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Comienzo de curso:la generación “ni-ni”

viernes 08 de octubre de 2010, 17:27h
Hace un par de semana se inició otro curso escolar con las consabidas escenas de separación de los pequeños de sus padres, con los políticos de adorno en algún colegio de una barriada más o menos alejada del centro de la ciudad. Y luego están las estadísticas esos informes supuestamente científicos que se empeñan, año tras año, en situarnos, en los asuntos educativos, entre lo peorcito de “los países de nuestro entorno”. Pero, por una vez y sin que sirve de precedente, las encuestas nos han colocado a la cabeza de la lista. Resulta que tenemos la tasa más alta de “ninis” de Europa. Hasta hace poco nadie conocía este neologismo, que ha hecho rápidamente fortuna, como todos aquellos que designan una realidad nueva que es menester nombrar. Un nini es un individuo joven de raza humana que ni estudia ni trabaja, de ahí la ingeniosa capacidad de la lengua para construir un nombre a partir de la repetición de una conjunción, por demás negativa, privativa, defectiva. Todo encaja. Por tanto, tenemos el dudoso honor, afirman las estadísticas, de ser los primeros en número de adolescentes que ni estudian ni trabajan aunque tengan edad para hacer una cosa, otra o la dos a la vez.

Hace unos días salió por TV un joven mayor de edad –lo afirmo porque la cámara no ocultó su rostro, explicando muy comedido, muy juicioso, muy seguro de sí mismo que ni estudiaba ni trabajaba. Las razones habrían convencido al más escéptico. Lo primero porque había que madrugar y hacer los deberes. Lo segundo porque es cansado… Y añadía con un toque casi tierno, como de comprensión hacia la que les ha caído en suerte: “Mis padres no pueden hacer nada. No me van a dar una paliza” –creo que dijo “no me van a partir la cara”— “porque no quiera hacer nada…”.

Se trata de un muchacho sensato, saludable, bien vestido, por supuesto con ropas de marca y con la cara razonablemente taladrada de tachuelas y botoncitos y que no se expresaba del todo mal. ¿Qué ocurre entonces? Es difícil saberlo. Al verlo a sus casi 20 años pienso que la batalla se perdió hace tiempo, probablemente entre los diez y los quince. Pero ese es otro asunto. Y verdaderamente complicado: la generación nini –al haber estadísticas europeas, nos permite afirmar que no es un fenómeno exclusivamente nacional--, ha irrumpido años después de que la pedagogía adquiría estatuto de ciencia social… y titulación profesional propia. No afirmo relación causal alguna. Me limito a hacer notar la coincidencia. También de que la enseñanza sea declarada obligatoria hasta una edad.

Quizá, pensándolo bien, el pecado de los pedagogos no sea mayor que el de los padres y el resto de la sociedad. Ellos sólo son responsables de haber defendido ideas como que el ser humano es bueno y aprende con facilidad, olvidando aquello que decía Kant de la “rama torcida”. Pero lo padres –y me sirvo del término como referente de todos los adultos que tenemos responsabilidades en la formación de las nueva generaciones—no saben bien cómo asumir su obligación de encarnar ante sus hijos el principio de autoridad, enseñándoles a luchar y a gozar, pero también a sufrir. La obsesión protectora que nos invade termina por “diseñar” niños demasiado vulnerables al fracaso, al dolor moral del rechazo y de las negaciones, cuando la urdimbre de la vida resulta que está tejida con ese tipo de fibras. Una libertad cotidiana y banal que impregna la existencia del niño desde que se despierta hasta que se acuesta, la falta de tiempo de los padres para estar con ellos, la ausencia de reglas claras que impongan límites, digámoslo más claro, la ausencia de prohibiciones absolutas a sus deseos, sean o no caprichosos, son algunos de los factores que pueden contribuir a prepararles como candidatos a asumir la identidad nini. Desde pequeños han sido consultados a la hora de tomar decisiones en cosas que les afectan. Todo se pacta con ellos. Así, se han convertido en los más hábiles negociadores de la casa. Eso da a los niños de menos de diez años un aire de falsa madurez que funciona muy bien en el pequeño mundo super protegido de la infancia pero que se revela insuficiente en el ámbito más complejo y plural de la adolescencia. De ahí ese tono confuso y fuera de lugar con que se dirigen a los adultos, especialmente a sus profesores, a los que toman por sus iguales.

Miran en el aula a su alrededor con suficiencia y en sus ojos sin brillo no hay curiosidad ni deseo. Dan por descontado que allí no hay nada para ellos, pues lo saben todo o creen que lo van a saber cuando lo necesiten. Está en la red, ¿no? –un mito muy difundido desde los medios de comunicación. ¡Es terrible! Van a pasar un año sentados en sus pupitres, objetores desde la nada camino de la nada o, si lo prefieren, camino de la identidad “nini”.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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