análisis
La huelga general más light de la historia
miércoles 29 de septiembre de 2010, 18:37h
Si algo aterraba más a los sindicatos de clase que el fracaso en la huelga general era que ésta tuviera éxito. Si algo asustaba más al Gobierno que controlar la huelga era que ésta fracasara estrepitosamente, porque llevaría el definitivo descrédito a sus aliados sindicales. En ese escenario, las cosas no podían salir de otra forma como han salido: todos contentos porque nadie ha ganado y ninguno ha perdido.
La huelga general fue concebida desde el primer momento por los sindicatos como una obligación indeseada. Por eso no la convocaron cuando podía tener algún efecto, durante la tramitación de la reforma laboral, y lo han hecho cuando ésta ya es irreversible, por estar ratificada por la sede parlamentaria de la soberanía popular.
A lo único que aspiraban los sindicatos de clase es a que el Gobierno de Zapatero les hiciera algún caso, después de los desvelos sindicales por sostener durante seis años una política gubernamental que se ha revelado insostenible. Por eso, aguantaron estoicamente la caída libre hasta los cinco millones de parados y sólo han hecho un amago reivindicativo cuando han visto que Zapatero ha cambiado sus alianzas de izquierdas (las sindicales y las parlamentarias) por interlocutores diferentes (las instancias económicas internacionales y los partidos nacionalistas en España).
Pero los sindicatos no querían desestabilizar tanto a Zapatero como para que éste sucumbiera de inmediato. Los pastores ideológicos de CC.OO. y UGT sólo tienen un adversario: la derecha española. Y en esta contradicción se han movido, y así ha quedado reflejado en la huelga general más light de la democracia.
Por parte del Gobierno, la derrota sindical hubiera sido grave, ya que los Méndez y Toxo son los mejores y casi únicos agentes electorales que tiene Zapatero en la sociedad. Les necesita, especialmente cuando todas las encuestas reflejan la extrema debilidad del líder socialista, la falta de respaldo a su Gobierno y la pujanza de la alternativa del PP.
El Gobierno se ha aplicado, por tanto, en salvar a los sindicalistas de sí mismos, como éstos han dado el mayor apoyo internacional que podía necesitar Zapatero: demostrar su determinación ante la crisis exigida por sus socios mundiales con el mantenimiento de las reformas pedidas desde fuera pese a su presunto coste social.
Los sindicatos le han dado la coartada que Zapatero necesitaba, y lógicamente se cobrarán el favor. Y éste le ha dado relevancia a las centrales, como si éstas hubieran tenido alguna incidencia, cuando han sufrido clamorosamente la espalda de la mayoría de los ciudadanos.
La huelga sólo ha triunfado en grandes industrias (lo que no se sabe si ha sido un contratiempo o un alivio para empresarios que están hasta arriba de stocks y que buscan como sea el alivio en su carga laboral, aunque sea con una jornada en la que no pagar demasiados salarios). En lo demás, administraciones y servicios, ha sido un absoluto fracaso.
Y si estamos hablando de huelga es porque la violencia y la coacción han impedido el derecho al trabajo al sabotear transportes, como ha sucedido en la EMT de Madrid, ante la pasividad policial.
Y es precisamente en Madrid donde más se ha demostrado el carácter ideológico de las centrales. Presuntamente protestaban contra la reforma laboral del Gobierno, pero su agresividad se ha lanzado contra el Ejecutivo autonómico de Esperanza Aguirre, que poco tenía que ver con las leyes de Zapatero. Por eso, los huelguistas han llevado a negro Telemadrid, y han permitido que emitiera Televisión española. Y por eso, los huelguistas han apedreado los autobuses madrileños (quizá sin saber que correspondían al Ayuntamiento de Ruiz Gallardón) y se han manifestado en la Puerta del Sol (sede de la Comunidad) y no en el Congreso o en La Moncloa.
Pero los ciudadanos han apreciado poco el intento sindical de hacer una huelga general contra la oposición, en lugar de contra el Gobierno. Rajoy ha impedido, además, que pasara, porque se ha puesto de perfil y ha demostrado que esta querella no es del PP. Más bien ha habido poca querella, y sí bastante pasteleo.
Quizá la imagen de esta huelga “general” tan particular se ha producido ante la sede de UGT, donde daban cuenta de su “éxito” Méndez y Toxo. En la obra aledaña, los trabajadores de la construcción no pararon, pese a las insistentes peticiones de los piquetes sindicales. Era la muestra de que la construcción no ha parado ni en su veinte por ciento, que las administraciones no han llegado al diez, que la Sanidad no ha alcanzado el cuatro y que el 99 por ciento de los comercios y mercados han abierto.
En realidad, sólo ha tenido éxito masivo la huelga entre los cinco millones de parados. Y no precisamente por voluntad propia.