Bright Star
martes 28 de septiembre de 2010, 21:01h
Jane Campion, directora de cine neozelandesa, conocida entre nosotros sobre todo por El piano, leyó la biografía de John Keats debida al escritor inglés Andrew Motion y quedó tan conmovida por la trágica y brevísima vida del poeta romántico, muerto de tuberculosis a la edad de veinticinco años, que decidió dedicarle una película.
Centrada en los tres últimos años de Keats en este mundo, nos presenta, con gran contención, elegancia y sensibilidad, el ambiente de penuria económica en que habita, consagrado por entero a la creación poética y a la lectura, y rodeado, por ventura, de un grupo de admiradores y amigos leales y generosos, dispuestos a echarle una mano cuando la situación lo requiere.
La tisis, el mal de la época, es una maldición en la estirpe de los Keats.
En un Hampstead de comienzos del XIX, bien distinto al precioso barrio del norte de Londres de nuestros días donde se halla su Casa Museo, tiene una vecina escasamente interesada por la literatura llamada Fanny Brawne, joven casadera quien pasa gran parte del tiempo cosiendo y bordando con primor junto a la ventana de su dormitorio y confeccionándose vestidos para lucirlos en el baile.
El trato de buena vecindad entre John y Fanny se va poco a poco y de forma inexorable transformando en una relación amorosa intensa y absorbente cuyos hilos, agobiantes a la postre, mueve sutilmente la muchacha. En ella sitúa el punto de vista, de forma deliberada, la directora, con la intención, según confesión propia, de desvelar algo más de lo habitual la persona de la amada del poeta, destinataria de algunas cartas desgarradoras, desesperadas y premonitorias y de poemas tales como el que da nombre a la cinta, Bright Star (estrella fulgente).
Fanny, condolida por la solicitud que mostró con el desdichado Tom, el hermano tuberculoso muerto en sus brazos, le borda una almohada durante toda una noche en vela. Después, busca aproximarse a John a través del fundamento y la razón de su existencia, la poesía, y le solicita lecciones particulares que él imparte complaciente.
Y así se trenza el nudo entre ambos, reforzado por la oposición inicial de la familia Brawne, deseosa de salvaguardar de la indigencia a la obstinada Fanny, obnubilada y sorda salvo para percibir los dictados de su pasión.
La pareja tiene que bregar, por añadidura, con las pullas y los comentarios inoportunos del envidioso Brown, personaje torvo e indelicado, compañero de piso de Keats y seductor de Abigail, la criada irlandesa de Fanny a quien acabará por convertir en madre.
Cuando la dolencia fatal se apodera sin remedio de Keats, el cenáculo de sus amistades, algo característico del Romanticismo, decide, por consejo médico, hacerse cargo del viaje y la estancia del poeta en Italia con el fin de aliviar su sufrimiento y prolongarle, si acaso, la vida. El mismo Shelley le ofrece, sin éxito, su residencia en Pisa. Los Brawne se habían avenido, a regañadientes, al compromiso matrimonial de los jóvenes, en parte, para acallar las habladurías de la gente.
Zarpa rumbo al Sur, y, mientras se aleja de la costa inglesa, en una hoja en blanco de su libro de Shakespeare, escribe el soneto Bright Star para su adorada Fanny a quien ya no volverá a ver.
Desde Italia llegan cartas del enfermo y la melancólica enamorada calma, por un instante, su ansiedad. Sin embargo, un día la receptora es la madre, y Severn, el amigo y compañero de viaje, el autor de la misiva.
La lectura en voz alta de la noticia desdichada del fin de John Keats es interrumpida por el llanto de la novia.
Las imágenes, en lontananza, del entierro romano del poeta cierran la historia, y el recitado de los versos de Endimión se superpone a los títulos de crédito.
Una película de la veterana y prestigiosa Jane Campion contra la corriente y el gusto mayoritario de los cinéfilos, excepcionalmente hermosa, con encuadres precisos y sugerentes, interpretada de forma magistral por todos los actores, incluida la niña pelirroja hermana de Fanny, y con una cuidadosa reconstrucción de ambientes, como sabe hacerlo el cine británico, coproductor de la obra.
De ahí el ritmo moroso, pertinente y acorde con la cadencia de los versos de John Keats, auténtico nervio vertebrador de la cinta.
Un homenaje a la piedad no en abstracto sino con las personas allegadas y a la búsqueda de la belleza al arrimo de los clásicos y de la naturaleza.
Un canto, en fin, a la imaginación y a los afectos humanos evocador del lema expresado al cierre de la Oda a una urna griega:
“La belleza es verdad, verdadera belleza. Esto es lo único que sabes en la tierra y lo único que necesitas saber”.