www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

El lenguaje no-sexista

José María Herrera
sábado 25 de septiembre de 2010, 14:12h
¿Se acuerdan? Era la primera legislatura de Zapatero. Antes de la crisis. Miembros y miembras, mejores y mejoras. La marea amenazaba con convertirse en maremoto. Ahora, el reflujo. Se ve que aquello sólo tenía sentido en el contexto del pelotazo. Hoy los únicos que siguen hablando así son los profesionales de la liberación y los sacristanes sindicales, siempre a la cola de las procesiones.

¿Cómo pudo la gente creerse entonces que el lenguaje se modela a base de sermones y reglamentos, padrenuestros y órdenes ministeriales? La cosa es tan tonta como dar al mar de latigazos. Pero siempre hay por ahí algún Artajerjes suelto. En Andalucía hubo incluso quien propuso imponer legalmente la obligatoriedad de su uso. Los políticos nunca desaprovechan la ocasión para convertir cualquier asunto en un asunto de Estado, quiero decir, de presupuesto. Menos mal que alguien recordó aquello de que “un legislador que hace una ley de imposible ejecución es un necio”.

Al confundir sus sentimientos con el conocimiento, las feministas han incurrido en el típico error de los egocéntricos: no advertir que el sí mismo por el que luchan no es en realidad uno mismo. Sólo así se explican extravagancias como la discriminación positiva o la corrección de los usos lingüísticos. El maquillaje no vale para las cosas esenciales.

La idea de que el lenguaje es sexista y que puede dejar de serlo incluyendo una letra unisex y diciendo vascos y vascas es una simpleza degradante. Cómo haya podido abrirse paso semejante majadería en nuestra tierra (no sé si saben ustedes que esto del lenguaje no-sexista pertenece al folclore postmoderno español) es algo que tendrán que estudiar los historiadores del futuro. Yo ya he propuesto varias veces ampliar la categoría de “pelotazo” al terreno de las ideas. La justicia universal, la alianza de civilizaciones o el control del lenguaje son al orden del espíritu lo que el campo de golf y la recalificación inmobiliaria al económico.

Prueba de que en esta bochornosa superstición retórica no hay nada sustantivo es que ni sus más acérrimos seguidores consiguen aplicar correctamente sus principios. El “queridos todos y todas” (no “queridos todos y queridas todas”) con el que suelen arrancar los discursos de las concejalas de igualdad, revela ya el insoportable fastidio de las concordancias. Incluso la clase política, acostumbrada a andar a cuatro patas en esto del lenguaje, es incapaz de guardar las apariencias. El lenguaje no-sexista es un no-lenguaje. ¿Cómo va a ser lenguaje algo que sólo se emplea en la escena pública?

A mí todavía me sorprende cómo toda esa frívola casuística que el feminismo esgrimió para probar el carácter sexista del lenguaje pudo convencer a nadie. Los antiguos la conocían a la perfección y jamás llegaron a conclusiones tan absurdas. Juan Segundo, un escritor holandés del siglo XVI, se asombraba por ejemplo de que en latín el órgano masculino se dijera con una palabra femenina, y al revés (“discite grammatici cur mascula nomina cunnus et cur femineum mentula nomen habet”). La falta de una respuesta categórica no le indujo a proponer ninguna extravagancia sin fundamento. Casanova, dos siglos más tarde, pudo parecer muy ingenioso al zanjar el problema arguyendo la vieja costumbre romana de que el esclavo llevase el nombre del amo, pero la gente de entonces era lo suficientemente perspicaz para entender que esto era únicamente una salida brillante.

La igualdad de la mujer es una causa victoriosa. Nadie lo pone en duda. Quizás por ello las feministas no creen necesario esmerarse en sus argumentos. Se diría que tienen demasiada prisa por gestionar los recursos del Estado. El precio de este apresuramiento es alto. Y no en dinero, sino en inteligencia. Yo en particular llevo muy mal la separación, alentada por algunas instituciones, entre literatura masculina y femenina. Creo que cuando un autor es auténtico no sólo trasciende los lugares comunes de la época y de la lengua, sino también su encarnadura personal. Una mujer que se proponga escribir como mujer y nada más que para las mujeres ni es escritora ni puede llegar a serlo. Peor aún sería si tratara de hacerlo además respetando los principios del no-sexismo. Con un lenguaje como ese sólo pueden escribirse boletines oficiales y libros de pedagogía.
Afortunadamente, el mal está amainando con la crisis. No todo va a ser llanto y crujir de dientes. Las ventoleras hacen mucho bien llevándose consigo las ramas sin vida y las hojas muertas.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+
0 comentarios