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La culpa o el mérito

Concha D’Olhaberriague
martes 21 de septiembre de 2010, 21:23h
Salíamos de ver la obra de Arthur Miller, Todos eran mis hijos, cuando me propuso una amiga que dedicara mi columna del miércoles a la culpa, y, la verdad sea dicha, le contesté que no tenía el tono para meterme con un tema de tanta hondura y despacharlo en unos párrafos. Luego, vi otro aspecto del problema más idóneo para este periódico. Es el siguiente.

Hace ya tiempo, vengo observando con un cierto pasmo cómo el protagonista de una empresa venturosa de cualquier índole precisa con gran naturalidad: “el culpable de mi éxito ha sido mi padre que siempre tuvo fe en mí y me apoyó”.

Ustedes habrán oído, asimismo, más de una vez cuando entrevistan a un triunfador – deportivo, faltaría más - con qué seguridad y desparpajo le preguntan quién tiene la culpa de su triunfo, a lo que el interpelado responderá sin parpadear asignando a alguien que le haya ayudado en el logro de sus objetivos.

Y el uso se ha expandido de tal manera en los medios de comunicación que no provoca comentarios ni objeciones, que se sepa. Pero yo, en cambio, aficionada a las entrevisiones que nos muestra la lengua y dada a preguntarme por el sentido de los cambalaches semánticos, máxime si exhiben unos tintes tan llamativos, no dejo de darle vueltas al asunto.

Lo cierto es que el trastrueque verbal tiene su enjundia y trascendencia y es, en tanto que fenómeno con implicaciones morales, digno de estudio minucioso.

Mas para ello hay que empezar por verificarlo pues poco más cabe exponer en un artículo de prensa.

La culpa era, antes del desmedro y la confusión mental patentes en la lengua, un concepto moral o jurídico que nombraba el sentimiento que se seguía, siempre, de un hecho reprobable, dañino o delictivo, un tipo de responsabilidad a posteriori con consecuencias perniciosas, las más de las veces, para un tercero.

No hacía falta ser un intelectual avezado para entenderlo, y así lo hacía el hombre medio de forma espontánea. Además, la culpa comportaba nada menos que remordimiento, palabra hermosa, vibrante y vivencial.

La conciencia personal alertaba del demérito causante de la culpa, ya fuera por negligencia u omisión ya por una acción indebida, y la norma social y sus vigilantes cuidaban de pedir cuentas al transgresor en nombre de la comunidad y remitirlo, si era el caso, a la instancia jurídica pertinente. Ésta ventilaba si se le declaraba responsable o se le absolvía, lo cual solía trasladarse al habla no especializada en los términos de culpable, si el reo era imputado, e inocente, si no lo era, con lo que se corroboraba el uso en mala parte del atributo de marras.
No había ámbito ni registro donde la culpabilidad no se tuviera por un baldón.

Ahora, al parecer, la cosa es bien distinta, y se ha operado un vuelco o inversión en el componente o nota valorativa del predicado, al menos entre personas muy influyentes por dirigirse a un público cuantioso a través de un micrófono y a la luz de una cámara. Así, tenemos, a la par, el significado tradicional con este contradictorio más reciente.

Por otro lado, nos siguen flagelando con las deudas morales y materiales contraídas por nuestros antepasados del Siglo de Oro y se pide un resarcimiento para los descendientes de los moriscos, siguiendo y ampliando en su extensión secular el principio de la moral arcaica según el cual las culpas son hereditarias.

Y es que, en fin, cuando un vocablo de esta laya se descoyunta algo más anda conturbado. No hay mejor pregonera que la lengua, aunque su mensaje, al igual que el de la sibila, requiere una sutil y esforzada hermenéutica.
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