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16-M en Francia

Jordi Canal
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jcanalelimparciales/7/1/7/19
domingo 16 de marzo de 2008, 23:52h
Sostienen algunos analistas que resulta difícil interpretar los resultados de unas elecciones municipales en clave nacional. Las particularidades locales o personales pesan en buena lógica. Aunque todo ello sea cierto en parte, lo es también que aportan elementos para sacar algunas conclusiones sobre la evolución de la política general. Las elecciones municipales en Francia, celebradas este domingo 16 de marzo y el domingo pasado, lo confirman plenamente.

Hace unos meses, tras las elecciones presidenciales, en las que Nicolas Sarkozy se impuso con amplia ventaja, todo parecía indicar que en las municipales la derecha iba a ganar -arrasar, pensaban incluso muchos- con facilidad. No ha sido así, está claro. El mérito no debe ser atribuido a la izquierda, que sigue inmersa en sus propias batallas fratricidas (esta semana escribía Jacques Julliard, en su excelente columna habitual de Le Nouvel Observateur, que François Hollande debería erigir una estatua al elector socialista desconocido, que mantiene la fidelidad a su partido a pesar de unos dirigentes que no merece), ni al descolocado y descentrado MoDem centrista de François Bayrou, que ha sido derrotado, además, en su batalla personal por la alcaldía de Pau. Todo parece indicar que lo que ha influido en muchos votantes es el descontento hacia la gestión y las actuaciones del presidente de la República y, por extensión, de la mayoría gubernamental.

Los franceses que votaron a Sarkozy como vía para reactivar una Francia demasiado anquilosada, desconcertada y pasiva, reaccionan ahora con un voto de alerta (que puede ser, más adelante, de verdadero castigo) ante una deriva inquietante. El presidente de la República ha confundido la transparencia en su vida privada con la invasión de lo público por parte de los problemas privados; el hablar claro con la mala educación; y, asimismo, el hiperactivismo, que tanta popularidad le diera en el pasado en otras funciones públicas y en un marco dominado por la pasividad, con el intervencionismo en todas las parcelas y el ninguneo de sus más próximos colaboradores, sean estos ministros o presidente del gobierno. El descenso de la popularidad de Sarkozy en todas las encuestas debería preocupar, no solamente a los políticos de su partido, sino también al propio presidente de la República. Los franceses han aprovechado esta convocatoria electoral para recordárselo. Las encuestas de opinión han dejado paso al voto.

La segunda vuelta de las elecciones municipales francesas confirma las tendencias de la primera, celebrada el pasado domingo. Cuando escribo esta columna, hacia las diez de la noche del domingo 16, todo parece confirmar el triunfo del Partido Socialista y de uno de sus principales activos, Bertrand Delanoë, en París -en este caso, lo nuevo no es la victoria del alcalde en funciones de la capital, sino la debilidad mostrada por sus oponentes-, y se confirma la derrota de la derecha en Estrasburgo y Toulouse, aunque no en la preciada Marsella. Para la derecha francesa no es un fracaso absoluto (los resultados muy aceptables de algunos miembros del gobierno Fillon o, sobre todo, el amplio triunfo, ya desde la primera vuelta, de un revalorizado y sólido Alain Juppé en Burdeos, por ejemplo, merecen reflexión), pero sí un serio toque de alerta. Puede que más adelante lamenten el balón de oxígeno regalado a sus oponentes socialistas. Los impacientes y los descontentos, que Jean-François Copé -presidente del grupo UMP de la Asamblea nacional- evocaba a las 20:30 horas de la noche en TF1, han castigado a la derecha francesa.

Por encima de todas las consideraciones, estas elecciones del 16-M en Francia constituyen una llamada, a gritos, a la responsabilidad de los gobernantes. Los altos índices de abstención en la segunda vuelta deben ser interpretados, me parece, en esta misma línea argumental. Aunque las lecturas en clave local no puedan dejarse a un lado, como escribía al principio de esta columna, y no sea posible extrapolar directamente los resultados a la política nacional, Nicolas Sarkozy debería tomar buena nota del mensaje que muchos franceses le han mandado, no en el interior de una botella como en los cuentos, sino en el interior de una urna, como suele ocurrir, en los países democráticos, en la realidad.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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