra de la acomplejada deriva de los gobernantes occidentales. Parece que Putin ha contestado a la petición de Arabia Saudí de construir una mezquita en Moscú diciendo que, encantado, pero a condición de que se permita también construir una iglesia ortodoxa en Riad. No ha habido respuesta ni reiteración de la petición. Pero los gobernantes de este Occidente ex-cristiano ya no creen ni en sí mismos. Así les va a ellos y así nos va a todos.