reseña
Eva Illouz: La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda
sábado 18 de septiembre de 2010, 19:54h
Eva Illouz: La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda. Traducción de Santiago Llach. Katz. Madrid, 2010. 316 páginas. 19 €
Eva Illouz explica cómo, desde el pasado siglo, los psicólogos más eminentes se han dirigido intencionadamente al gran público, y con ello han hecho la doble función de profesionales y productores de cultura; hasta el punto de que para entender la cultura contemporánea es preciso cierto conocimiento terapéutico. Woody Allen sin Freud, dice, sería un inocentón patético.
La cultura terapéutica se ha institucionalizado, codificado en normas para la vida pública y la privada, y ha hecho que el cambio llevado a cabo por uno mismo sobre sí sea quizá el principal valor contemporáneo.
Respecto de los efectos operados por la psicología sobre la empresa, destaca Illouz el considerar síntoma de salud emocional actuar en interés propio; la creación de la categoría “relaciones humanas”, y en ellas instar a evitar enfrentamientos directos; a hacer una supervisión gentil, de manera que lo que se corrija muestre el interés por evitar errores y no por criticar o descalificar. Todo lo cual lleva a crear una atmósfera de confianza, que lleva a su vez a obtener mayor rendimiento de los trabajadores y mejores resultados la empresa.
La narrativa terapéutica toma los hechos como indicadores del propio desarrollo: así, el éxito social y la pareja estable se entienden síntomas de salud emocional, y su ausencia una falta de madurez. Con lo que la personalidad ha resultado la llave para el éxito; y la industria de los tests de personalidad genera más de 400 millones de dólares al año. Respecto del amor, el discurso terapéutico elimina la culpa ya que todo problema es interaccional. Afirma que los conflictos son inevitables pero a la vez superables; insiste en la importancia de comunicar de manera neutral y clara lo que gusta y no gusta, y así evitar la archienemiga de la intimidad, que es la ambigüedad. La psicología también ha contribuido a reafirmar la similitud de fondo, o igualdad, entre hombre y mujer, base de toda buena relación.
La cultura terapéutica entiende que cualquier aprieto del presente señala una herida del pasado; y que no es la experiencia lo que produce el trauma sino cómo se interpreta. La experiencia, pues, está mediada por la cultura. Por ello, relatar la propia historia, permite una mirada imparcial y dar un giro interpretativo de uno mismo, y con ello sanarse.
En diez escasas páginas de “conclusiones”, Illouz desconfía del valor curativo de la introspección, como también del de expresar el problema externamente; considera que el lenguaje terapéutico ha aplanado nuestra imaginación; que el atractivo fundamental de la inteligencia emocional es económico; y que la psicología ha resucitado vengativamente formas de teodicea, al legitimar la fortuna como síntoma de virtud y explicar la mala fortuna como resultado de una psiquis herida.
Sintiendo que la autora apenas lo explique, no se alcanza a ver problema alguno en procurar la eficacia del comportamiento, aunque ello conlleve, entre otras consecuencias, obtener mayor rendimiento económico. Ni tampoco que considerar la riqueza síntoma de salud la legitime, pues no es algo negativo que haya que legitimar, sino efectivamente un síntoma de que algo funciona bien. Con todo, este breve y un tanto sorprendente apartado de conclusiones final no desmerece el detallado panorama que con objetividad ofrece el libro.
Por Isabel Ferreiro