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EN LA FRONTERA

[i]Manos Unidas: ahora, más que nunca[/i]

martes 21 de septiembre de 2010, 08:25h
Rafael Ortega festeja el Premio “Príncipe de Asturias de la Concordia” para Manos Unidas.
Todos deseábamos el Premio “Príncipe de Asturias de la Concordia” para Manos Unidas. Ahora, más que nunca, es cuando necesitábamos que esta organización española y de la Iglesia Católica fuera reconocida por “su apoyo generoso y entregado a la lucha contra la pobreza y a favor de la educación par el desarrollo en más de 60 países, así como para combatir el hambre y reducir la mortalidad materna en el mundo”. Y digo que todos los católicos de este país lo necesitábamos, porque ha sido una bocanada de oxígeno, dentro de esta guerra mediática y política contra los hombres y mujeres de Iglesia.

En 1960, una mujer, Pilar Bellosillo, reunió a un grupo de mujeres de la Acción Católica Española y creó una organización para luchar contra el hambre. Cinco años antes, la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas publicó un manifiesto en el que se “declaraba la guerra al hambre en el mundo”. Estas mujeres de la Acción Católica española iniciaron la campaña en todas la parroquias, colegios e instituciones católicas de nuestros país el segundo domingo de febrero, bajo el nombre “Campaña contra el hambre” y fue, en 1978, cuando tomó el nombre actual de Manos Unidas y en este medio siglo de existencia ha ejecutado miles de proyectos de cooperación en los sectores agrícolas, educativos, sanitarios, de promoción social y de la mujer.

Tuve la gran fortuna de haber viajado con Manos Unidas a conocer varios de sus grandes proyectos en Madagascar. Allí pude ver como los misioneros y misioneras luchan con medios muy escasos, para que los más necesitados puedan mejorar un poco su forma de vida. Como esa niña que tenía un grano de arroz en la boca, era sólo un grano, se lo sacaba y se lo metía. Lo chupaba una y otra vez. Era sólo un grano que formaba parte de los doscientos gramos diarios, que esa niña de tez oscura y ojos malayos comía en una escuela rural cerca de Ambovombe, al sur de Madagascar. Allí, los misioneros paules, gracias a Manos Unidas, mantienen a centenares de niños. Niños que corren descalzos, pero que sonríen. Niños que hablan con esos ojos preciosos, grandes ojos, en rostros que denotan hambre y mala salud. Pero ellos, a pesar de todo, ríen y te abrazan. Yo lloré con esos abrazos y en la misión, por la noche acostado en un sencillo lecho, pensé mucho en los niños del primer mundo, en nuestros hijos y nietos, que no saborean sólo un grano de arroz y que gracias a Dios tienen de todo. Un “todo” que nos cuesta compartir.

Por todo lo que aprendí de vosotros, gracias Manos Unidas, por haberme enseñado a saborear granos de arroz, por haberme dejado estrechar “manos amigas” y por saber, una vez más, que ahora más que nunca, os necesitamos.

Como decía Bertolt Brecht: “Hay personas que luchan un día y son buenas; hay personas que luchan un año y son mejores, pero hay personas que luchan toda la vida. Esas son imprescindibles”.

Enhorabuena, de corazón, Manos Unidas. Sois imprescindibles.