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Los enjuagues de la F1: ¿es justo el despido de Martínez de la Rosa?

miércoles 22 de septiembre de 2010, 21:19h
Lo que al principio no era más que un rumor envenenado de esos que, como en cualquier patio de vecinos, y los Paddock lo son, recorría las esquinas y se murmuraba entre dientes, acabó siendo como el río que suena porque agua lleva. Pedro Martínez de la Rosa, el piloto español que por fin había conseguido colocarse como titular de un volante desde el principio del Mundial, volvía a quedarse dolorosamente en tierra. Un despido fulminante, sin muchas explicaciones aparte del consabido “se esperaba mucho más de su rendimiento”, dejaba a todos sus simpatizantes, que son muchos, y a sus propios compañeros con la boca semiabierta.

Y no digo abierta del todo, porque enseguida volvió a planear sobre él una especie de leyenda maldita, esa que como arma de doble filo, hace que, por una parte, uno sienta compasión por el destino de un hombre que ha demostrado pasión y buen hacer a la hora de competir, y por otra, en cambio, nos deja más o menos tranquilos, ya que si alguien tenía que salir apresuradamente del campeonato, quién iba a ser si no él. Suerte maldita.

A Peter Sauber, el dueño de la escudería que lleva su nombre, parecía que Pedro Martínez de la Rosa cada vez le caía menos simpático. Se quejaba desde hacía varias carreras de su bajo rendimiento, sin tener en cuenta que el monoplaza que conduce es una cafetera y que su compañero de equipo, el japonés Kobayashi, tampoco es que se pasara el día encaramándose a los podios o luchando contra los mejores. Es verdad que ha conseguido un puñado de puntos más que el español y que ha logrado pasar de la Q3 en más ocasiones que su compañero. Esto tampoco puede obviarse, pero lo que se cuenta en los boxes y alrededores es que lo que no se le ha podido perdonar a De la Rosa ha sido su incapacidad por conseguir poner encima de la mesa del capo suizo, siempre con su descomunal puro entre los labios, los dineros que habían prometido llegar desde España para apoyarle.

No money, no party. Excepto los pilotos fuera de serie con un nombre que atrae los euros de generosos patrocinadores, las escuderías menos boyantes de la Fórmula 1 buscan pilotos buenos, sí, pero también, la mayoría de las veces, que vengan con un par de patrocinadores de cartera abultada. No es la primera vez que pasa ni Sauber la única que lo hace, a pesar de que con el reciente despido del piloto español, haya vuelto a hablarse del millonario suizo que empezó como un humilde electricista que en sus ratos libres se encerraba en el sótano de sus padres para construir un monoplaza. Quienes le conocen aseguran que, salvo las contadas excepciones de su grupo más cercano, al resto de los trabajadores de la marca les trata con bastante despotismo, haciendo gala de ese alma de rudo campesino de las montañas suizas que la mayoría cree que nunca le abandonará, por mucho que se codee con otros poderosos empresarios del sofisticado mundo que pretende ser la Fórmula 1.

De modo que si de repente se presenta Nick Heidfeld, el joven piloto alemán que se había quedado sin volante esta temporada, con la pasta que pensaban recaudar a través del español y que nunca llegó, Sauber lo único que tenía que hacer era agarrarla y anunciar después tranquilamente el cambio de peones en la recta final de la temporada. Y si De la Rosa ha aportado durante estos meses su dilatada experiencia en Mc Laren para modificar el coche de Sauber de cara a la próxima carrera de Singapur, en la que se espera que gane en aerodinámica y estabilidad, pues que se fastidie. Precisamente en el mundo del motor, no iban a olvidar que el dinero es el verdadero motor del mundo.
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