La competición más importante del ciclismo español ha sufrido un descenso irrefrenable en relación su peso internacional en este deporte. El éxodo de estrellas, salvado ocasionalmente por la presencia de Alberto Contador, supone uno de los mayores hándicaps para la carrera nacional. Las duras condiciones de acceso a los equipos que la organización plantea y la fecha escogida para la disputa de la Vuelta, víspera de campeonato del mundo –que provoca la falta de implicación de un buen número de corredores-, están condicionando el espectáculo y la competitividad de la ronda española. Este año se juegan el título tres ciclistas que están lejos del estrellato. La desventaja con el Giro y el Tour se agranda cada vez más.
El largo camino recorrido por la cita ciclista más importante de nuestro país refleja la situación actual: una continua lucha por la supervivencia. Desde su primera edición, en
1935, la Vuelta a España ha dibujado un camino sinuoso siempre al borde de la desaparición por la falta de presupuesto y publicidad, un mal que todavía azota a equipos y carreras del ciclismo internacional. Muchos han sido los retoques en el planteamiento de la prueba española para alcanzar una mayor espectacularidad y convertirse en una motivación real para los deportistas más ilustres del pelotón mundial.
Uno de los puntos más polémicos está relacionado con la fecha fijada para la disputa de esta competición. Desde 1995, año en que se impuso el batallador francés
Laurent Jalabert, la carrera se disputa en el mes de septiembre. El calendario ciclista en ese intervalo de la temporada está lejos del pico de forma e importancia que puede disfrutarse en los meses de mayo, junio y julio. El mes actual es un gran hándicap para que el nivel del pelotón de la Vuelta se empobrezca cada año o se produzcan situaciones de dudosa catadura moral. Un ejemplo es el acontecido con
Andy Schleck como protagonista. El corredor luxemburgués, una de las futuras estrellas del Tour de Francia, se inscribió para diputar la ronda española pero decidió utilizarla como preparación para el Mundial ciclista que se celebra en próximas fechas. Esta situación –rocambolesca en caso de Schleck por haber sido expulsado de su equipo- se viene repitiendo con ciclistas como
Erick Zabel, Oscar Freire o Fabian Cancellara. Usan la Vuelta España como puesta a punto del Mundial. Compiten los primeros dñias y se van sin mirar atrás.

Otro aspecto conflictivo, acentuado en esta edición de la Vuela, es el relacionado con las invitaciones a equipos ciclistas.
Unipublic, la empresa gestora de la carrera desde 1979, consiguió atraer a nuestro territorio a grandes ciclistas como
Lucho Herrera (vencedor en 1987),
Sean Kelly, Tomy Rominger, Alex Zülle o Jan Ullrich. Pero las últimas ediciones no ha conseguido reunir un buen ramillete de estrellas para el espectáculo del ciclismo en España. El problema se ha visto acentuado este año con las invitaciones: el
RadioShack de Lance Armsrong se quedó fuera de carrera por no incluir en su plantilla al ciclista tejano. Sin embargo, la reacción del equipo americano no tardó en publicarse.
Allain Gallopin, director deportivo de la disciplina explicó que "
un equipo con Kloden, Leipheimer, Brajkovic, Horner y Haimar Zubeldia creo que puede ser competitivo". Es decir, la absoluta necesidad de convocar a Armstrong ha dejado fuera de la Vuelta a cinco corredores que optarían in problemas al podio de la misma. En ese mismo caso se encuentra el equipo
BMC del campeón mundial
Cadel Evans.
El éxodo de estrellas en nuestra carrera por excelencia tan solo ha estado disimulado por la presencia en 2008 de Alberto Contador. El pinteño ha dado brillo a la Vuelta con su victoria y su forma espectacular de imponerse. En su ausencia, ciclistas contrastados como
Denis Menchov, Alexandre Vinokourov o Alejandro Valverde, muy lejos de ser superclases en las grandes vueltas, se han hecho un nombre en nuestra ronda.
Carlos Sastre, el eterno gladiador de la montaña, se resiste a dejar huérfana de estrellas a nuestra gran vuelta y exprime su cuerpo al extremo tras competir también en Francia. Este año se disputan el maillot rojo de ganador
“Purito” Rodríguez, Ezequiel Mosquera y Nibali, tres corredores que han demostrado en esta edición ser los mejores, pero que están muy lejos de representar la élite de este deporte.
Las variaciones en el recorrido de la carrera también representan un quebradero de cabeza para la organización del evento. Las etapas se han ido acortando progresivamente hasta casi eliminar las
jornadas de más de 200 kilómetros, que a la larga añaden dramatismo y espectacularidad a una carrera. Además se ha colocado la
etapa reina el penúltimo día de competición, anulando la abierta lucha por ganar en las dos semanas anteriores. Los ciclistas prefieren no perder segundos a distanciarse de sus rivales pensando en el penúltimo día de carrera. Por último, las
contrarreloj largas han sido olvidadas por la Vuelta a pesar de que en esta edición se ha incluido una prueba contra el crono. El resultado es acortar las diferencias entre los gallos de la competición a costa del espectáculo real: los desfallecimientos, los grandes ataques que general ampliar diferencias y convierten una victoria en un glorioso triunfo.
Los años en los que el maillot de líder era perseguido sin complejos y como objetivo completo -no como parte de una preparación-, por ciclistas de la talla de Roberto Heras, Joseba Beloki o Fernando Escartín han quedado atrás irremediablemente. El vacío de corredores que motiven al público se ha hecho flagrante en esta edición. El futuro de la carrera más importante de nuestro ciclismo no está en peligro como en tiempos de atentados y barricadas que cortaban el recorrido, pero se ha de reflexionar sobre cómo enfocar esta competición y cómo atraer a las estrellas de nuevo. Tour y Giro resultan inalcanzables en la actualidad pero el carácter cambiante de este deporte hace que nada sea definitivo.