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TOXO, MÉNDEZ Y EL DESCRÉDITO SINDICAL

martes 28 de septiembre de 2010, 13:52h
Hace una semana, Luis María Anson publicó en el diario “El Mundo” el artículo que, por su interés, reproducimos a continuación.
“Entre los grandes personajes de la vida española durante el último medio siglo se encuentra Marcelino Camacho. Se podrá coincidir ideológicamente con él, se podrá discrepar. Las gentes serias reconocen su honradez personal, su valerosa actitud ante la dictadura, su capacidad intelectual, el rigor de sus análisis, su entendimiento certero del papel de los sindicatos en las sociedades modernas. Tuvo la suerte de estar acompañado en el otro gran sindicato por Nicolás Redondo. Ambos contribuyeron de forma decisiva a que triunfara en España la democracia pluralista, amparada por la Monarquía de todos que Juan III defendió desde su exilio en Estoril y que su hijo Juan Carlos I ha encarnado de forma ejemplar.
Poco a poco, sin embargo, los dirigentes sindicales que sucedieron a Camacho y Redondo se dieron cuenta del suculento negocio en el que se habían instalado. En lugar de limitarse a vivir austeramente, a cargo de las cuotas pagadas por los afiliados, se dedicaron a sacarle al Gobierno, a las Comunidades Autónomas y a los municipios, subvenciones incesantes, además de suntuosos edificios en toda España. Los líderes no quieren proporcionar cifras pero existe el convencimiento de que, en plena crisis, las centrales sindicales mayoritarias han incrementado el número de sus empleados y han subido de forma considerable los sueldos. Un escándalo, amplificado por la sinvergonzonería del exceso de liberados, auténticos caraduras en muchos casos que se dedican a no dar golpe. En la Constitución soviética de 1918 se lee: “La República socialista federal del Soviet de Rusia decreta el trabajo obligatorio para todos los ciudadanos de la República y proclama el principio: quien no trabaja, no come”. Eso ya lo había dicho San Pablo en su epístola a los tesaloncienses. “Si quis non vult operari, nec manducet”. Los liberados sindicales se pasan por el arco del triunfo con deleite lo mismo a Lenin que a San Pablo.
Según cifras no desmentidas, más del 90% de los ingresos sindicales provienen directa o indirectamente de subvenciones públicas. A la Iglesia Católica se la ha suprimido de los Presupuestos Generales del Estado y vive de lo que aportan voluntariamente los fieles, en gran parte a través del 0´7% de las declaraciones de la renta. Esa misma fórmula habría que aplicarla a los partidos políticos y a los sindicatos.
Si se votara en referéndum, la huelga general, abrumadamente publicitada, tendría que ser desconvocada. El ciudadano medio no está a favor de los despropósitos económicos de Zapatero pero le ha irritado la irresponsable decisión de los sindicatos que contribuirá a ahondar aun más la crisis económica. Méndez y Toxo no pretenden otra cosa que justificar la existencia de los sindicatos para semanas después de la huelga seguir tendiendo sus manos pordioseras y beneficiarse de subvenciones y prebendas públicas.
La ciudadanía tiene conciencia de todo ésto. Y de ahí el creciente descrédito sindical. Los partidos políticos se encuentran ya en tercer lugar entre las preocupaciones que acosan al pueblo español. No transcurrirá mucho tiempo sin que los sindicatos pasen a figurar en la lista de la vergüenza. La gente no se chupa el dedo. Las centrales sindicales se han convertido en suculento negocio para unos pocos, a costa de la hemorragia de los impuestos casi confiscatorios con que el Gobierno sangra a los españoles. Va siendo hora de desembarazarse del miedo reverencial que se tiene a los sindicatos y cantarles las cuarenta, aunque nos envíen piquetes informativos que, en contra de la libertad de trabajar, se convierten demasiadas veces en piquetes coactivos y violentos. Y si no, al tiempo”.

Luis María ANSON

de la Real Academia Española

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