Las mil islas, el jardín de Manitú
sábado 18 de septiembre de 2010, 16:42h
En un pasado lejano, Manitú creó un hermoso jardín como hogar de los indios algonquines. A cambio, les pidió poner fin a las peleas, a las guerras. Insistió en que olvidasen las viejas rencillas entre tribus. El acuerdo funcionó durante un tiempo. Después volvieron a la carga; poco a poco empezaron a sonar tambores de guerra en el jardín. Según la leyenda indígena, el Gran Espíritu, el Creador de todas las cosas, se enfadó ante la actitud de sus súbditos y decidió castigarlos por no haber mantenido el pacto arrebatándoles el preciado regalo. Sin perder tiempo, embaló el jardín en una manta e intentó llevarlo hasta los cielos. Pero el jardín pesaba tanto que la manta se rompió antes de alcanzar su objetivo. El jardín se quebró en cientos, miles, de pequeños fragmentos que quedaron esparcidos en el río San Lorenzo. Pedazos que se convirtieron en lo que hoy se conoce como Thousand Islands o las Mil islas, una región que sigue siendo una gran jardín de bosques y agua, uno de los lugares más hermosos, sorprendentes y fascinantes del planeta.
The thousand Islands es un caprichoso rosario de islas que se localizan a lo largo de 80 kilómetros en el curso alto del río San Lorenzo que nace en el lago Ontario y que con sus casi 2.000 kilómetros de longitud enlaza los Grandes lagos americanos con el océano Atlántico. Durante una parte importante del trayecto, el San Lorenzo marca la frontera entre Estados Unidos y Canadá por lo que las Mil Islas pertenecen administrativamente a ambos países, si bien la visita más recomendable es desde la orilla canadiense.
Canadá desborda belleza con una naturaleza en estado puro, esplendorosa, con maravillosos paisajes, bosques infinitos, agua por todas partes sustanciada en miles de lagos, en caudalosos ríos sin límites, en los que las orillas pierden su contorno, desaparecen en la lontananza. En marco tan excepcional sobresalen las Mil Islas, un paraíso en la tierra que adornan espléndidas residencias, fascinantes castillos, misteriosas leyendas de tesoros escondidos y hundidos barcos franceses llenos de oro. Un paraíso que discurre entre Kingston y Brockville, a dos horas de Montreal, a tres de Toronto y a una de la capital federal Otawa.
Aguas claras, limpias y frescas fluyen alrededor de la infinita variedad de islas que contiene el archipiélago y que incluye toda clase de tamaños posibles: rocas, peñascos, islitas e islas propiamente dichas. Su tamaño varía entre la isla Wolfe, la mayor con una extensión de 40 millas cuadradas, a las más pequeñas ocupadas por una sola casa o que incluso albergan sólo la bandera del país al que pertenece; incluso las hay más pequeñas, inhabitadas, meras rocas sobre las que se posan las aves migratorias. Se dice que las Mil Islas suman un número cercano a 1.800 si bien el concepto de isla viene determinado por una serie de criterios: debe estar por encima del nivel del agua todos los días del año, que en ella exista como mínimo un árbol o arbusto y que el suelo seco mida al menos un metro cuadrado.
La zona estuvo habitada secularmente por los indios. Fueron los franceses los primeros europeos que la descubrieron. Más tarde llegaron británicos e irlandeses. Todos se dedicaron al comercio y a la pesca. A finales del siglo XIX se convirtió en un privilegiado y concurrido lugar de vacaciones y desde entonces la mayoría de las islas son privadas. Prominentes familias de Nueva York, Chicago, Cleveland, Pittsbourgh o Toronto construyeron allí sus residencias de verano. Es un placer inenarrable perderse entre los canales que forman las islas con sus paisajes excepcionales en un ambiente de distinción y elegancia que marcan las hermosas casas de madera con sus porches y mecedoras al estilo de Nueva Inglaterra o las extravagancias de algunos insignes millonarios americanos de principio de siglo como Boldt o Singer, el primerio hotelero, creador y dueño del Waldorf Astoria, y el segundo heredero de los célebres máquinas de coser del mismo nombre, que invirtieron millones en sus apabullantes mansiones que impactan la vista.
Desde el encantador pueblo de Rockport, creado por inmigrantes escoceses e irlandeses, salen varios cruceros para visitar las islas. En una cálida mañana veraniega, en que todo parece tranquilo, desierto, el barco se adentra en Millonarie´s Row, el paseo de las grandes casas. Desde el agua se divisa la humilde y blanca iglesia de San Brendan que contrasta con las hermosas mansiones. El crucero pasa entre las islas. Todo es hermoso, un verdadero jardín rodeado de agua en la que como un espejo se reflejan las maravillosas casas, los bosques de arces y abetos que las rodean, las praderas de césped que llegan hasta el agua y los pequeños pantalanes donde se guardan los barcos que llevan a tierra firme.
En la isla Dark, Singer construyó su fantasiosa y fabulosa mansión, un castillo entre medieval y estilo Tudor llamado “las torres”. La isla más conocida y más famosa se llama Heart. Su fama le viene dada por el castillo que el millonario hotelero George C. Boldt levantó para su esposa Louise. En julio de 1893, la familia Boldt pasó un fin de semana en las islas. La belleza de la zona les sedujo y la convirtieron en su destino favorito. Boldt se apropió de la isla Heart y planificó la construcción de un castillo para Louise. Más de 2,5 millones de dólares se habían invertido en el castillo de 120 habitaciones, copia exacta de un castillo inglés, cuando en 1904 murió su esposa de forma trágica. Un cuento y una historia de amor triste porque Boltd quedó tan herido que nunca volvió a la isla. Los trescientos artesanos y trabajadores fueron despedidos y el castillo quedó inacabado. Hoy tras su rehabilitación y conservación está abierto al público como museo.
En las Mil Islas poco queda del espíritu de Manitú. Tampoco rastro de los indios. Ya no hay intercambio de pieles ni suenan los tambores de guerra. Los turistas, los grandes barcos de mercancías, las canoas, kayaks y veleros son sus sustitutos. Pese a todo, Las Mil Islas siguen siendo un jardín. Un hermoso, excepcional, sorprendente y maravilloso jardín.
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Periodista
Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO
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